Cuando mi abuelo cumplió ochenta y siete, le regalamos un rompecabezas. De esos en los que hay que reconstruir un enorme paisaje toscano: con callecitas angostas, un mar turquesa de fondo, una pareja de espaldas con sombrero de paja. Todo desarmado en mil piezas.
—Con esto se va a entretener —decía mi madre, orgullosa de la idea.
Desde que mi abuela murió, vive solo. Le quedó el hábito de despertarse antes que todos, a eso de las cinco de la mañana. Apenas abre los ojos, se mira en el espejo que tiene frente a la cama y se acomoda el pelo gris con un peine fino que guarda, como un amuleto, en el bolsillo de la camisa. Después se viste. Usa todos los días la misma remera pálida de algodón. Tiene veinte para elegir del mismo color. Y mira siempre los mismos capítulos de El Mentalista en el canal 57. Nunca logró aggiornarse a las nuevas plataformas de transmisión. El Flow le duró dos semanas y eligió acomodarse al rudimentario sistema de cable.
Desplegó el rompecabezas en la mesa del comedor. Desde entonces, la mesa se dejó de usar para comer. En realidad, hace años que nadie se sienta ahí. Pasó a ser un depósito en el que descansan antiguos adornos que vienen acumulando polvo desde hace quién sabe cuánto tiempo, como los retratos en sepia, tan manchados por los años que sus rostros ya son irreconocibles. Pero esta vez los corrió de lugar y sumó un nuevo objeto a ese museo doméstico.
Se sienta en la misma silla y cumple el mismo horario todas las tardes. Observa cada pieza, las ordena por color, las da vuelta, intenta hacerlas encajar.
—Primero hay que reconstruir el paisaje por sectores. Mirá, ¿ves? Acá ya tengo la parejita armada —me dice, exhibiendo su labor.
Detesta desayunar. A lo sumo, come unas galletitas de agua o se toma un jugo en polvo que tiene siempre preparado en la heladera. Desde que enviudó, esa heladera pasó a ser un juntadero de mugre. Me solía hipnotizar el aroma a ajo y tomillo que respiraban las ollas todas las noches cuando cocinaba mi abuela: el tuco para los ñoquis, la sopa en los inviernos, los caldos que bañaban la carne al horno. Nos solíamos reunir en la cocina para verla en su ritual.
—Si ella estuviera acá, ya habría volado a la mierda toda esta porquería —suspira mi madre cada vez que descubre un nuevo tupper de plástico colonizado por unos algodonados hongos verdes—. Ella era la que pensaba en esta casa.
Nunca fue bueno armando cosas. Hacía frío ese agosto de 1980. Mi abuelo estaba con mi madre una tarde en la cocina, ajustando los preparativos para el Día del Niño, que celebrarían al día siguiente en la plaza. Iban a ir de excursión con el colegio y las familias de los compañeros de ella.
Era un invierno que combatían con el calor de las hornallas de la cocina. Había cuatro, encendidas por horas durante el día, con unas llamas que se agitaban nerviosas cada vez que alguien pasaba cerca. Tenían un fuego espeso y amarillo que temblaba con un frenesí impropio de su naturaleza. Por eso es que todavía, cuarenta y seis años después, no logra aceptar que esa tarde se equivocó.
No llegó a cerrar la válvula de la garrafa antes de que la explosión arrojara a mi madre por debajo de la mesa. Quiso cambiar el tanque vacío por uno lleno para esa tarde de festejo que nunca sucedió. En su lugar, terminaron internados en el Instituto del Quemado, mientras que mi abuela se ocupó de un departamento destruido.
Mi madre estuvo un mes sin ir al colegio. Tenía apenas siete años cuando aquella tarde se le quedó adherida para siempre a la piel y a la memoria. Las arrugas le invadieron las rodillas, las manos y parte de su pequeño rostro. Esas zonas debieron ser tratadas con constancia y disciplina, día y noche, durante unos diez largos meses. Hasta el día de hoy, continúa recurriendo a la dermatóloga y comprando toda clase de tratamientos tópicos para terminar de desprenderse de las marcas que le dejó la explosión.
—Yo tengo recuerdos felices de esa época. Me había instalado en lo de mi prima Vale y mi tía Susana para las curaciones, porque vivían a dos cuadras del Instituto —recuerda mi madre—. Me visitaban muchas personas y me traían muchos juguetes. Imaginate, para una chica de esa edad, ¿qué mejor que te regalen tantos juguetes?
Mi abuelo había salido casi ileso, para sorpresa de todos. Se había quemado apenas las manos y no tuvo que someterse a las curaciones que soportó mi madre durante todos esos meses: baños de agua helada por la mañana, seguidos de la colocación de gasas impregnadas con sulfadiazina de plata, que le provocaban un frío ardor en las zonas tocadas por el fuego. Las noches eran una pesadilla: bastaba un movimiento entre las sábanas para arrancar las costras que la piel había pasado horas intentando reconstruir.
—Fue una cosa de enseguida, no fue mucho —asegura él—. Tu madre se quemó un poquito nada más, fue un pum pum; enseguida un poco de agua y ¡fuera!
—Yo no la hice explotar, explotó así nomás —continúa, seguro—. Como cuando caminás por la calle y explota algo… vos no tenés la culpa. Porque está mal hecho o por cualquier pavada puede ser. Con la garrafa, cualquier pavada puede pasar.
Casi no estuvo presente para acompañarla durante su curación. Ella decía que trabajaba mucho. Para ese entonces, era empleado del Municipio de Villa Luro durante el día, dirigiendo los parques Sarmiento y Santoyán, y trabajaba en el equipo de seguridad del edificio «Mirador» a la noche. También era policía. Trabajó veinticinco años en la Brigada de Delitos, Robos y Hurtos de Mataderos, después de haberse formado en la Infantería Marina.
—Chiquita, yo a tu edad andaba corriendo a ladrones, trepando paredes, a las patadas por la calle —recuerda, exaltado—. Cuando quedé mano a mano con el Loco Prieto, entre la avenida Caseros y el Bajo, le di el alto, nos agarramos a tiros y fue preso. Cuando hay tiros hay que tener suerte, nada más. Alguno tenía que perder. Yo tuve suerte. Lo metí preso y a otra cosa mariposa.
—Tu abuelo tiene el síndrome del policía, nunca ejerció —acota mi madre—. Habrá estado como mucho dos años en la calle. Siempre lo vi salir de casa vestido de civil. Hacía trabajo administrativo.
Mi abuelo sigue insistiendo en que su boina, que tiene bordado en un amarillo podrido el emblema naval, y su daga comida por el óxido son de buen augurio cuando sale a la calle. Las adquirió en el 61, en una de sus expediciones a Puerto Belgrano. Dice que con ellas se siente tranquilo.
Como el día que intentó pagar la cuenta de luz en el Banco Santander. Ante la actitud desganada de la cajera que, por infortunio, lo atendió, expuso la daga sobre el mostrador en un gesto desafiante, creyendo que así lo iban a escuchar. Pero solo consiguió que le cerraran sus cuentas y lo expulsaran del banco.
O cuando intentó vender su Citroën Picasso por Mercado Libre. El comprador resultó ser un ladrón más de sus historias: llegó a su garaje con un revólver escondido en el pantalón, preparado para llevarse el auto sin mayores reparos. Pero mi abuelo lo enfrentó con la daga y terminó recibiendo un disparo en la rodilla. Lo hospitalizaron, pero el Citroën quedó intacto, a salvo y en su casa. Volvió a tener suerte.
De modo que la daga y el auto pasaron a ser una parte más del juntadero de mugre de la casa. Sobre todo desde el momento en que mi madre tomó la decisión de impedirle seguir manejando. Tras el intento fallido de vender el Citroën —sumado a las reiteradas advertencias de la aseguradora sobre los múltiples choques que registraba—, optó por inventar una ley con la que logró convencerlo de abandonar el manejo para siempre.
—¿Viste que el señor Milei sacó ese nuevo decreto? A los ochenta y cinco años ya no te permiten conducir —resopla mi abuelo—. Por ese desgraciado ahora no puedo ir a ningún lado. No puedo hacer nada. Me quiero agarrar a patadas con todos. ¿Qué puedo hacer? Ahora tengo que molestar a tu madre para ir al cementerio a llevarles flores a tu abuela y a tu tío.
Dejó de visitar a mi abuela. Reemplazó ese ritual por una caminata que emprende todos los días —una vez por la mañana, otra después de almorzar y la última antes de dormir— alrededor de la manzana. De esos paseos vuelve con cosas. Empezó a colgar las cortinas del baño en las ventanas del living y a mezclar los adornos que coleccionaba mi abuela con lo que fue recolectando en la calle. Muñecas sin cabeza, collares de plástico, zapatillas deshilachadas.
El freezer también quedó inservible. Mi madre dejó de llevarle las viandas que cocinaba todas las semanas: tantas horas de trabajo se echaban a perder dentro de la heladera que mi abuelo se resiste a reparar. Decidimos, entonces, visitarlo al menos una vez a la semana para sacarlo a comer. Los domingos lo llevamos a almorzar al bodegón de Flores, aprovechando la comida que sobra para dejarle algo con lo que pueda alimentarse al día siguiente.
Casi todos los días me llama por teléfono. Suelen ser conversaciones breves en las que me cuenta de su día y me pregunta si ando bien. La última vez me llamó por la tarde. Estaba recluido en su casa, sentado a la mesa de ese living mal decorado y maloliente, con la televisión encendida de fondo, mirando su serie, a la que a esta altura ya ni debe prestar atención. Intento alentarlo a que visite un centro de jubilados. O que visite a sus nietos. O que termine de armar el rompecabezas que le regalamos.
—El rompecabezas hoy no lo toco. Ya es de noche; no tengo ganas —me confiesa.
Del otro lado del teléfono lo escucho arrastrar la silla. Sobre la mesa, entre las piezas sueltas, la parejita sigue de espaldas.
—Unos años más, m'hija —me suspira—. Más ya no quiero.





