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Tuvimos una vicepresidenta no hace mucho tiempo que utilizó la metáfora de la luz al final del túnel para referirse a un “supuestamente transitorio” período de crisis en el país, que se suponía debía terminar con un final feliz con la luz al final del túnel como mínimo. Tenemos una novela renombrada del escritor argentino Ernesto Sábato llamada “El túnel” que recorre los laberintos oscuros por los que puede llegar a transitar un alma humana. El túnel parece ser un fetiche recurrente en el imaginario popular. Acaso los túneles que construyen las hormigas debajo de la tierra, o los túneles del subterráneo, o el tren fantasma del Italpark (suerte de túnel) pueden llegar a tener tanta contundencia como los túneles que somos capaces de crear los argentinos. Qué historia con el túnel. Otra que el gran camino del héroe de los guionistas.
Algunos de nuestros antepasados también construían túneles debajo de la tierra o adentro de la montaña para protegerse de supuestas amenazas de cataclismos naturales o fenómenos climáticos o invasiones de otras civilizaciones más o menos avanzadas. También los mineros construyen túneles en la montaña. Pero eso sí, el hombre fue capaz de salir al espacio exterior y “llegar a la Luna”, según dicen, pero no fue capaz de viajar hacia adentro de la Tierra, un viaje hacia afuera pero nunca hacia adentro, el viaje iniciático fue hacia el afuera, mucho que pensar y reflexionar sobre la superficialidad y lo superficial.
Un dicho popular que trasciende los tiempos; “No hay mal que dure cien años”…. Y continúa: “ni cuerpo que lo soporte”.
Claro está que los cuerpos de los argentinos soportan, soportan y soportan, hasta que un día no soportan más. Porque es un país en el que nos hacen soportar lo insoportable.
¿Por qué motivo debemos soportar? ¿Por qué el padecimiento es un indicador de merecimiento? ¿Mientras más padezcas, más apetitoso será el premio final o la luz al final del túnel, como quieran llamarlo? Lo cierto es que mientras pasan los años y los siglos, existen personas que se están enriqueciendo mientras el trayecto por el túnel continúa sinuoso y ríspido, como la canción de Paul McCartney, “Un largo y sinuoso camino” /” A long and winding road”, lo cierto es que el camino del héroe y la heroína o el túnel sinuoso tiene marketing, tiene diseño, consigue votos. Tal vez algo de la idea de la peregrinación de Jesús, cargando la cruz sobre su lomo mientras sus fieles presenciaban morbosamente su sufrimiento porque, total, la redención llegaría; el final se aproximaba: la purificación y la liberación del espíritu. La crucifixión.

La pregunta es, ¿estaremos los argentinos y las argentinas peregrinando por el dolor y el sufrimiento mientras las púas y los clavos se incrustan en cada milímetro de nuestra sangre y nuestra piel para poder acceder a esa purificación? ¿Qué estamos purificando?, ¿Qué creemos que vamos a obtener mediante esa purificación?, ¿A qué lugar creemos que vamos a acceder?
Todos los cuentos de terror de la historia mundial y toda la cripta completa son un poroto al lado de los túneles del terror que sabemos conseguir los argentinos como los eternos laureles que también supimos conseguir. Los laberintos que tejemos son dignos de ser analizados. Sabemos conseguir cosas impensadas. Somos almas muy creativas y distópicas, los argentinos. Somos los latinos que se creyeron mil. Somos el Tony Montana de la Villa 31. El Maradona con el Rolex de oro y la cupe. Somos el cubano arrepentido del régimen castrista arriba de una balsa. Somos el sudaca que en Europa es sudaca sumiso y limpia baños, pero acá se cree rey y monta un reino devenido en colonia yanki en la que vivir feliz por los siglos de los siglos, él y los suyos.
Lo que dura una película o cualquier obra en formato audiovisual (o no) podría pensarse como un túnel. Nos sometemos a varios túneles semanales en Netflix, o bien vamos al teatro o a ver una exposición de arte. Hay personas que son un túnel en sí mismas; entras en ellas y te perdés por completo. Existe un túnel que es transversal a todas las mujeres o a casi todas las que no tenemos mucama y es “el túnel doméstico”, y el supermercado también es un túnel por el que vamos caminando entre las góndolas creyendo que vamos a encontrar un mejor precio, pero no, es solo un espejismo, el mejor precio nunca llegará porque estamos dentro de “La historia sin fin”.

Tal vez Jesús peregrinó por la góndola de un supermercado, como lo hacemos millones de argentinos a diario, y nos vendieron que fue en Jerusalén y rodeado de fieles. Tal vez debemos dejar de peregrinar.
Anteriormente mencione el Italpark, un parque de diversiones emblemático de la época en la que fuimos niños en los años 80, muy retro sí, pero el tren fantasma era realmente de terror por lo grotesco, era una especie de paseo del miedo del subdesarrollo, con muñecos tipo monigotes creados por algún artista de segunda mano que se encontraba desocupado, para lograr, aunque sea algo parecido al “miedo” y lo que cualquier niño de ese momento entendiera por miedo, y así finalmente nos adoctrinaban con la cuestión del túnel desde que éramos niños. Nada que ninguna persona que haya vivido en Argentina, o mejor dicho, sobrevivido en los años 90, no haya experimentado en su cuerpo, porque en este país hubo años que fueron un ataque de pánico consumado en nuestro cuerpo, sentir la muerte, sentirnos partículas en el aire que ciertas personas tuvieron el encargo político de desintegrar.
A veces me pregunto por qué en este país debemos pasarla mal algunas personas, qué extraña fascinación nos une morbosamente a esas pulsiones de muerte.
No hay dudas, en este país hubo, hay y habrá gente muy gris que trabaja para la muerte, y también hay gente muy mediocre que justamente por mediocre te desea lo peor, porque no tolera a la gente que tiene buenas ideas. Me llevo muchos años desentrañarlo, como una especie de laberinto o túnel del miedo, pero finalmente lo sé.
El Italpark lo cerraron finalmente porque una chica salió volando por el aire mientras pretendía divertirse en un juego llamado “Matterhorn”, también transitando lo que fuera una especie de túnel, una suerte de túnel de la muerte o carril del miedo, sin saber que su carro saldría despedido de las vías que supuestamente la estaban transportando al éxtasis o al paraíso prometido de la luz al final del túnel. Chica muerta, parque clausurado, finish para todo el mundo el Itaklpark, y si en Argentina es así, en el país en que todo lo atamos con alambre un parque de diversiones no podría prosperar jamás. Pues ahora que no tenemos más Italpark, la política argentina sonaría como una especie de parque de diversiones clausurado con un piano desafinado de fondo.

Ignacio Copani es un cantautor argentino que una vez cantó “Lo atamos con alambre”. Atar con alambre suena como a que se te caiga un diente y en lugar de ir al dentista te pegues el diente con la gotita, o que se te descosa la camisa y en lugar de agarrar la aguja y el hilo le mandes un par de ganchos de abrochadora para hacer más rápido y que nadie se dé cuenta. Y si el alambre encima se encuentra oxidado, directamente “infección”. Latinoamérica. Soy todas las sobras de lo que se robaron. Soy América latina, un pueblo sin piernas pero que camina. Tu no puedes comprar el viento, tu no puedes comprar el sol. La tierra no se vende. Fragmentos de una canción llamada “Latinoamérica” del grupo Calle 13.
Esta suerte de mal que dura cien años a la que nos tienen acostumbrados los políticos argentinos debe terminar, este amor en los tiempos del cólera de esta colera que no termina nunca debe concluir, este perpetuar el sufrimiento llevándose puestas generaciones y generaciones enteras de personas debe caducar. En este país llegó la hora de que no nos hagan elegir más entre dos colores prefijados por un tercero y que nos convenzan o nos hagan creer que eso es votar, por el contrario, en este país llegó la hora de crear cosas nuevas. Que un sistema colapse también habla de nuestras responsabilidades personales e individuales; no podemos vivir echándole la culpa solo a los neoliberalismos y a los locos malos que aparecen como producto de esa rotura. Lo que pasa es que mirarse adentro duele mucho y no todos están dispuestos a hacerlo con honestidad y verdad.











