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Reivindicación del cultivo de las palabras o para qué se escribe un secreto

Una reflexión sobre el diario íntimo como un gesto de resistencia frente a la velocidad de la época: un lugar donde las palabras se apartan del ruido para tener tiempo de aparecer.

Santiago Andrés Martin

27 de abril de 2026

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Cambalache

Reivindicación del cultivo de las palabras o para qué se escribe un secreto

Santiago Andrés Martin

27 de abril de 2026

Todos tenemos algo para decir, sin dudas. Ahora bien, esa convicción se vuelve problemática cuando aquello que tenemos para decir se localiza, sin más, del lado de la nitidez, la claridad, la distinción. Hace unos días Alexandra Kohan volvió a su newsletter con un bellísimo elogio de la pregunta. Pareciera que, con la proliferación de respuestas certeras, asistimos a una experiencia de prontitud por producir sentido. La rapidez requerida por el capitalismo acelerado converge con la nitidez que demanda la sociedad de la transparencia en una misma exigencia de época: el sentido de nuestras experiencias debe resolverse pronto y con buena luz. No podemos permitirnos el fuera de foco o la foto borrosa. ¿Qué dispositivos podemos poner en marcha para invocar la capacidad de habitar preguntas lentas y poco nítidas? En ese marco, el diario personal aparece como una pequeña máquina capaz de restaurar la relación de quien escribe con una temporalidad singular y algo más.


Buena parte de la narrativa publicada en nuestros días deriva de ese vasto universo que solemos llamar escrituras del yo. Algunas de sus derivas adoptan la forma de diarios: de duelo, de escritura, de la locura, de lectura, de amor, de viajes. En Piglia el diario funciona como un desierto sobre el que puede tomar forma una versión impensada de sí mismo. Con Pizarnik se vuelve una forma de relacionarse consigo misma, un espacio sobre el que se desdobla escribiendo para poder leerse en medio de un mundo que se le presenta extraño. Ernaux hace de sus diarios una cartografía de lo visto y de lo oído para reconstruir una memoria propia a través de otros. La lista de autores y autoras para referenciar, tan disímiles como apasionantes, sería interminable.


Piglia, Ernaux y Pizarnik


La intimidad y su tensión con la exposición es una de las claves más visitadas en las reflexiones sobre la naturaleza y las vicisitudes de un diario personal. Me permito un desplazamiento al respecto: la cuestión del secreto y su revelación. ¿Qué puede la escritura de un diario que permanece en secreto? ¿Es el secreto un límite o una condición de posibilidad de la escritura? ¿Qué fuerza habita en el secreto para buscar en él la potencia alquímica que requiere un proceso escritural creativo?


Dice Vinciane Despret que la clínica analítica se constituye como un dispositivo del secreto. Para la autora francesa, el secreto no está adosado al dispositivo como una garantía deontológica externa que resguardara al paciente. En realidad, es la invitación a decirlo todo bajo secreto la que hace que un paciente comience a hablar. Entonces, lo interesante del secreto no es tanto “lo que hace callar, sino lo que hace decir, no lo que autoriza (o prohíbe), sino lo que crea”. Ciertamente, el secreto organiza lo que se dice y lo que no. Más específicamente, de acuerdo a su raíz, secretum, tiene que ver con una forma de segregar. Secreto se refiere a aquello que se deja aparte y, por lo tanto, “no es tanto aquello que se esconde o se devela cuanto aquello que se separa, aquello que debe ser separado” para resguardarnos cuando hace presencia.


Lo que llamamos "escrituras del yo" abarca diarios de duelo, de viaje, de lectura, de escritura, de la locura. Cada uno propone una forma distinta de relación con uno mismo.


Por su parte, Anne Dufourmantelle considera que el “secreto es aquello que, sustraído a la vista, no aparece más que en diagonal”. En el espacio psíquico existe “un devenir escondido” cuya “potencia secreta” se revela en sueños, actos fallidos, lapsus. Secreto acaso sea el carácter del propio devenir anímico, y entonces se trata de versar sobre una verdad de la cual no queremos saber nada, pero que insiste. Se trata, podemos decir, del propio deseo, que “está expuesto a la luz del día, en cada palabra pronunciada, en cada gesto esbozado, en cada intención, en cada signo, pero que nadie, y especialmente, uno mismo, lo oye”. Por eso Dufourmantelle considera que “es el secreto el que nos guarda”, lo que lo coloca no del lado de lo que tenemos, sino del lado de lo que somos.


 “El secreto es aquello que, sustraído a la vista, no aparece más que en diagonal” -  Anne Dufourmantelle


El carácter secreto de un diario personal no está dado, entonces, por lo que tiene para ocultar, sino por lo que permite poner aparte del caudaloso registro perceptivo que nos arrastra en la vorágine cotidiana. Tal vez escribimos para separar aquellas intensidades que vale la pena cultivar hasta que les broten palabras, hasta que se multipliquen sus sentidos. Así entendido, un diario puede ser un refugio en el que esas intensidades encuentren el remanso que necesitan durante sus incipientes expresiones, para resguardarse de la transparencia exigida por la vida pública. Las ponemos aparte como si las invitáramos a tomar una pausa. Un diario secreto quizás sea el lugar en el que moran unos recuerdos demasiado valiosos como para dejarlos desdibujarse a la plena luz del día, o unos sueños demasiado potentes como para dejarlos confundirse en el torrente acelerado de la vida moderna. Y entonces el secreto sea, acaso, una cuna para las palabras. Un lugar en el que recostamos aquellas palabras que queremos salvar de ser pronunciadas rápidamente, como si con ese gesto pudiéramos evitar que, siguiendo al dicho popular, se las lleve el viento

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