
Publico
La Ilíada es el poema de la fuerza. La Odisea, el poema del retorno. Una simplificación demasiado rústica para dos obras que, a casi tres mil años de su composición, se expanden hacia una serie de temas que son fundamentales para comprender al ser humano. Sin embargo, una frase como esa condensa parte de la verdad. En la fuerza desmesurada y destructiva de la Ilíada, la guerra se recorta a cuarenta y nueve días decisivos, que se focaliza en Aquiles como el mejor ejemplo (aunque no el único) de las pasiones en pugna que lo tironean hacia la inacción o hacia la acción. Y en la Odisea, el universo heroico que se desarrolla exclusivamente en la guerra en la Ilíada se haya recortado a un personaje, a ese rey que sufre todas las calamidades para retornar a su patria, bajo el imperio enojoso de los dioses que lo castigan.
Pero no es de esos poemas que nos ocuparemos en este artículo, sino del film que Christopher Nolan dirigió como una versión, la propia, de la Odisea. Ante todo, para que los lectores no se sientan ansiosos, aclaramos que será inevitable remitirnos al poema homérico como fuente innegable e inevitable de la película, aunque no nos proponemos una simple comparación (lo que sería un despropósito, toda vez que hablamos de lenguajes absolutamente diferentes, uno anclado en el dominio de la palabra; el otro, en el de la imagen, aunque con un origen común).
El recorte hecho por el director británico tiene aciertos y desaciertos: la fusión de anécdotas separadas en el poema que el film resuelve de manera más simplista es, comprensivamente, un recurso dentro de la economía del relato – imagen que trasladan acciones diferentes al interior de la trama, como ocurre con el breve encuentro con los lotófagos y la larga estancia con la ninfa Calipso. Pero es en el relato de la toma de Troya (o en las imágenes en flashback, mejor dicho) donde nos preguntamos por qué el sesgo es tan marcado. ¿Qué fue de Aquiles, de los héroes en acción en ese último y definitivo ataque? Y es en ese momento cuando comprendemos la postura ideológica de la obra en ciernes: la Odisea de Nolan, hija innegable del siglo XXI, ya no encuentra ni héroes ni dioses. Ambos son una rémora de una lectura pasada, que circunscribe su experiencia al remordimiento de un hombre que no siente orgullo de haber ido a la guerra, que carga una culpa y se recrimina su pertenencia a ese contingente de destructores de una civilización. Ese postulado refleja algo más que interesante: estamos ante un Odiseo que ha leído a Eric Hobsbawm o a Moses Finley, ya que su alusión al fin de la era de bronce y a los invasores del mar ubica el presente de los pensamientos en un contexto de crítica tan posterior que el juicio parece realizarse con el diario del futuro ya leído. Agreguemos que la conclusión que realiza el rey de Ítaca, según la cual la guerra fue para abrir las rutas comerciales, es una clara alusión a esos análisis históricos muy posteriores, así como una referencia al cuento “Semejante a la noche” del escritor cubano Alejo Carpentier, quien lo utiliza para abatir los anhelos de gloria de un soldado reclutado para la guerra.

El vaciamiento de la esencia heroica, un resultado que la modernidad nos legara y que la posmodernidad parece aceptar sin condicionamiento alguno, elimina la posibilidad de una presencia trascendente; la ausencia divina, que el film resalta o que simplemente reduce a una presencia humana, insertada en el recuerdo de una víctima inmolada en medio de la crueldad más repudiable, es una característica de nuestros tiempos: los dioses no sólo nos han abandonado (como a Héctor en la Ilíada) sino que ya no sabemos cómo son, cómo se manifiestan, por qué se fueron.
El derrotero de Odiseo, circunscripto al pesar interior por lo actuado, somete la historia a un conflicto, por momentos, meramente psicoanalítico. De hecho, Calipso parece ser su terapeuta. Esa culpa omnímoda determina una lectura contemporánea: es que Occidente, como sostiene la filósofa Yiyang Zhuge en una reciente conferencia (incluso, en la entrevista que realizó a Christopher Nolan) no puede asumir sus victorias, inmerso en la autocrítica indeterminada de todos sus logros. La tradición occidental, (la herencia greco – latina, a las que se sumaron los valores judeo – cristianos, cierto simbolismo celta y el orgullo germánico) vive su propia condena; pareciera que sólo ha dado combate destructivo a todo lo pacífico que se le opone, cuando en rigor de verdad, Occidente ha creado el concepto de piedad (ya inmerso en el acto piadoso de Aquiles que devuelve el cadáver de Héctor a su padre) así como su deriva necesaria: los derechos de la comunidad y de las personas, codificados en Roma, y ampliados bajo el paraguas filosófico y teológico del cristianismo que fundamenta la dignidad natural del ser humano como creatura de Dios.

Los personajes
A la culpa omnipresente que obnubila a Odiseo, podemos agregar los diferentes caracteres que reflejan a los otros personajes. A Telémaco, que en el poema homérico es protagonista de los cuatro primeros cantos, se lo reduce, creemos, a una actitud pusilánime; este joven (que en el film tiene marcas de adolescencia mayúsculas), lejos de ser un hijo dispuesto a recuperar a su padre, es el objetivo de cuanto castigo a mano se plantea. La virtuosa Penélope, la fiel esposa que aguarda el retorno ya casi imposible de su marido, refleja dignidad y prestancia, lo que no es menor, aunque debemos consignar que, en el poema, existe una cierta desconfianza, natural, hacia ese hombre que, por veinte años, estuvo ausente. Eumeo, el irreductible vasallo de fidelidad sin mancha, condice en buena medida con el servidor homérico.
En cuanto a los compañeros de batalla, una pincelada leve los reduce a un instante pobre: Agamenón (que parece haber sido ideado como un producto diseñado con los restos de Batman) sólo manifiesta una presencia teatral; Menelao es un marido rencoroso por un pasado embebido de nada rescatable, y Helena (polémica decisión que se enfrenta a la descripción homérica de sus rubios cabellos) una simuladora que murmura viejos desencantos. De Circe, anciana y pobremente ataviada, nada nos recuerda su palacio y su sensualidad, valga decirlo.
Agamenón en La Odisea de Cristopher Nolan
Los seres fabulosos (más allá de los recursos técnicos utilizados) se definen por su falta de locuacidad antes que por su presencia. Polifemo, Escila y Caribdis, las sirenas decoran el contexto maravilloso de la errancia. Capítulo interesante, el canto de esas últimas: el silencio que envuelve la nave y a los espectadores de la película valoriza el inefable mensaje que, de poder ser escuchado, redundaría en un lugar común. De hecho, el poema no nos refiere la letra de sus canciones.
Los pretendientes, que se mueven entre bravuconadas o tibiezas, salvo esporádicas intervenciones, acuden a la masificación: son indiferentes en algún sentido, como un rebaño sin personalidad alguna resaltable, característica que el film deja bien en claro.

Héroes y Dioses…
La presencia heroica, que en el poema homérico es eje central de la trama, se licúa en la película de Christopher Nolan. Y no es un hecho causal, pues la concepción por la que consideramos a un ser humano “héroe” escapa de la terminología con la que la posmodernidad ha circundado su análisis y propuesta de este mundo contemporáneo. Lejos del hedonismo del instante, lejos de la inmediatez de los resultados, la heroicidad se desarrolla en el ámbito del sacrificio, es decir, de la entrega que el héroe hace en favor de un hecho mayúsculo, en favor de su comunidad, en favor de una victoria que no siempre logra ver. No hay héroes, quizás porque para que ello ocurra debe existir una comunidad (elemento inexistente en la soledad individualista que vivimos) o, por otra parte, porque la heroicidad es considerada como una exacerbación, una desmesura que obliga a entregar la vida sin premio, en un tiempo de réditos inmediatos.

Lo mismo ocurre con los dioses. La falta de credibilidad generalizada (el escepticismo bien pensante de los intelectuales a la moda) impide la presencia de lo divino que Nolan intenta recuperar como reflejo pobre de una culpa propia: Odiseo traslada la existencia de Atenea a la víctima del horror asesino ante la estatua decapitada de la diosa. De Poseidón, su gran oponente, nada sabemos, aunque Polifemo lo ha invocado como referente de su venganza. ¿Quizás se trata de un inconveniente técnico al querer poner en escena a un dios? ¿O se trata de un impedimento, diríamos, ideológico? Más allá de esas justificaciones, del acto tal vez “grotesco” de reducir la presencia divina a una aparición, lo que sí es innegable es que nuestra época, signada por las incertezas y la incredulidad, no concibe lo divino, como sí lo hacían los antiguos y no tan antiguos.
¿Y la astucia del héroe?
Si hay un elemento que caracteriza y resalta a Odiseo de los otros héroes es su astucia, su múltiple habilidad para solucionar problemas prácticos. Siendo un protegido de Atenea (diosa de la sabiduría y de ciertas artes prácticas), este dato parece estar en ausencia. Bien vemos su capacidad para tensar el arco, para cazar, para cegar al cíclope, pero todo ello está rodeado de una atmósfera de culpa interior que lo limita. Frente a la grandeza que emana su acción en ambos textos (Ilíada y Odisea) lo que queda en resumen de su peregrinar, encierro y regreso es una carga anímica profunda; no hay nada por lo que sentirse orgullosos, parece decirnos el Odiseo de Nolan. Un factor más de la lectura contemporánea que desangela la naturaleza del héroe.
Entonces: ¿Bien o mal?
No soy experto en cine, por lo que obviaré un farfulleo ligero sobre los recursos técnicos. Considero que la Odisea de Nolan es una película más que interesante, con aciertos parciales y simplificaciones quizás necesarias para su desarrollo total, aunque yo la llamaría “Odiseo”, pues es en él, y desde él que la trama fílmica se explaya. Otra característica de cierta narrativa posmoderna que teje la historia como un reflejo exclusivamente personal, y que en esta versión cobra visos de totalidad absoluta.
Volveremos al texto de Homero, siempre. Y entre las referencias figurará la película de Nolan. Al menos por un tiempo.




















