
La maternidad en el centro de la escena: el caso de Lindsay Clancy
El caso de Lindsay Clancy, acusada de matar a sus tres hijos en 2023, abre una reflexión sobre la psicosis posparto, la culpa materna y las fallas de un sistema de salud mental incapaz de sostenerla. A partir del juicio y de su propia experiencia, la autora explora las exigencias…
Josefina Liendo Marti
12 de septiembre de 2026

Publico
Pregunto a mi familia y a mis amigos, hombres y mujeres, si conocen el caso de Lindsay Clancy, pero nadie sabe de qué estoy hablando. Siento que hay un elefante rosa en la sala y estoy decidida a que todos le prestemos atención, no me importa el rechazo que produce el caso.
Los hechos
El 24 de enero de 2023, mientras yo cumplía 39 años, Lindsay Clancy, una ex enfermera del Massachusetts General Hospital de 36 años, llevó a su hija de cinco años, Cora, a un control pediátrico de rutina. Después de la consulta, envió fotos de sus tres hijos jugando en la nieve a su madre y a su marido, Patrick. Dawson tenía tres años y Callan ocho meses.
Por la tarde, Lindsay envió a Patrick a buscar comida y a la farmacia. Cuando él volvió, unos 25 minutos más tarde, encontró la casa en silencio, el dormitorio cerrado con llave, sangre y la ventana abierta. Afuera, en el patio, encontró a Lindsay tirada boca arriba, consciente, con cortes en las muñecas y el cuello: había intentado matarse saltando desde el segundo piso. Llamó al 911. Los paramédicos se hicieron cargo de ella y Patrick bajó al sótano, donde encontró a sus tres hijos estrangulados con bandas elásticas de ejercicio. Cora y Dawson murieron esa misma noche; Callan, que aún tenía pulso, murió tres días después en el Boston Children's Hospital. La caída dejó a Lindsay parapléjica.
Lindsay Clancy y su marido durante el juicio por la muerte de sus tres hijos. Las imágenes corresponden a dos momentos separados de las audiencias.
Esa fue la noticia que conocí en enero de 2023: una madre de 36 años había matado a sus tres hijos y había intentado suicidarse. Me voló la cabeza en ese momento y, tres años y medio más tarde, me obsesioné por completo con el juicio.
Lindsay Clancy fue juzgada por tres cargos de homicidio en primer grado, uno por cada hijo. La fiscalía sostuvo que actuó con premeditación deliberada y con "extrema atrocidad o crueldad" —el estándar legal exigido para ese cargo en Massachusetts— y que era plenamente consciente de la ilicitud de sus actos. La defensa, a cargo del abogado Kevin Reddington, no negó que ella matara a los chicos, pero pidió que se la declarara “no culpable por falta de responsabilidad criminal”, argumentando que al momento del hecho atravesaba un cuadro de psicosis posparto agravado por sobremedicación psiquiátrica. El jurado tenía, además, la opción de condenarla por cargos menores (homicidio en segundo grado u homicidio culposo) si no encontraba probada esa premeditación extrema.
47 días, 85 testigos, más de 300 pruebas, 12 jurados y casi 40 horas de deliberación sin veredicto unánime. El viernes 4 de septiembre, quienes seguimos los acontecimientos en vivo recibimos con frustración la decisión del juez William Sullivan de declarar la anulación del juicio (mistrial).
El esfuerzo que nunca alcanza
Mi hija mayor tenía cuatro años, la menor un año y algunos meses y había aprendido a bajarse de la cuna. Mi entonces marido se había ido de viaje durante las vacaciones de invierno y yo me había quedado sola con ellas durante 17 días. Una de esas noches, la bebé dormía y la mayor seguía presentando batalla. No logro recordar cómo fue que llegué a eso, pero en un punto empecé a llorar y le dije que no podía más, que lo había intentado pero no me salía ser mamá y que me quería tirar por la ventana.
Cuando vi su cara, supe que necesitaba buscar ayuda y así lo hice. No fue un camino fácil ni lineal, pero con la compañía de una profesional y el apoyo de mi familia pude recuperarme física y mentalmente. Uno de los puntos que trabajé, por supuesto, tenía que ver con la culpa, esa presencia intrusiva que en las madres sobreexigidas y sobreinformadas del siglo XXI causa estragos.
Yo no tenía una enfermedad psiquiátrica de base como Lindsay, ni atravesé una psicosis. Lo mío fue agotamiento, no una ruptura con la realidad. Pero conozco de cerca ese lugar donde el cansancio empieza a hablar con la voz de la muerte, y por eso no pude escuchar la lectura del diario de Lindsay Clancy desde la distancia cómoda del espectador ajeno.

Durante los primeros días de agosto, la fiscal Shanan Buckingham leyó las páginas referidas al entrenamiento para dormir de su hijo menor, Callan. Lindsay habla de la culpa y dice explícitamente que escucharlo llorar durante tanto tiempo le daba ganas de morir: "I even said the words 'I want to die,' to Pat while [Callan] was crying."
Me acuerdo de las caras de desaprobación de otras familias cuando les conté que estaba usando la técnica del Dr. Robert Ferber para enseñarle a dormir a mi hija. En esa época, al menos, el debate con respecto al colecho o al “duérmete niño” era muy común entre padres y madres con bebés chiquitos y había una suerte de estigma sobre las madres que no podíamos llevar adelante la maternidad como el sueño rosado que nos habían vendido de chicas.
Sin el desenlace que todos conocemos, tal vez las entradas en las que Lindsay escribe "I'm so desperate to get a mental break from taking care of everyone that my mind is trying to make something physically wrong with me" y “My mind never shuts off”, en las que dice sentirse "Completely overwhelmed, trying to take care of the three kids", e incluso "I'm drowning every day", podrían ser objeto de burla social por la exageración dramática de una mujer blanca privilegiada que tiene todo y se queja porque no quiere cuidar a sus hijos.
A esta altura, gracias al trabajo de muchas mujeres que expusieron sus historias y crearon redes, la maternidad ya no está idealizada y podemos leer historias en primera persona sobre madres abusivas que agreden física y verbalmente a sus hijos, que incluso los matan con saña. No es el caso de Lindsay. La obsesión de esta madre era hacerlo bien, ser una madre perfecta para Cora, Dawson y Callan y, como si esa carga no fuera suficiente, Lindsay también sentía culpa por su matrimonio: "I want to connect with Pat again. I know he needs it, I need it."
Encuentro en este punto una clave interpretativa de la tragedia que no es más que mi lectura del caso: ¿hubiera sido distinto el desenlace si ella, en lugar de sentir culpa por el marido, hubiera sentido odio?
En mi caso, el agotamiento tras la llegada de nuestras hijas y la excesiva carga mental que era para mí llevar adelante la vida cotidiana me llevó a presentarle una batalla campal a mi marido. Estaba decidida a encontrarle la vuelta a la ecuación y conseguir una división de tareas justa, recuperar mi descanso, mis proyectos, mi vida. El divorcio fue la luz al final del túnel; no ahorró dolor, pero trajo salud mental y bienestar para toda la familia.
“Ahí supe que algo andaba mal”
Patrick es interrogado sobre los acontecimientos del 24 de enero de 2023. Cuenta que al volver de la farmacia la casa estaba en silencio y que la puerta de su cuarto estaba cerrada con llave. Dice: "And that's when I knew something was wrong". Un hombre que estaba mirando otra peli subestimó el dolor de su mujer, negó su enfermedad y falló porque no supo detectar lo que a todas luces era una situación de emergencia.
En los meses previos a la tragedia, Lindsay Clancy buscó ayuda de forma activa y reiterada: vio psiquiatras, llamó a una línea de prevención de suicidio, fue a la guardia del Massachusetts General Hospital el 15 de diciembre de 2022 por pensamientos suicidas persistentes y llegó a internarse por su cuenta en el Women & Infants Hospital de Rhode Island buscando un nivel de cuidado más intensivo. Ayer leí el testimonio de Erica Schwiegershausen, que contó que a ella también casi le pasaron por alto una psicosis posparto, pero al ingresar a dicha institución obtuvo el tratamiento que le devolvió la salud.

Lindsay no tuvo la misma suerte: fue dada de alta antes de ser admitida por no haber podido acreditar un plan concreto de suicidio. El 1 de enero de 2023 se internó en McLean Hospital, un centro psiquiátrico en Belmont, Massachusetts; permaneció cinco días, le costó adaptarse ("I don't belong here", le escribió a Patrick) y salió con la sensación de haber recibido apenas contención básica de enfermería, sin ver a un médico durante varios días. En paralelo, distintos prescriptores —sin comunicación entre sí ni acceso a la historia clínica completa del otro— le indicaron trece medicamentos psiquiátricos en cuatro meses, entre ellos Seroquel, un antipsicótico. Su última sesión de telemedicina con una de sus psiquiatras fue el 23 de enero de 2023, un día antes de matar a sus hijos.
La fiscalía basó su caso en la premeditación: sostuvo que Lindsay calculó el tiempo que a Patrick le llevaría buscar la comida e ir a la farmacia para ejecutar su plan. Ahora pienso que, si esa capacidad de planificación hubiera existido, en lugar de la versión de la defensa, que sostiene que Lindsay escuchó una voz que le dijo que tenía que matarlos para ponerlos a salvo, le habría resultado fácil ser admitida en el Women & Infants Hospital de Rhode Island.
En noviembre de 2022, Patrick había viajado a Nueva York por dos días, dejándola sola con los tres niños; al volver, viajó con Cora a San Francisco. Cuando le preguntan por esos viajes en el juicio, él reconoce haber notado el deterioro de su mujer a su regreso. Un atisbo de claridad que no cambió nada porque, a lo largo de toda la reconstrucción de la vida de la familia Clancy que vimos en el juicio, el lugar de Patrick es el del “mártir olvidado”, sin agencia, sin capacidad para aliviar el sufrimiento de su mujer y garantizar un futuro para sus hijos.
Falla de sistema
A lo largo de las siete semanas que duró el juicio, Kevin Reddington se convirtió en una voz masculina que no busca culpar ni corregir, sino comprender la psiquis femenina. En una declaración reciente lo escuché decir que Lindsay es como una hija para él. La forma en la que defendió su caso es conmovedora por la voracidad con la que interrogó a psiquiatras “muy ocupadas” para revisar sus notas. Por eso no planteo este caso como una guerra de sexos (o géneros), sino como la visibilización de los problemas incómodos que atraviesa nuestra sociedad, siendo la salud mental de las madres una piedra angular para el desarrollo.
La diferencia no es entre hombres y mujeres, sino entre las personas que queremos mirar los indicadores demográficos con seriedad y las que los usan para impulsar una caza de brujas. Hace algunos meses, Tomás Di Pietro Paolo escribió A favor de criar hijos y se hizo viral porque es un tema que nos convoca a todos. El altruismo de la maternidad y la paternidad del siglo XXI está en crisis en el reino actual de la satisfacción inmediata y la fobia al compromiso.
Volviendo al caso, Reddington construyó buena parte de su defensa sobre la idea de un sistema que falla: no fue solamente una madre que colapsó, fue un sistema de salud mental que no logró sostenerla. La enfermera psiquiátrica que trataba a Lindsay reconoció, bajo su interrogatorio, que nunca habló con nadie del hospital de Rhode Island ni tuvo acceso a los registros de su internación en McLean. Cada profesional trabajó con una porción de la historia, nunca con el cuadro completo. Trece medicamentos en cuatro meses, indicados por manos que no se hablaban entre sí, son la imagen que mejor resume esa fragmentación.
Caso abierto
El 4 de septiembre, después de 40 horas de deliberación repartidas en siete días, el jurado no alcanzó un veredicto unánime. La Justicia de Massachusetts no logró resolver el caso y el juicio terminó en mistrial: no hay condena, no hay absolución, solo la posibilidad de que todo vuelva a empezar.
A mí me sigue acechando la pregunta sobre la culpa desproporcionada que sentía Lindsay y el hecho de que no se haya enojado con su marido: ¿hubiese funcionado eso como válvula de escape? Sin duda, a ella le faltó una red de cuidado y contención, de esas que las argentinas empezamos a crear al escolarizar a nuestros hijos en los famosos y polémicos “chats de mamis”.
No sé si una red más coordinada hubiera cambiado el final de esta historia. Nadie puede saberlo con certeza, pero sabemos que en muchos otros casos tener red hace la diferencia. Después de todo, el proverbio de origen africano "It takes a village to raise a child" mantiene toda su ancestral sabiduría.








