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La Chola Poblete: “Si esperan que sea una víctima, voy a ser una diva.”

La artista argentina La Chola Poblete trabaja desde lo personal para crear imágenes que otros también pueden habitar

Ilaria Landini

19 de abril de 2026

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Entrevista

Arte

La Chola Poblete: “Si esperan que sea una víctima, voy a ser una diva.”

Ilaria Landini

19 de abril de 2026

Nació en Mendoza y empezó a construir su camino en el arte desde una necesidad concreta: encontrar una forma de decir lo que no podía decir en otros espacios. Antes de convertirse en La Chola Poblete, hubo escritura, diarios íntimos, sentimientos que no encontraban lugar. “Empecé a dibujar lo que me pasaba. A simplificar esa experiencia en una imagen”, dice.


Ese gesto, que empieza como algo personal, termina definiendo toda su obra: imágenes que condensan una historia familiar, religión, identidad y vínculos, y que funcionan menos como representación que como traducción. Entre símbolos reconocibles y experiencias propias, su obra convierte lo íntimo en algo colectivo.


La Chola Poblete por Micaela Muñoz
La Chola Poblete por Micaela Muñoz

— Quería empezar por algo que atraviesa mucho tu obra: los símbolos. Usás muchísimos. ¿Qué son para vos los símbolos? ¿Por qué lo necesitamos?


— A mí lo que me pasó, de la mano de la escritura, es que empecé a pensar la composición de una obra como una forma de contar una experiencia. Cuando tenía 18 años escribía diarios íntimos. Siempre escribí. Y ahí hablaba de mis primeras experiencias sexuales, de que me gustaba un varón, de todo eso… pero siempre con culpa. No podía contárselo a mi familia, era otra época, no podía preguntarle a nadie qué me estaba pasando, y además tenía una formación bastante católica.


Entonces, desde muy temprano, tuve muy presente la imagen. Por algo también hago vírgenes. La imagen como algo en lo que creer: una deidad, algo a lo que le tenés fe y que puede decir muchas cosas.


Cuando empecé a escribir en esos diarios, tenía miedo de que alguien los encontrara. Entonces empecé a dibujar lo que me pasaba. A simplificar esa experiencia en una imagen.



— ¿Simplificar o camuflar?

— Simplificar y camuflar. Una vez mi mamá encontró uno de esos cuadernos y se destapó todo. Entonces los rompí y empecé a hacer collage, a pintar arriba, a esconder.


Y eso después se convirtió en: “tengo un montón de cosas para decir, pero no sé cómo decirlas”. Ahí empecé a crear esta imagen, el alter ego de La Chola. A hacer fotos pensándome como una nueva identidad.


A partir de eso entendí que podía crear imágenes que solo yo comprendía, pero también que existían símbolos que hablaban de algo colectivo. Durante mucho tiempo, en la performance, trabajé sobre eso: cómo crear un hecho íntimo que se vuelva colectivo.


Después, ya en la universidad, me interesó mucho cómo trabajaban los artistas pop. Por ejemplo, Marta Minujín, que siempre fue una imagen muy presente para mí. Primero por ser argentina y tan reconocible, pero también porque su obra incluye al otro. Deja de ser solo de ella y pasa a ser colectiva.


Eso me interesaba como permiso: cómo crear una obra con simbología que acerque a cualquiera. No algo solo para un público específico.



— También algo catártico, ¿no?

— Claro. Y ahí encontré la música. Siempre digo que las mejores artes son la danza y la música, porque hay algo muy primitivo, muy del cuerpo. No necesitás entender nada para que te mueva. Entonces pensé: ¿cómo hacer que un dibujo o una pintura llegue así? Y me conecté con usar símbolos reconocibles para cualquiera.


— En tu obra aparece la Virgen, por ejemplo.

— Las vírgenes son muy importantes en mi vida personal y en mi imaginario. Yo empecé a hacerlas por un mito familiar. Mis abuelos maternos son de Bolivia, y mi abuelo contaba que de chico encontró una estatuilla de una Virgen mientras jugaba. Le dijeron que tenía que rendirle culto, que era un milagro. Él no entendió nada y la rompió. Entonces le dijeron que iba a recibir una maldición.

Él creció con ese miedo. Y a los 33 años, la edad de Cristo, murió de una forma muy fuerte. Siempre decía que la Virgen lo iba a castigar.


Yo crecí con ese mito, con esa figura de la Virgen como algo poderoso y también amenazante. Y cuando tenía casi 30 dije: “Tengo que sanar esto”. Entonces decidí hacer 33 vírgenes como forma de cortar ese karma. Hoy hice 30, me faltan tres.


— ¿Y qué pasa cuando llegues a 33?

— No lo sé. Es algo que se va a cerrar simbólicamente. Pero también me abrió una puerta para encontrarme conmigo misma. Cada virgen es un mapa de mí.


Me pasó en Brasil, cuando las vi todas juntas. Algunas eran de la Bienal de Venecia, otras de Berlín… y verlas juntas era ver distintos momentos de mi vida. Me paraba frente a cada una y me acordaba de todo: desamor, dolor. Quise que esas obras fueran carne viva. No hay filtro.



— Es paradójico, porque la Virgen es una figura intocable en la tradición católica…

— Sí, totalmente. Pero también hay algo en la Virgen que es muy potente. Todo lo que se le cargó: la feminidad, la pureza, la maternidad… incluso lo opuesto. Es una figura que contiene todo.


Y al mismo tiempo ves lo que le pasa a una mujer contemporánea. Esa contradicción me interesa. Hay algo de respeto, de admiración, pero también de querer entender.


Además, yo me crié rodeada de mujeres: mi mamá, mis tías, mi abuela. Entonces lo femenino siempre fue muy fuerte en mi vida.


— ¿Crees que en algún momento fue necesario construir una personalidad para entrar en la escena de arte?

— Al principio sentía que tenía que construirla. Sabía que tenía que ser de cierta manera para hacerme notar. Siempre fui sociable, pero sentía que me faltaban otras cosas, entonces aprendí a “conquistar” a las personas.


Después, en el mundo del arte, que es muy hostil, entendí que la única forma de hacerte valer era plantarte. Yo no quería que me dieran oportunidades por ser trans o por encajar en una agenda. No quería ser la víctima.


Entonces pensé: si esperan que sea una víctima, voy a ser una diva.


Cuando me empezaron a poner en ese lugar de “pobrecita”, reaccioné. No me identifico con eso. Empecé a ocupar el espacio.


Fotos por Micaela Muñoz
Fotos por Micaela Muñoz

— ¿Te acordás de algún momento en que sentiste esa hostilidad por primera vez?

— Sí. Fui a una cena en una casa importante del mundo del arte y no estaba en la lista. Me dijeron “no estás invitado”, en masculino.


Me estaba yendo y apareció Amalia Amodeo (coleccionista). Le conté y dijo: “¿Cómo que no?”. Fue a hablar y me hizo sentar al lado de ella.


Esa noche también conocí a Mariana Marx, otra amiga muy importante para mí. Se me acercó, conectamos, y a la semana me invitó a una cena en su casa. Yo estaba muerta de vergüenza. Fui con Valentina Quintero, que vivíamos juntas en ese momento, y le dije: “por favor, haceme el aguante”.


Llegamos y había una mesa llena de mujeres. Todas minas muy power. Mariana había armado su propio mundo.


Ella era —y es— una mujer muy empoderada. Una personalidad muy fuerte. Me acuerdo que viajé con ella a Italia y llevó un costillar en la valija para hacer un asado en la chimenea de la casa del ex marido. Esa clase de persona.


Siempre decía: “yo no necesito a un hombre”.


También hacía muchas reuniones de mujeres. Espacios donde nos contábamos cosas muy fuertes. Y ahí aprendí mucho. Porque eran mujeres con poder real, con dinero, con autonomía… y con una forma de moverse en el mundo muy distinta.


Me empecé a rodear de mujeres muy seguras, muy dueñas de sí mismas. Y eso también me formó.



— Vos venías de Mendoza. ¿Cómo era la escena ahí en comparación con Buenos Aires?

— En Mendoza hubo un momento muy lindo, donde se empezó a armar algo: no solo en artes visuales, también en música, teatro. Todo estaba pasando al mismo tiempo. Era muy colectivo. Mientras nosotras hacíamos muestras, había bandas tocando, todo convivía.


Pero en un momento eso se agotó. Una especie de “emergencia cultural”: los espacios dejaron de funcionar, éramos siempre los mismos, no había hacia dónde crecer. Entonces empezamos a venir a Buenos Aires: primero a hacer clínicas, programas, cosas puntuales… y después nos fuimos quedando.


— ¿Te sentiste parte de la escena porteña cuando llegaste?

— No. Nunca.


Siempre sentí que era parte de otra cosa. A mí me interesaba más lo que pasaba en Latinoamérica que lo que pasaba en Buenos Aires. Nunca estuve tan obsesionada con la historia del arte porteño, con los 80, los 90, el Rojas… No porque no me parezca importante, sino porque no me hacía sentido.

Yo miraba más a artistas latinoamericanos. Me interesaba pensar mi obra en ese contexto.


— También dijiste alguna vez que afuera te reconocieron antes que acá. ¿Por qué creés que pasó eso?

— Porque afuera miraron el trabajo antes que la etiqueta. No se fijaron tanto en si yo era trans o no. Eso podría sumar desde un lugar de agenda, sí, pero no era lo central.

Y también porque mi obra no encaja en lo que se espera de un artista argentino. Es decir, es más latinoamericana. Podría haber salido de Perú, por ejemplo. Tiene otra identidad.


Fotos por Micaela Muñoz
Fotos por Micaela Muñoz

— ¿Cómo llevás tu figura pública?

— Siento que hay una responsabilidad. No sé si es una exigencia externa, pero sí una interna de ser profesional, de estar a la altura.

También me cuesta decir que no. Me comprometo mucho con mi trabajo y con el de los demás.

Y entiendo que también construí un personaje que la gente espera ver.

A veces pienso “qué paja”, pero al mismo tiempo yo quise que me vieran como artista. Trabajé mucho para eso.


— También veo que hay algo muy fuerte en tu escena, en tus vínculos. Tus amigas aparecen mucho, las nombrás, están presentes en todo.

— Sí. Nosotras venimos de Mendoza y hay algo muy de ese momento: el aguante. Cuando vinimos a Buenos Aires fue “nosotras contra el mundo”.


Confío mucho en ellas. Son mis amigas de toda la vida y además son artistas. Es un refugio. Un lugar al que siempre puedo volver siendo quien soy, quien fui y quien voy a ser. Me conocen desde siempre.


— ¿Sentís que sos de algún lugar?

— Es raro, pero siento que soy de acá (de Buenos Aires). Porque acá me hice. Acá me hice La Chola. Construí mi familia, mis lugares, mi trabajo. Todo lo que manifesté pasó acá.



— ¿Cómo lidias con el amor romántico para el proceso de tu obra?

— Las obras de la muestra Melancolía del futuro, en México, hacen mucha referencia a una relación con un chico del que me enamoré mucho. Él venía de una ruptura, estaba deprimido, y yo pensé que lo podía ayudar. Nos enganchamos y cuando más me enganché, él se fue para abajo. Me chupó su depresión. Sentí que me estaba ahogando: fui a salvarlo, nos hundimos, y cuando él salió, se fue. Y yo quedé ahí.


Nunca tuve un novio estable. Siempre soñé con eso. Y creo que tiene que ver con el abandono de mi papá.


Siempre sentí la necesidad de que un varón me apruebe. Y siendo una persona trans, las relaciones con varones son muy complejas. Siempre tenés que correrte del lugar en el que te quieren poner.

Entonces cuando aparece alguien que parece darte algo más real, aunque sea poco, te enganchás. Y el golpe es doble.


— ¿Y si no estuvieras en ese lugar tan atravesado por lo emocional, desde dónde te gustaría que aparezca la obra?

— Creo que me volvería más intelectual. Más política. Me interesa ese lugar. Investigar más. Trabajar con historiadores, con antropólogos. Meterme en archivos, en lo precolombino, por ejemplo. Es una deuda pendiente.


Fotos por: Micaela Muñoz


— ¿Qué se necesita para tolerar el mundo del arte?

— Tener cuero de chancho. Ser impenetrable. Y no es poca cosa.


Porque es muy difícil, sobre todo si sos una persona sensible. Se está hablando de tu trabajo, pero también de vos. Y es un montón.


Estás meses encerrada, pensando, produciendo desde un lugar muy vulnerable… y después te exponés a la mirada de otros que pueden decirte “esto es una mierda”. O no vender, o que no te llamen. Todo eso también habla.


A mí me pasó: una vez un artista, que además tenía una galería, me dijo “tu muestra me pareció de lo peor”.


— ¿Y qué hiciste?

— Le dije: “Bueno, decime por qué”. Porque no alcanza con decir “no me gusta”. Hablame de la obra. ¿Qué no funciona? ¿Qué sí? Ahí se vuelve interesante.


Pero me di cuenta de que no tenía argumentos. Era más un lugar de resentimiento.

Igual a mí me divierte discutir. Le peleé.



— ¿Te afecta?

— Ahora no. También porque tengo otras cosas que me validan. Pero sobre todo porque entendí que hay que sostener lo que hacés.


— Quiero hacerte una última pregunta. Algo que está muy presente hoy: la idea de la copia. ¿Cómo te posicionás vos ahí? ¿Cuál es la diferencia entre copiar y citar?

— Para mí la copia no tiene que ver con una imagen específica, sino con querer ser otra persona en todos los sentidos.


En cambio, la cita o el homenaje es claro. Es decir: “quiero trabajar sobre esto”, “quiero dialogar con esta obra”. Como decir: “esto es una cita a Marcos López”.


— ¿Eso hay que explicitarlo? ¿O está en la obra?

— Hoy, en el arte contemporáneo, donde ves mil versiones de imágenes de Warhol o de lo que sea, hay algo que circula más libremente. Una siente que no hay que pedir permiso. Tomás una imagen porque te interpela, porque querés trabajar con eso en otro contexto.



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