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La tesis en el laberinto

Santiago Andrés Martin

19 de agosto de 2026

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Artículo

Literatura

La tesis en el laberinto

Santiago Andrés Martin

19 de agosto de 2026

Publico

I - ¿Borges para tesistas?

Salgo de la oficina en horario, pero llego tarde. Son las siete de la tarde del miércoles y la calle está más hostil que otros días. Demasiado tránsito, demasiado frío, demasiado apuro; hay tan poca paciencia que ni la compasión encuentra lugar.


Afortunadamente, el taller de lectura cobija nuestros ánimos abrumados y ofrece reparo ni bien entramos a la casa. El mate no distingue lápices de teclados y ronda tanto como circulan las palabras en una conversación más que esperada sobre el “codito” de la semana. La lectura del mes es Borges, a propósito de los cuarenta años de su fallecimiento.


Se trata, para mí, de una invitación más que oportuna. Es que hace tiempo que casi no he podido escribir la tesis. Acuñar el concepto en el que estoy trabajando me empasta los días. Por eso, me sorprendí gratamente con los cuentos en los que Borges se ocupa de la escritura como problema. Pues la escritura es, para quienes buscamos lograr una tesis, problemática.


Juan Villoro ha dicho que escribimos porque tenemos problemas con las palabras. ¿Cuál es la naturaleza de tales problemas cuando escribimos una tesis? En esos momentos en que nuestra tesis se resiste a ser escrita, ¿quién no ha deseado dar, por fin, con la frase que faltaba o con la palabra justa, como si ello garantizara la posibilidad de atravesar el hecho de quedarnos sin inspiración y llevar el texto a término? Pero he aquí que escribimos, pues, porque las palabras nos faltan y Borges lo sabía.



II - El Aleph o escribir contra la clausura


Al encontrar el Aleph, Borges describe el momento en que comienza su “desesperación de escritor”. Se halla frente al lenguaje mismo. En el Aleph mora simultáneamente y sin bordes la totalidad simbólica de todas las culturas. Se trata de un punto en el que convergen el tiempo y el espacio, de modo que la pregunta que le surge al personaje es enorme: ¿cómo transmitir lo infinito?


Solo después de haber perdido su Aleph, Daneri, el otro personaje del cuento, publica los versos que estaba escribiendo. Es en ese momento que su escritura ya no estaba “entorpecida” por el Aleph. O sea, en su afán de escribirlo todo junto, el tipo no lograba darle término a nada. Daneri, inspirado en su Aleph, pretendía versificar el mundo entero en un poema monumental que, al final, nunca culmina. ¿Será que tener acceso a la totalidad del lenguaje se vuelve en nuestra contra? Si asumimos que algo del sentido se produce por el esfuerzo de búsqueda, ¿qué nos queda para decir si no tenemos nada por buscar?


En la fascinación que produce el Aleph, algo se detiene. Todo está ahí, al alcance de la mirada. Mucho de eso nos ocurre, precisamente, cuando hacemos una tesis y, lejos de facilitar nuestro trabajo, lo entorpece. ¿Qué será aquello que, por fascinarnos, clausura la búsqueda, da por sentado o por sabido algo, detiene la marcha de las preguntas y, en última instancia, nos disuade de habitar con detenimiento un problema? Cada quien sabrá qué ocupa el lugar de Aleph en su investigación y precipita la prontitud de sentido, aletargando el proceso creativo.


En mi caso diría que ha sido el campo. Cuando el campo, al acercarnos, estalla en mil direcciones, uno quisiera indagar cada una de ellas, mostrarlo todo, describir el mínimo detalle que aparece a nuestra vista. La tentación de proceder a la Daneri puede ser irrefrenable. Y eso, sabemos, representa una tarea igual de monumental, igual de absurda que la del personaje del cuento.


De repente, no sabemos qué hacer con tanto campo que parece no poder cuajar en la letra de nuestro texto. ¿Cómo transmitir el infinito campo de investigación? Pero no hay escritura posible sin agujeros, sin momentos de habitar los huecos de la letra, sin instancias de interrupción. Destruir nuestro Aleph se vuelve, más pronto que tarde, necesario.


III - El inmortal o escribir como reescribir

Otro clásico borgiano que merece ser leído por quienes escriben una tesis es, sin dudas, El inmortal. Un manuscrito del personaje que ha vivido tantos siglos es leído por un catedrático contemporáneo que le dirige una aguda inquisición: esto parece estar hecho de “incrustaciones” y “hurtos”, provenientes de otros escritos.


¿¡Plagio!? Martín Kohan ha dicho que la escritura de Borges es, en realidad, una laboriosa reescritura y, precisamente, eso es lo que les hace hacer a sus personajes. La escritura del inmortal es descalificada como apócrifa porque, después de todo, “palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos”. Precioso sarcasmo.


Escribimos explorando relaciones posibles con otros textos. Por eso, construir intertextualidad requiere adentrarnos en la lectura. Y leer para escribir es propio de habitar la pregunta por qué podemos hacer con la palabra de otro en la propia voz. Hay, en la tarea de quien escribe, un carácter fuertemente antropofágico. Es decir, el trabajo de incorporar retazos de otras voces de forma tal que decanten en un producto propio.


Algo de la historia vivida se hace experiencia solo en la medida en que se mastican y se asimilan las palabras que nos han interpelado. Reescribir, entonces, invoca un tiempo de pausa para volver a leer, volver a pasar para, después, multiplicar lo que ya ha sido escrito. Reescribimos como habitando la oportunidad para detenernos cuando todo lo demás (el deadline del artículo, el mail del director, el plazo del informe, etc.) precipita una continuidad ansiógena, un frenesí que paraliza.


IV - La tesis en el laberinto

La escritura de la tesis habita una temporalidad peculiar. En ocasiones convoca el ejercicio de moverse, peregrinar, explorar para ampliar el horizonte; otras, el de permanecer, esperar, detenerse a cultivar una idea que, por qué no, ya hemos escrito o ya hemos leído.


La escritura de la tesis parece ingresar en un laberinto. Nos invita, al mismo tiempo, a la experiencia de caminar para evitar la clausura y a la de sentarse a reescribir para resguardarnos de la prontitud. Un laberinto es una ocasión para la búsqueda o el desplazamiento y también para perderse o confundirse.


Borges se apoya en la figura del laberinto para explorar los vericuetos del pensamiento, las vicisitudes de la escritura o, en última instancia, las relaciones posibles con lo real. Se trata de un sitio-experiencia que exige explorar callejones, encrucijadas y bifurcaciones que conducen, en ocasiones, sobre sí mismos una y otra vez. Trabajamos con palabras cuya distinción se escapa tan rápido como nosotros posamos la mirada ahí donde se asoman al rabillo del ojo. Justo cuando creemos encontrar la salida, otro pasillo se abre frente a nosotros.


La escritura mora en lo que el laberinto provoca tanto de estancamiento como de desvarío, en lo que induce a “confusión y maravilla”. De un modo hermoso, Ricardo Piglia ha dicho que la escritura es tanto un espejo como una máscara. Espejo, porque inaugura cierta experiencia de extrañamiento con respecto a nosotros mismos; máscara, porque sale a nuestro rescate justo después de dejarnos inermes.


Nota: Para construir este texto he recurrido a algunos de los cuentos que integran El Aleph. Cuando hay citas, aparecen entre comillas. Además, pueden identificarse apelaciones al trabajo de Ricardo Piglia y Martín Kohan.

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