
El escritor es un rockstar. La identidad y libertad del autor en tiempos de redes sociales
Las redes sociales potencian la visibilidad del autor, pero tienden a encasillarlo y limitar su libertad creativa
Ramiro Castro
21 de marzo de 2026

Hace unos años, en un ataque obsesivo y groupie similar a los de los personajes de sus libros, fui a ver a Mariana Enriquez a la 46° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Quedé sorprendido cuando vi que, desde hacía rato, la sala donde charlaría estaba llena y que cientos de personas en mi misma situación esperaban una firma, una foto o aunque sea una mirada. Estuve dos horas y media esperando su firma en Nuestra parte de noche (2019). Cuando me fui de La Rural, sentí que no había conocido una escritora, sino a una estrella de rock.
Autores como Bourdieu y Williams destacan que la profesión del autor está asociada históricamente al aislamiento social e incluso comercial. En este sentido, la misma Enriquez explica durante una entrevista en 2023 que, para ella, la literatura tiene un tono de plegaria, al contrario de la música, donde reina el éxtasis. El autor, por lo tanto, no debería ser sujeto de la misma apreciación apasionada que un músico porque su naturaleza creativa es diferente. De todas formas, el éxtasis de la música parece haber invadido la literatura: la obra de Enriquez es seguida por fans en teatros, cines y charlas de la misma forma que la autora seguía bandas de rock en su juventud.
¿En qué momento los autores obtuvieron la posibilidad de ser estrellas de rock? La construcción de un personaje y un mito alrededor del escritor son importantes en este sentido. Además, la exposición de la vida y obra del autor, y consecuentemente un desarrollo de marca personal como figura pública, está influida por las redes sociales, cada vez más totalizadoras en la vida de los fans y usuarios. A partir de esto, es posible preguntarse en qué medida las redes sociales influyen en la mediatización y comercialización de los autores, y qué consecuencias tiene esto para su libertad creativa.

Para entender las redes sociales y el impacto sobre el autor, es necesario revisar de base el rol discursivo que este tiene. Foucault argumenta que el autor ejerce un papel con respecto a los discursos porque tiene una función clasificadora. Es decir, que el hecho de que un discurso venga de un autor produce un recibimiento y un estatus particular. En el caso de Mariana Enriquez, hay un universo que la distingue y, en consecuencia, la caracteriza: el terror social, los fantasmas, la memoria, la marginalidad, el culto y la muerte son algunos de sus tópicos recurrentes. Asimismo, este “sello Enriquez” le da un recibimiento distinto al de otros autores de terror.
Las redes sociales influyen en la generación de identidad al generar una presencia continua. Esta repetición de discursos en redes estabiliza y encuadra al autor en una identidad incluso más rígida. Como sostiene McLuhan, el hecho de estar conectados simultáneamente en la forma de una gran “aldea global” hace que haya una circulación inmediata de contenidos, lo que prolonga la presencia del escritor más allá de los libros o de sus presencias efímeras. Enriquez no es la excepción, ya que ella no es solo sus novelas y sus entrevistas, sino que también la componen, por ejemplo, sus posteos apasionados en Instagram sobre Lana del Rey, Taylor Swift o Alexander Skarsgård. Parecería que Mariana Enriquez es una de las fanáticas incondicionales de Bajar es lo peor (1995) o de Este es el mar (2017), y parecería estar mucho más cerca del lector de lo que uno podría creer. Todo esto genera un mito alrededor de la escritora que se asimila a la apreciación parasocial que se le puede tener a una estrella del mundo de la música.
Esta presencia digital del autor puede reafirmar su universo literario y, en definitiva, su marca personal. Volviendo al argumento de Foucault, el autor no puede determinar su propia identidad, sino que esta identidad es resultado de interacciones alrededor de su discurso. Podría afirmarse, entonces, que la mediatización contemporánea consolida al escritor como un músico, pero a cambio de perder cierta libertad creativa.
La pérdida de libertad creativa se entiende como una pérdida de movilidad estética: el autor está determinado por su identidad y contenido. Por ejemplo, se espera que Mariana Enriquez escriba terror social argentino de la misma forma que se pretende que J. K. Rowling escriba fantasía. En efecto, Bourdieu explica por qué el autor está atrapado en esta identidad: el hecho de consolidar una identidad trae capital simbólico, es decir, prestigio y reconocimiento. Por este motivo, desviarse de esta identidad impuesta pone en riesgo la posición del autor. Hay, evidentemente, un problema de libertad del autor para hacer lo que él quiera, que es algo que ocurre cuando el autor tiene una identidad rígida en cuanto a contenido, a lo que se espera de sus textos.

De esta manera, la consolidación de la identidad artística a partir de la mediatización tiene consecuencias para el desarrollo creativo. Susan Sontag criticaba la interpretación y relectura que se da sobre el arte. De hecho, explica que “la interpretación presupone una discrepancia entre el significado verdadero del texto y las demandas de los lectores (posteriores)”. Al hacer al escritor un rockstar, los lectores pueden hacer su arte más “manejable”, encerrar al artista en un ideal; pero acortan las posibilidades del escritor para incomodar e introducir nuevo contenido. En este sentido, hay una gran priorización del contenido sobre la forma, de lo que se espera que contenga sobre cómo se compone. Las redes sociales se suman a esta necesidad de interpretación premeditada porque, como sostiene Sontag, la cultura actual está basada en el exceso, en la sobreproducción; en definitiva, en la infoxificación. Lo único que puede calmar al lector es esperar del autor un conjunto de elementos predeterminados; esperar que Mariana Enriquez siempre hable de lo mismo, que siempre sea esa Mariana Enriquez que todos conocemos.
Frente a la fuerte necesidad de rigidizar el contenido en una sociedad acelerada, Sontag invita a reforzar los sentidos y prestar mayor atención en la forma del arte. En este sentido, la identidad atribuida de la cronista Leila Guerriero propone otro enfoque para entender al escritor y su obra. Guerriero posee un catálogo literario muy variado, en el que pocos de sus libros coinciden en temática. Si se intenta poner todo el contenido de Guerriero en una misma bolsa, se vuelve confuso y poco cohesivo: festivales de malambo, suicidios en la Patagonia, pianistas, la vida de Silvia Labayru, los años de Truman Capote en la Costa Brava, entre otros. Lo que dialoga entre todas las obras de la artista es solamente su forma, su visión a la hora de encarar los relatos. Además, curiosamente, Guerriero no tiene prácticamente presencia mediática más allá de entrevistas: no tiene redes sociales ni habla sobre su vida privada.

Por lo tanto, en Guerriero se ve el fenómeno contrario que en Enriquez: su identidad es fuerte y posee prestigio por ella, pero el contenido que la caracteriza es muy flexible porque no ha permitido que la presencia continua determine su obra; no hay elementos personales que el lector pueda usar para reafirmar su estética literaria. En consecuencia, podría decirse que Guerriero tiene mucha más movilidad estética y narrativa: su siguiente crónica puede tratarse de un tema muy particular y distinto a las anteriores, al contrario de Enriquez, que posee un eje temático y estético muy marcado. Guerriero puede, entonces, mantener una identidad y prestigio sin sacrificar su libertad estética.
En tiempos donde las redes sociales parecen componer una comunidad de constante diálogo, hay un gran riesgo para los escritores de quedar atrapados en su propio universo. Es inevitable que el trabajo editorial exija una comercialización basada en la identidad y la marca del autor, por lo que queda en manos del artista si permite que el discurso que se le atribuye lo determine de manera rígida. Ser un rockstar convive con el peligro de decepcionar y de cambiar.




