
Publico
La presión con la que hago las líneas equivale a la tensión que llevo dentro. Más quiero retener, más se me escapa. Eso es inevitable, y me afecta. A mí y a la figura que quiero representar. Respiro. Muevo el lápiz. La imagen se me presenta entre los ojos antes de llevarla al papel o a la tela. Mi deseo no es retenerla, sino conceder un trazo libre, un dibujo atado a la vida, impredecible como ella.
El trazo no tiene que ser un reflejo de mi control, sino de mi libertad. La técnica no es tensión. La técnica es gracia. Diferenciar el control de la gracia.

¿Qué pasa con nuestro dibujo durante la infancia? ¿Y cuándo empiezan los límites de nuestra tensión? Hasta que el niño deja de dibujar, esa determinación motriz sigue ahí. Todos los niños dibujan, parece ser. Es un hecho físico. Con el tiempo, nuestros garabatos se van transformando en números y alfabetos hasta ser desplazados por completo. La escolarización se encarga de eso. Vamos dejando atrás, por lo tanto, esta represión muchas veces forzada, y el olvido de nuestro trazo cae como un velo de niebla: se nos enseña a dejar atrás esas tardes infinitas en las que pintábamos sobre papel, sobre cartón, uniendo piezas con otras, haciendo collage, incluso delinquiendo al dibujar con lápices y crayones las paredes de nuestras casas o de las casas ajenas. Dejamos atrás las figuras de nuestra cueva privada. Estoy convencido de que, de alguna manera, esa línea permanece intacta en nosotros. Es cuestión de sentarse a buscar, guiado por otros y por uno, para después emprender el viaje en busca de lo perdido.

Los niños dejan de dibujar y de garabatear, dicen los especialistas. En un momento hay un quiebre. Muchos se frustran y dicen que sus dibujos son feos. Es curioso porque esas hojas para colorear las solemos ofrecer nosotros, los adultos. El niño tiene que llenarla de colores. A lo sumo, deberá también completar la imagen, pero siempre dentro de los márgenes establecidos por la enseñanza aristotélica de las formas: la observación empírica. Partiendo de esta base, el resultado es que el niño compara sus dibujos con los de sus padres, maestros o incluso con lo que observa en internet. Por lo tanto, el flujo natural del garabato y el dibujo se interrumpe. Los chicos dejan de dibujar.
Me gustaría hacer hincapié en esto del “flujo natural” de un garabato. La palabra garabato, en italiano, se dice scarabocchio. Según la enciclopedia Treccani de lengua italiana, esta palabra se relaciona con el latín scarabeus (escarabajo), transformada después en las formas peyorativas scarabunculus o scarabuculus. Al garabato se lo describe, por lo general, como una mancha o, en un sentido amplio, como un conjunto de líneas sin un significado preciso que recuerdan a un escarabajo. El sufijo despectivo -ajo, de escarabajo, tiene incluso una fonética jotera bastante visceral. Quiero imaginar que en la antigüedad vieron, en esas manchas desubicadas de tinta sobre los escritos obsesivamente diagramados, el cuerpo oscuro de un escarabajo plasmado en el pergamino. Al garabato se lo descarta. Una mancha de saliva sobre ese mismo pergamino podría ser despectivamente calificada, en castellano, como un escupitajo. Escarabajo, escupitajo. Ajo, ajo ajo. Un alimento lleno de beneficios. El ajo no le gusta a los vampiros. Y, como personas que desean buscar el sol y la libertad, nos vendría bien alejarnos de los vampiros.

Quiero ir en busca de ese escarabajo de tinta, el scarabeus, y tratar de incorporarlo. Verlo desde distintos ángulos, cometer errores en la perspectiva. Hacer un mal dibujo. Me parece importante hacer malos dibujos. Hacer un mal dibujo o una mala pintura no es tarea sencilla. Para empezar, es importante buscar en el archivo personal hasta encontrar eso que hace que tildemos de “malo” a nuestro ejercicio. ¿Errores en la perspectiva? ¿Mal uso de los colores? ¿Una figura ejecutada con poca destreza técnica? ¿La ausencia de una técnica? En todo caso, los caminos conducen al error. Supongo que, cuando decimos “mala pintura”, hicimos ya nacer la idea de un “buena pintura”, o un “buen dibujo”, y juzgamos a partir de ello. Si la persona que trabajó en esa mala obra, por ejemplo, tiene la soberbia de saberse campeona, probablemente nos dará la sensación de ser alguien repudiable, hasta gracioso diría. Pero incluso ahí hay una trampa. Porque el “error” en una obra, cuando es demasiado evidente, deja de ser error para volverse procedimiento. Una perspectiva líquida puede ser ignorancia, sí, pero también puede ser decisión; un color “mal puesto” puede ser ineptitud o puede ser, no lo sé, una negativa deliberada a obedecer. Lo que incomoda no es tanto la falla, sino la duda de no saber si estamos frente a una incapacidad o frente a una voluntad. Como si una cosa anulara a la otra.
Este apunte se sabe consciente de ser producto del descarte.
Como el scarabeus, una mancha al costado de la hoja.





