
Publico
En el estacionamiento nos gritamos como dos locos. Yo me bajé del auto y pegué un portazo. Entré al supermercado y empecé a llenar el carrito como una desquiciada. Puse muchas botellas de vino porque era lo único que se me antojaba. Busqué alguna botella que se abriera a rosca para tomar antes de llegar a la caja, pero todas tenían corcho. La casa adonde íbamos tiene un gran balcón de galería suspendido sobre la montaña y unas escaleras de piedra que desembocan en el río. La alquilamos todos los veranos desde que nos conocimos. El pueblo más cercano queda a una hora, así que siempre tenemos que hacer las compras de una vez, para que duren varios días. Mientras llenaba el chango, miraba la entrada del supermercado cada tanto, esperando que Alfonso apareciera. Después de un buen rato me di cuenta de que nunca iba a entrar. Tiré el chango en el medio de una góndola y salí enfurecida. Fui directo al auto, abrí la puerta y le pregunté si no se pensaba bajar. Ni me miró y me dijo que no. Cerré la puerta muy fuerte y caminé hacia la salida del estacionamiento. Él se bajó y me empezó a perseguir; yo caminé más rápido. Así arrancamos las vacaciones de los sueños, peleándonos en un estacionamiento. Una vieja nos miraba entretenida con dos bolsas en las manos. Nos gritamos y nos amenazamos. Te vas a quedar solo y viejo, le grité.
Él caminó como un pato enojado hacia el auto, se subió y arrancó el auto haciendo un ruido exagerado con el acelerador. Salió marcha atrás bruscamente, chocó contra dos changuitos. Yo caminé hacia la calle, me paré en la entrada y crucé los brazos. Alfonso dio toda la vuelta al estacionamiento de una sola maniobra y a toda velocidad. Miré para los costados, buscando un escape. Había un auto con una familia en un semáforo que parecía feliz. Pensé por un segundo en ser feliz. Cuando Alfonso llegó a la salida, bajó la ventana y me gritó: “¿Venís o no?”
En el auto no nos dijimos nada y el camino parecía más largo que nunca. Me ahogaba su nube negra, entonces bajé la ventana y saqué la cabeza entera. Pensé en tirarme. Alfonso frenó a un costado del camino de tierra, puso el freno de mano aunque no hubiera ninguna pendiente. Me miró y dijo:
— Nunca amé a nadie así en toda mi vida, este es el gran amor.

Bajé las escaleras de piedra de la casa, que llevan al río. Cuando llegás al final, hay una tranquera que parece ser lo primero que ves cuando te morís. Si es que fuiste una buena persona. Abrí la tranquera y caminé hacia la playa con una rama como bastón en una mano y una silla de playa roja en la otra. Levantaba los pies en cada paso y los apoyaba con fuerza como un soldado marchando para espantar las serpientes. Me senté en la playa y esperé escuchar a alguien acercarse. Asomé la cabeza cada tanto, tratando de encontrar algo entre los arbustos. Fui cambiando de posición. Traté de leer. Fumé, tomé mate, leí, fumé, me puse la gorra, me saqué la gorra, entré y salí del agua. Me puse un rato boca abajo. Sería lindo que llegara justo ahora que estoy en esta pose, pensé. Me volví a dar vuelta porque me dolía la cintura. Tenía hambre. Ya era mediodía. Me estaba achicharrando. “Termino esto y bajo”, me había dicho. El problema era mío por esperar. Siempre que espero, nunca llega nadie.
Subí de nuevo a la casa. Abrí la puerta y Alfonso estaba sentado en el sillón escribiendo. Levantó la mirada, se dio cuenta de que estaba enojada y me preguntó:
—¿Y vos quién sos?
No lo miré y seguí caminando hacia las escaleras. Aunque el chiste me había causado gracia, no me reí.
Esa noche llegó Enrique, el amigo de Alfonso, que siempre viene de vacaciones con nosotros. Es de esas personas que andan por la vida pidiendo perdón por no haber hecho nada malo. Sus valijas y mochilas de viaje las llena solo de libros y siempre tienen sobrepeso. Una vez, en un restaurante, tiró con el codo su propia copa de vino, se manchó el pantalón y nos dijo: “Perdón, soy un pelotudo”. Desde que lo conozco, es una de mis personas favoritas. La idea era que llegara unos días más tarde que nosotros para que pudiéramos disfrutar de estar solos y no tuviéramos que tener sexo en silencio. Pero dado que al segundo día estábamos por tirarnos por la barranca de piedras, ambos le escribimos a Enrique por auxilio, para que viniera antes. Cuando está Enrique, Alfonso me cae mejor.
Alfonso no me dirigía la palabra. Me tiré a la cama a intentar dormir a plena luz del día, sin éxito. Agarré el auto y me fui. El camino sinuoso que va desde la casa hasta el pueblo es una pintura que puede hacer que los problemas no signifiquen nada o hacerlos mucho peores. Puse música fuerte y sentí que estaba yendo a matar a alguien. En el almacén compré todo lo que no necesitábamos. Los dueños estaban felices. Había diez cajas mías. La gente hacía fila atrás de mí y me miraba como si fuera una turista rica. Uno se asomó y dijo que solo quería cargar agua caliente en el termo, pero me siguieron atendiendo a mí. Antes de irme, pasé por la heladera y me encandiló con su brillo un porrón de cerveza perfecto. Lo agarré y les dije que en un rato volvía a buscar las cajas. Deambulé por el pueblo con mi cerveza. Me senté en las mesas de una panadería y me fumé tres cigarrillos seguidos. Entré a la carnicería. El carnicero me excitó. Era un muchacho con una mirada penetrante. Me preguntó qué quería. "Que me penetres", no le dije. Le pedí carne para milanesas. Lo miré directo a la cara mientras las cortaba y lo puse nervioso. No sé si me veía sensual o psicótica. Salí con las milanesas y un nuevo porrón de cerveza y me crucé con un hombre en cuero subiendo a su camioneta. Estaba muy sudado y no tenía todos los dientes. Hacía mucho calor. Se prendió un cigarrillo y me miró por la ventana. Le guiñé un ojo. Volví al almacén a buscar mis cosas. Cargué el baúl y me subí al auto, me prendí otro cigarrillo y bajé la ventana. Sin mirar, manoteé como pude del asiento trasero una cerveza de una caja, la abrí con el encendedor y la chapita voló por el aire. Puse “That's Life” de Sinatra y arranqué. En el camino, una vaca me miró fijo como solo saben mirar las vacas y me dieron ganas de agarrar la ruta para el otro lado y desaparecer para siempre.
Esa noche nos metimos en la cama con Alfonso y nos abrazamos muy fuerte.
—Lo raro es que queramos seguir estando juntos —le dije.
—Yo quiero aprender de vos —me contestó.
—Sos lo mejor y lo peor que me pasó —le dije mientras le agarraba la cara.
Nos miramos y no pudimos parar hasta sacarnos todo lo que teníamos adentro y también puesto. Él me dijo mínimo siete veces “te amo” mientras teníamos sexo. Yo nunca le contesté. Cuando no aguantó más, me preguntó: “¿Me amas?”
Me costó mucho dormir, como de costumbre. Escuchaba una voz incesante en mi cabeza. Me puse en los auriculares una meditación guiada por una mujer en español neutro y demasiado dulce para mi gusto. Te encuentras en un campo de flores violetas, caminas por un largo camino, aparece un perro negro y decides seguirlo; te guía hacia un puente. Los pájaros cantan una melodía que te recuerda a algo, pero no sabés a qué. Cuando estaba llegando al puente guiada por el perro negro, me tomé un Valium y me dormí.
En el desayuno le conté a Enrique que la voz que escuchaba en mi cabeza empezó a tapar a la voz que guiaba la meditación. Enrique solo tuvo una pregunta:
—¿La voz que escuchás es tuya o de alguien más?
—Mía —le dije.
—Ah, entonces no pasa nada.
Y siguió comiendo su tostada.
Esa tarde llegó nuestro segundo invitado a la casa, el hijo de Alfonso. Con el hijo de Alfonso somos mejores amigos. Yo le digo El Chelo. El primer día que nos conocimos, fue amor a primera vista. Me dijo que en realidad ya nos conocíamos hace miles de años y que me quería presentar a su mamá porque nos llevaríamos muy bien. Tenía tres años cuando me dijo eso; ahora tiene cinco. La última vez que me separé de Alfonso creo que volví porque en realidad lo extrañaba a él.
A las pocas horas de su llegada, nos peleamos. Últimamente, cuando se enoja y quiere herirme, me dice “no sos mi mamá”. Me lo recuerda. Yo también a veces me olvido. No por pensar que soy su mamá, pero me olvido de que no soy su mamá, ni la mamá de nadie. No soy mamá y punto.
Me senté a leer en el living. Un rato después de pelearnos y de haberme dicho que no era su madre, el Chelo se me acercó despacio, se me paró enfrente y me dijo:
—Mirá por la ventana.
Yo no podía creer que se hiciera el que no pasó nada.
—Hay un sapito— me dice.
Bajé mi libro, miré por la ventana, vi el sapito. Le sonreí y pensé: claro, no hay que tomarse nada personal.

Enrique viajaba ese día de vuelta a Buenos Aires. Cuando nos despedimos, lo abracé con la misma sensación que me daba despedirme de mi papá cuando me dejaba en la puerta de la casa de una amiga para dormir. No quería que se fuera, no quería quedarme. Quería gritarle que me llevara con él.
Al mediodía vinieron a almorzar un amigo de Alfonso con su mujer y su hija de tres años que estaban de vacaciones a unas horas de nuestra casa. Después de comer el asado, cuando los niños se fueron adentro a jugar, nos servimos vino y charlamos. Alfonso contó que a la noche tuvo un sueño muy extraño donde Alejandro Urdapilleta le decía: tu mujer se está volviendo loca, pero me quieren internar a mí. Todos nos reímos.
—¿Tienen porro? —pregunta la mujer.
Cuando le dijimos que sí, se le iluminó la cara. Se armó el porro rápidamente. Le dio un millón de secas seguidas y soltó el humo con sonido de orgasmo. Su hija es muy tranquila y educada. La miramos pintando por la ventana desde la galería de la casa. Era un ángel. Hablamos de ella. En un momento de la conversación me di cuenta de un detalle. Era la única de los cuatro que no tenía un hijo. Todos tenían eso en común, eran padres. Me quise ir adentro con los niños a pintar; tenía más cosas en común con ellos. Cuando me acerqué, el Chelo me mostró su dibujo. Yo incliné la cabeza hacia la derecha tratando de entenderlo. Había como dos cabezas de monstruos flotando en el aire.
—Ese es mi papá y esa sos vos.
—Ah, me encanta.
—Vos estás más feliz.
Se largó una tormenta. La pareja dijo que se tenían que ir porque si esperaban un rato más se podían quedar encajados. Tenía sentido.
Alfonso no me hablaba desde hace nueve horas. Me tomé dos cervezas y cuando fui a abrir la heladera en busca de la tercera ya no quedaban más. Así que me fumé el resto del porro aunque no me suele pegar bien. Le dí unas buenas caladas a ver si me calmaban. No sentí nada. Puse hielo en un vaso y me serví el fondo de un vino abierto hace muchos días. Con el único con quien hablaba era con su hijo. Con mi mal trago me senté a jugar a las cartas con el Chelo. Todas las mañanas, mientras su padre dormía, nuestro ritual era jugar a las cartas y tomar licuados en el río solos.
Esa noche yo tenía la borrachera suficiente para proponerle jugar por plata, a un chico de seis años. Entonces empezamos a apostar. La plata de él era mi plata también, lógicamente. Así que estaba apostando contra mí misma. Puse rock and roll y me prendí un cigarro. Estaba timbeando con un niño al ritmo del rock and roll. Alfonso seguía sin mirarme ni hablarme. Yo cada vez que ganaba una mano, bailaba; no me importaba estar ganándole a un niño, porque la verdad es que juega bien. A la tercera ronda que le gané, el Chelo se frustró.
Mientras mezclaba las cartas para la próxima ronda, El Chelo me dijo agarrándose la cara:
—Tengo la sensación de que voy a perder.
—¡No! Esa sensación no la tengas nunca, es mala—le dije.
Alfonso se rió en el fondo. Aparentemente, no era sordo. El Chelo me dijo que no podía sacársela de la cabeza. Le dije que pensara que iba a ganarme. En esa mano, me ganó. Hizo un paso de baile digno de un ganador. Le dije que necesitaba un recreo; me serví otra copa de vino y salí con un cigarrillo a tomar aire.
Cuando ya me había tomado la última copa que quedaba del vino rancio, mirando la tormenta entre las montañas, mis labios tocaron el hielo. Quería más. La copa estaba vacía. Dejé pasar un rato a ver si los hielos hacían una suerte de reavivación del vino y volvían a traerme un último trago más. Nada. Agarré el mango de la copa con fuerza y la apreté lo más que pude. Miré la pared que tenía atrás. Tuve ganas de reventar la copa contra la pared. Reventarla con fuerza y entrar a la casa con la copa llena de puntas de vidrio filosas y la mano sangrando. Acercarme a Alfonso que estaba pintando hace cinco horas, ponerle la copa en la cara, cerca del cuello, y decirle: “Vos no querés lo mejor para mí, vos me querés destruir. Si me estás estafando, avisame. ¡Avisame eh! Tu mamá me lo avisó: lo primero que me preguntó cuando me conoció fue: ‘¿Vos sabés en lo que te estás metiendo?’ Las madres no mienten. Si además de decírmelo te pudieras admitir a vos mismo que querés envejecer conmigo, no tendríamos ningún problema. Ojalá un día te despiertes, aburrido de tu infrenable masturbación mental y tu metro cuadrado de ensimismamiento y te den ganas de vivir la hermosa, única, loca y esquizofrénica experiencia de meterte en el mundo de un otro. Pero meterte vos, de verdad. No arrastrarme como arrastras a todos al tuyo. ¡Mirame! ¿Me vas a mirar?”
Agarré la copa y entré a la casa tranquila. Le sonreí al niño con los dientes violetas del vino y caminé hacia Alfonso, le pasé la mano por el cuello y él me la agarró con fuerza. Me besó la mano.
—Es hermosa tu pintura —le dije.
—Sos vos — me contestó.





