
Cuando el vestir deviene poema
A partir del ensayo ¿Por qué son tan geniales?, de Daniela Lucena, la nota recorre distintas escenas donde moda y arte ayudaron a construir imaginarios argentinos
Ignacio Barragán
22 de mayo de 2026

Publico
Sabrina Carpenter se encuentra arriba del escenario del Lollapalooza, a punto de realizar uno de sus arrestos sexys, cuando le pregunta a María Becerra, que está al ras del suelo, cerca del público, de donde viene. Ella no contesta con palabras sino con un gesto. Se abre la campera americana tipo varsity y muestra lo que lleva debajo: un corset inspirado en nuestra bandera celeste y blanca con detalles en cristales. Sobran las palabras. Al igual que una escarapela en fechas importantes, el modo de vestir de la nena de Argentina se convierte en un símbolo nacional, una expresión de identidad. Un despliegue de patriotismo y orgullo que se aglutinan en una prenda textil. Esta imagen, por su espesor que linda entre lo nacionalista y lo performático, podria haber haber sido un capítulo más de ¿Por qué son tan geniales?, el nuevo ensayo de Daniela Lucena que trabaja los puntos de contacto entre moda y arte en nuestro país. Un catálogo de intersecciones brillantes que pone en valor el ingenio argentino.

Lucena es socióloga y doctora en Ciencias Sociales. Es además, investigadora del CONICET y profesora en la UBA. Ha escrito libros como Contaminación artística. Vanguardia concreta, comunismo y peronismo en los años 40 y también es coautora junto a Gisela Laboureau de Modo mata moda. Arte, cuerpo y (micro)política en los 80. El ensayo que nos convoca, publicado por Ediciones Ampersand, parece ser un compendio y expansión de sus inquietudes en materia de investigación. Es decir, el resultado de un trabajo riguroso de años que pone el eje central en el vínculo que se genera a partir de la simbiosis entre moda y arte. Esta publicación se encuentra enmarcada en los Estudios de Moda de la editorial. Una colección exquisita además de pionera en la materia, dirigida por Marcelo Marino.

El libro está dividido en cuatro grandes capítulos que responden a diversos periodos históricos. Comienza en las décadas de 1940 y 1950, donde se vislumbran los primeros atisbos del diseño argentino. Continúa con los sesenta, donde el clima de revolución y bohemia en torno a la calle Florida son el maridaje preciso que necesitaban ciertas obras de arte que hoy son canónicas. No hay setentas. O sí, pero no como un capítulo específico, sino como una sombra que se proyecta hacia atrás y adelante en el péndulo de la historia. Sigue con los años ochenta y noventa, donde la primavera alfonsinista y el destape producen a su vez hermosas colecciones de moda y también estragos en la comunidad artística. Aparecen los primeros caídos a causa del SIDA y con ellos, una enorme pérdida de talentos. Por último, hacia el final, amanece el nuevo milenio: una no tan breve síntesis de los destrozos de la crisis del 2001 en la industria textil y su posterior resurgimiento entre las cenizas donde se trabajan distintas trayectorias de diseñadores y marcas nacionales junto con artistas que experimentan con el tejido.
Este ensayo, utilizando una metáfora del mundo de la moda, es un verdadero desfile de celebridades. Artistas excelsos que hicieron maravillas en nuestras latitudes y fueron referentes internacionales de lo argentino. Hay figuras emblemáticas que no tienen el reconocimiento suficiente como Fridl Loos o Lucrecia Moyano con sus textiles y vidrios artísticos. También aparecen Pablo Ramírez, tan multifacético que resulta difícil resumir sus logros en simples líneas, o los Chiachio & Giannone, que con sus bordados colectivos enamoraron al mundo. Pero los momentos más bellos del libro son aquellos recovecos de información que no siempre están a la vista, aquellos tramos de nuestra historia que no son tan conocidos. El grupo performativo Las inalámbricas, lideradas por Ana Torrejón, las ficciones de moda de Eduardo Costa, la trayectoria punk de Patricia Pietrafesa o los primeros trabajos de Diego de Aduriz y Manuel Brandazza son solo algunos ejemplos de las tantas perlas que se pueden encontrar en este catálogo.
Aunque no es la intención, este libro también funciona como una defensa de las diversas instituciones culturales y educativas que hicieron posible la producción artística y textil en nuestro país. A lo largo de las páginas van apareciendo aquellos espacios que colaboraron en la creación de complejos dispositivos simbólicos. Entidades como la Universidad de Buenos Aires, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo con sus carreras de Diseño Industrial y Diseño Gráfico, el Fondo Nacional de las Artes o las bienales organizadas por el Gobierno de la Ciudad, son la prueba viviente de que la intervención estatal, cuando está bien programada, funciona y genera frutos. Produce obras que resultan en un valor agregado, tanto en la industria nacional como también en el enriquecimiento cultural, en aquello que nos define como argentinos. Una producción nacional posee múltiples beneficios para la sociedad en su conjunto y a la vez son objetos de circulación hacia el exterior, una forma de expandir lo nuestro más allá de las fronteras.
Pero he aquí justamente la cuestión. “Odio copiar diseños de afuera. Creo en lo nuestro, en las chicas que caminan por Once”, dice el diseñador Andrés Baño en los años de la primera Bienal de Arte Joven, en 1989. Y es en estas simples palabras, en estas declaraciones casi hechas al pasar, donde reside el sentido que se pone en juego en ¿Por qué son tan geniales?. Lo que hace Daniela Lucena es recordarnos que no solo el Diego es argentino sino también Federico Moura, Dalila Puzzovio y la diosa de Mary Tapia. Que en lo que vestimos, en lo que llevamos en el pecho, también se juega el ser nacional.



















