
“Estamos todas muertas”: Josefina Madariaga y sus niñas carbonilla, la contracara del mundo Disney
La artista correntina Josefina Madariaga expone "La niña carbonilla" en el Centro Cultural Rojas hasta el 23 de abril.
Sol Leguizamon
20 de abril de 2026

Publico
Victoriana punk de sonrisa ancha y cabellera cobriza, Josefina Madariaga es difícil que pase desapercibida. La artista correntina construye un universo estético y simbólico que cuestiona las nociones occidentales de lo que se considera oscuro y mágico, y pone en primer plano todo lo que el canon prefirió ignorar por tratarse de “temas de mujeres”. El cuerpo femenino rebelde y vulnerable. Los animales como portadores de la sabiduría ancestral. El inconsciente y el mito como saberes que escapan de los límites de lo denominado “pensamiento mágico” para manifestarse como la única verdad posible.

Son los últimos días de “La niña carbonilla”. La muestra puede visitarse hasta el 23 de abril en El Centro Cultural Rojas, de 10 a 20 hs, con entrada libre y gratuita.
Hay un concepto de Freud que describe exactamente la sensación que provocan los dibujos de Josefina Madariaga: lo ominoso, que significa "cuando algo familiar de repente se vuelve extraño".
Niñas, muñecas, animales, criaturas mitológicas del litoral como la pora, ese espíritu del folclore guaraní que representa al alma de los muertos vagando por aquellos lugares que conoció en vida. El guaraní fue uno de los idiomas que Jose decidió aprender de chica. Oriunda de Mercedes, Corrientes, sus papás le dijeron que elija aprender dos idiomas y un instrumento. Ella eligió guaraní, francés y violín.

Fue tal su fascinación por la música que cuando se mudó a Buenos Aires, -después de debatirse entre 20 carreras entre las que estaban Antropología, Literatura, e Historia- empezó la carrera de Arte en la UNA a la par del Conservatorio de música. Sus dibujos y esculturas remiten a la música de Bjork, Massive Attack, Juana Aguirre, agua estancada en el medio de un bosque desierto, la heladera mal conectada un domingo por la madrugada.
“La casa de la cultura”
En Corrientes los vecinos llamaban la casa de Jose “la casa de la cultura”. Papá médico, mamá profesora de literatura, hija adicta a las películas que pasaban los sábados a la noche por Canal 7, sobre todo el cine ruso, japonés y las películas argentinas viejas como Tiempo de revancha (1981) del director Adolfo Aristarain. Le quedó grabada la escena del fuego en la película Sacrificio de Tarkovsky de 1986; y se hizo fanática de la película Andrei Rublev, el famoso film sobre un pintor de íconos ruso del siglo XV. También estuvieron en su niñez Poe, Herzog, un teatro de títeres y una colección de muñecas que continúa hasta el día de hoy.
Algunas obras de la artista Jose Madariaga
“Mi papá dibujaba y veía que yo tenía facilidad así que me empezó a llevar a talleres de dibujo y nunca dejé de ir. Siempre me decía ‘vos tenés que ser pintora’”, recuerda la artista, quien destaca su formación con el maestro Alejandro Boim, reconocido pintor e ilustrador egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón.
Hay un extrañamiento que recuerda a las obras de Aída Carballo, a la escritura de Silvina Ocampo y a las vanitas barrocas, esas naturalezas muertas guiadas por el leit motiv “memento mori”, “recuerda que morirás”. Pero además están la ternura y algo interno expuesto y siempre al borde de romperse.

Están esos vestidos que me hacen acordar al libro con el que aprendió a dibujar y escribir mi mamá. “Mamá me ama, mamá me mima”. Pero en las obras de Madariaga todo eso se tiñe de ironía, hay una mirada apocalíptica. Sobre esto dice: “Nunca me sentí identificada con las princesas de Disney, un poco hasta me molestaba. Siempre me vi más reflejada en los personajes de Los locos Adams. Así que mis niñas carbonilla son una especie de contracara de Disney; vulnerables pero también combativas. Y lo que siempre me interesó fue cuestionar aquello que definimos como ‘oscuro’. ¿Qué es lo oscuro? ¿La sangre es oscura? Pero si es de lo que estamos hechos. Lo mismo pienso cuando miro las publicidades de las toallitas femeninas y representan la sangre con color azul”.

En relación a esto último la artista habla de un miedo o un rechazo en la historia del arte a representar esos temas que quedan excluidos por encasillarse en lo que se denomina “temas de mujeres”, y da el ejemplo del tema de la menopausia. De ahí viene su fascinación por el trabajo de Paula Rego, pintora portuguesa, una de las primeras en representar el aborto clandestino en una obra de arte.
"Estamos todas muertas”
Una vez una espectadora se acercó a Jose para decirle “pero parecen todas muertas”, a lo que ella respondió “es que sí, estamos todas muertas”. Siglos de anonimato en la historia del arte hecho por mujeres.
Ph: Sol Leguizamón
Desde chica los sueños de la artista lindan entre una película de David Lynch y una escena de terror, y desde que su mamá la hacía anotarlos, nunca perdió esa costumbre. A veces son esas imágenes que sueña las que intenta plasmar en el lienzo guiada por un impulso emocional, sin tener la idea del todo definida, y experimentando con la carbonilla, ese material residuo del fuego que aparece y desaparece hasta hacer cobrar vida a sus historias.
El detalle que dedica a la indumentaria de sus personajes, se traslada a su propia identidad estética, que busca distanciarse del estilo porteño tan homogéneo para convertirse en una rama más de su cosmovisión como artista. Jose confecciona sus propios vestuarios estilo Alicia en el país de las maravillas, aunque más góticos, en una especie de performance que alimenta su universo poético.














