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Por qué seguimos leyendo historias de amor

En una época marcada por la inmediatez y los vínculos digitales, las historias de amor siguen funcionando como refugio y como espejo de lo que todavía buscamos

Fiorella Ciancaglini

27 de marzo de 2026

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Artículo

Literatura

Por qué seguimos leyendo historias de amor

Fiorella Ciancaglini

27 de marzo de 2026

Romance:
(del inglés, romance) o román (del francés roman)
5. m. Novela o libro de caballerías, en prosa o en verso.
4. m. Relación amorosa pasajera.
Sin.:
aventura, amorío, devaneo, idilio.

Albert Einstein alguna vez dijo que «El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo». A primera vista podría resultar impertinente comparar un sentimiento tan carnal, humano y primigenio como este con terminología de carácter estérilmente científica. Sin embargo no puedo evitar pensar que existe un Aleph, un punto en el cual todo se encuentra, donde la volatilidad del amor asemeja lo impredecible de la física.


El amor se transforma a lo largo de los años y a través del espacio-tiempo, de las distintas cosmogonías. Los libros de romance, esencialmente las historias de amor (orales o escritas, no importa), no son la excepción a esta norma. Transmitidas a lo largo de los siglos de madre a hija, de hermana a hermana, de escritora a lectora y de lectora a lectora.


Por ejemplo, la primera exponente de la novela moderna italiana, una vez amalgamada la torre de babel de dialectos regionales e influencias extranjeras para dar forma a un prototipo de lengua, fue precisamente una novela de amor. I Promessi Sposi de Alessandro Manzoni relata las peripecias de dos amantes sumidos en el caos de una plaga y del tumulto político Lombardo del 1630, aparentemente predestinados a jamás encontrarse. Tal y como los amantes del círculo de los lujuriosos de Dante. Precisamente, en cuanto a prestigio dentro del campo y concesiones culturales y académicas, I Promessi Sposi, la novela romántica italiana por excelencia, se encuentra igualada en su relevancia únicamente por La Commedia. Cabe agregar que, como mencioné previamente, la obra contiene en su interior historias de amor fundamentales para sus ejes temáticos. ¿No es acaso Beatriz Portinari quien guía al dolorosamente enamorado Dante hacia las puertas del paraíso? ¿O no fue el amor —prohibido— el pecado que condujo a Francesca y Paolo al castigo divino?



Pese al desprestigio, eminentemente misógino, al cual la literatura erotico-romántica se ha enfrentado durante, al menos, los últimos dos siglos, resulta innegable que esta sienta una de las bases fundamentales del consumo de literatura en general.


Hacia finales del año 2023 se estima, al menos en lo que al mercado angloparlante respecta, que las ventas de novelas románticas aumentaron alrededor de un 52%, vendiéndose aproximadamente 39 millones de copias físicas. Eso sin mencionar que en el 2022 el 60% de las ventas de ebooks fueron novelas de romance y/o erótica. Otras estadísticas indican que el 82% de los lectores de romance son mujeres y que de ese porcentaje alrededor del 45% de ellas ha adquirido un título universitario. Desmintiendo entonces el estereotipo de la figura de la lectora de literatura romántica como una mujer poco seria, inmadura, ingenua y superficial.



Desde el mito de Orfeo y Eurídice, atravesando las leyendas de los pueblos originarios argentinos, las novelas de Jane Austen, de Florencia Bonelli, de Emily Henry, las obras de Shakespeare y hasta la última entrega de Crepúsculo. Resulta innegable que este género canónicamente bastardeado por el campo literario no sólo mueve una buena parte del mercado editorial, sino que también abarca un público inmensamente heterogéneo. Se trata de una literatura que, en determinados casos, acaba por convertirse en parte de los cimientos de las culturas, de las lenguas, de la manera de ver el mundo de las distintas sociedades.


Deberíamos cuestionarnos entonces: ¿Por qué leemos romance? ¿Por qué este tipo de literatura parece nunca perder vigencia e interpelar públicos que se encuentran completamente fuera del ámbito literario? ¿Por qué el romance nunca muere?


Es precisamente esta vigencia interminable del género romántico aquello que dispara en los estudios una verdad irrefrenable: los lectores de romance son cada vez más jóvenes.


Mientras hace 10 años el principal grupo etario comprendía lectores de entre 35 y 54 años, hoy en día la franja abarca consumidores desde los 18 hasta los 54 años. El 70% de los lectores expresa haber tenido su primer acercamiento a este tipo de literaturas entre los 11 y los 18 años.



Para Ángela, que tiene 21 años y es parte de esta ampliación de rangos etarios, la literatura romántica “tiene un lugar de refugio seguro, donde las fantasías y las ideas se vuelven concretas con dos personajes que se enamoran y viven ese proceso”. A ella la conozco profundamente, mi amiga de la infancia, de la adolescencia, la confidente de mis penas amorosas. Por eso no me sorprende cuando agrega: “Soy una persona que ama el amor y ama todo lo que conlleva. Entonces las historias románticas, con sus conflictos, sus encuentros, sus desencuentros y todo lo que implican, resultan en mi vida una fuente de inspiración y felicidad. Me hacen abstraerme, aunque sea por un momento, de la realidad concreta con mis problemas diarios, responsabilidades, angustias y preocupaciones.”


Bajo estas consideraciones, la relación de Ángela con las historias de amor no se aleja demasiado de lo que Melina, de 29 años, responde cuando le pregunto cómo interactúa ella con los libros de romance actuales. Melina es la pareja de mi primo y he hablado con ella en reuniones familiares sobre los libros de romance que, en algún punto de mi vergonzosa adolescencia, yo ocultaba leer en un afán estúpido de ser tomada más en serio. Aunque no se piensa como una amante de la lectura, aclara: “En mis momentos de ocio a uno de los géneros (para no decir el único) que recurro es a la literatura romántica. Pienso que se da para escapar de la rutina, en donde hoy en día el amor está escondido detrás de tanta espontaneidad e inmediatez. También porque es de lectura ligera y llevadera que te hace transportarte a la historia que se crea entre los personajes.”



En esta era de la inmediatez y de las relaciones completamente mediadas por la digitalización, la literatura romántica presenta un escape idílico y a-digital de la complejidad de los vínculos de hoy en día.


Casi como una plegaria por una manera de relacionarse que ya no existe: likeale una historia, borrá las destacadas con tu ex, mandale un tiktok para empezar una conversación, likeale un mensaje, mandale una foto. No le digas amor, no le digas te amo, te quiero, te extraño, me acordé de vos. Eso es demasiado compromiso. No vayas a cometer el error de pensar que el tiempo y el cariño te ganan un lugar en la vida del otro, porque si sos muy intensa te van a ghostear y vas a quedarte con el corazón en la mano.


Ninguno de estos discursos abrumadores y angustiantes figuran en las novelas fast fashion de romance que ocupan el podio de las tendencias literarias juveniles. Por lo general jamás vamos a encontrar como eje de una historia de amor ninguno de estos términos taxonómicos que parecen deshumanizar al amor. En los libros, los personajes no le tienen miedo al amor. No dudan en decir buenas noches con un corazoncito. Los encuentros no nacen en apps, sino en cafeterías, trenes o calles: escenarios que evocan romances posibles fuera de las páginas y lejos de las pantallas.



La literatura romántica opera como un refugio: una forma de canalizar el deseo por vínculos que en la experiencia cotidiana parecen lejanos. En ese sentido, Ángela afirma que "la mayoría de las personas que consumen este contenido buscan escenas que podrían pasarles a ellas también. A veces leemos lo que quisiéramos vivir o pensamos: quiero que me amen así. Las historias inspiran, pero también exponen lo que no estamos viviendo o lo mal amados que estamos".


Al comienzo de esta crónica, la literatura romántica aparecía ligada a la ausencia: un recurso para llenar, aunque fuera de forma momentánea, una necesidad de amar y ser amado. Sin embargo, esa idea empieza a resquebrajarse cuando la ficción deja de alcanzar y surge la pregunta por el lugar del amor en la literatura.


Hasta entonces, como sugería Ángela, estas historias podían pensarse como una forma de escapismo. Esa hipótesis se sostuvo hasta la primera entrevista que realicé para esta crónica, que terminó siendo, irónicamente, la última en aparecer.


Obstinada en mi visión patéticamente agónica y pesimista de este consumo, un día me encontré sentada en el living comedor de María Victoria Castro, de 73 años. Entre una calma casi suspendida y el murmullo de una música lejana, la conversación se aleja rápidamente de los lugares comunes del género. No aparecen romances edulcorados, sino Sade, Bukowski, la dimensión subversiva del erotismo y un montón de autoras mujeres de este género cuyos nombres la historia ha decidido olvidar.



La conversación se extiende, dentro y fuera de la grabación. Pero es en el cierre donde algo se reordena. Le pregunto por qué piensa que la literatura del amor sigue vigente a lo largo de los siglos, cuál piensa que es nuestra motivación. María Victoria responde sin dudar: “Porque somos humanos”.


Anonadada, hice click.


Hace un tiempo escribí un breve ensayo sobre el poema La Limosna de Idea Vilariño que “el amor es una experiencia inherente a la condición de humanidad. En tanto humano, el ser ama. Mientras uno sea humano siempre va a poder escribir poemas de amor.”


Quizá Angie y yo estábamos equivocadas.

Quizá no consumimos vorazmente historias de amor en búsqueda de llenar un vacío sentimental provocado por esta desconexión hiperconectada con el otro.

Quizá simplemente se trata de un tierno intento de reencontrarnos con nuestra propia

humanidad.

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