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El misterio de la creación artificial

  • Sophia Balseiro y Sol Leguizamón
  • 14 dic. 2025
  • 17 Min. de lectura
La irrupción de la inteligencia artificial en la creación artística suma una nueva capa de opacidad a un misterio antiguo: qué hace que una obra sea verdaderamente arte

La creación artística siempre fue uno de los grandes misterios en la historia de la humanidad. Su única certeza radicaba en que era producto de la invención humana. Hoy, la inteligencia artificial ya es parte indivisible de nuestra vida cotidiana. Y con eso, se pone en cuestión lo que conocíamos como arte hasta el momento. Si antes hablábamos del misterio de la creación artística hecha por humanos, ahora sumamos una capa más de opacidad. ¿Qué es lo particular de la inteligencia artificial que nos aproxima hacia lo que se siente como una amenaza del orden artístico como lo conocíamos? ¿Cuál es el carácter esencial del arte?


Agustina Laboureau, abogada especialista en derecho creativo, introdujo nociones del campo legal para reflexionar sobre la creación artística mediada por la IA, y la dimensión ética que se desprende de esta.


Apelamos primero al recurso de la imaginación. Imagínese usted. Imagínese que un domingo por la tarde sin planes y harto de hundirse en el sinfín de películas que ofrecen las plataformas de streaming, se somete una vez más al scrolleo en el celular. Un poco lo abruma, pero no registra bien qué es eso que lo abruma. Entre tantas imágenes e información que a modo de destello pasan fugazmente por su pantalla –prestándole atención a todo y al mismo tiempo a nada– ve una que lo captura más que las otras. Le parece bella, le atrae, hasta podría decirse que incluso lo convoca. Lo conmueve tanto que decide realizar un acto extraordinario: se detiene. La pausa le ofrece la oportunidad de mirar la imagen con atención. Lo deslumbra la técnica, el realismo que presenta, los colores vibrantes. Puede que no sepa mucho de arte, pero eso no impide que se atreva a pensar que lo que está viendo le gusta. ¡Quién podría haber dicho que tendríamos la práctica del museo en la comodidad de nuestras casas! Lee con detenimiento el pie de página y ahí se entera de que la imagen que tanto le ha gustado, fue realizada con ayuda de la inteligencia artificial. Comienza el camino de la decepción. Esa genialidad que le había atribuido a una persona fue en realidad producto de una máquina. Deja de pensar en lo que acaba de ver como arte. Para usted, esta imagen hecha por un artificio no merece tal etiqueta.


¿Qué faltó? ¿Qué fue distinto?


I


En El misterio de la creación artística Stefan Zweig escribe: “De todos los misterios del mundo, el de la creación artística ha sido el más misterioso desde el principio de los tiempos. Por lo mismo, todas las naciones y religiones han vinculado el proceso creativo con la idea de lo divino. Y es que todo lo ya existente podemos comprenderlo como un hecho, pero cada vez que asistimos a la aparición de alguna cosa allí donde originalmente no había nada, sentimos que estamos ante algo sobrenatural”.


Lo que sí sabemos es que, desde la modernidad, la obra de arte y su proceso creativo son particulares. Alexander Gottlieb Baumgarten se refiere a un cognitio sensitiva, un conocimiento sensible que no aplica a leyes universales ni puede ser categorizada según normas establecidas. Como la famosa frase de El Principito, “Ella es mi rosa y por eso es única en el mundo”/ Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que la hace importante”; cada pieza de arte es única y resultado de la propia subjetividad.



Esto nos recuerda a un estudio que llevaron adelante los psicólogos Bruce Hood y Paul Bloom –referentes en el estudio del pensamiento esencialista en la infancia– donde demostraron que los niños, cuando se les da a elegir entre un objeto original y su réplica perfecta, eligen el primero. Un peluche o una manta que acompañaron un trayecto vital no pueden ser sustituidos sin que algo se pierda en el camino. Esa negativa infantil a aceptar la duplicación revela, quizás, una sensibilidad temprana a la singularidad, una percepción todavía no distorsionada por la lógica de la reproducción infinita.


En relación a lo anterior, Walter Benjamin reflexiona acerca del sentimiento que provoca el “aura” de una obra de arte, ese halo sólo presente en la pieza original y vista en persona. Explica que el aura es esta “manifestación irrepetible de una lejanía”: por más cerca que se tenga la obra, el espectador se enfrenta con una especie de grandeza tan magna que resulta en extrañamiento y una sensación de humildad, y hasta cierto temor divino sólo comparable al impulso de mantenerse atento para intentar absorber todo lo que el cuerpo contempla.


“La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es quizá el hecho estético”, escribe Borges en La muralla y los libros.

Walter Benjamin
Walter Benjamin

Quizás esta tensión que siente quien observa la obra, la de estar en el borde del precipicio, entre la nada misma y el entendimiento total, debatiéndose entre el abatimiento y la paz monástica, y entre la estúpida conciencia de nuestra pequeñez y la confirmación de haber sido salvado, es lo que Kant llama lo sublime:


“Un placer que nace sólo indirectamente por medio del sentimiento de una suspensión momentánea de las facultades vitales, seguida inmediatamente por un desbordamiento tanto más fuerte de las mismas”.

Lo sublime como disposición del espíritu ante esa cosa que siempre es más grande en comparación.


En un mundo donde jugamos a ser Dios entrenando a la IA en la imitación de nuestra mente y cuerpo, ¿hay lugar para que surja un arte que nos estremezca el alma?


No dudamos de que con un poco más de tiempo la IA llegará a generar arte bello, pero ¿algún día podrá crear arte con aura, arte sublime?


Esta maquinaria construida bajo la premisa de la utilidad. ¿Tiene el potencial de apreciar algo tan inútil como la belleza?


II


Hasta el advenimiento de la inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana y profesional, lo único certero del arte era que estaba creado por humanos. Para Kant una obra de arte sólo lo es en tanto resultado de un proceso de reflexión. ¿Por qué una colmena de abejas no sería una obra de arte? Justamente porque en ella hay mero instinto y no razonamiento. Al mismo tiempo, el filósofo distingue entre oficio y arte porque el primero es una ocupación u actividad atractiva por su efecto (un trabajo), y el segundo nunca puede terminar de realizarse (es inútil). Partiendo de estas premisas, ¿la IA podría llegar a crear arte?


Es importante tener en cuenta las maneras en que las personas entrenamos a la IA en el procesamiento de datos.


Como explica Alejandro Galliano en el artículo La banalidad de la IA, la historia de la inteligencia artificial es la historia de quienes buscaron replicar el mecanismo o razonamiento mental vs quienes apuntaron a crear un organismo. Los primeros se enfocaron en el entrenamiento basado en redes neuronales, un modelo lógico predecible basado en reglas y deducciones (si X, entonces Y). A los segundos, los cibernéticos, les interesaba la vida y el saber-hacer desde abajo, por lo que se concentraron en estudiar “la autoorganización biológica, la adaptación y metabolismo, incluyendo el pensamiento autónomo”. Así nacía el “aprendizaje profundo”: la red de la IA podía detectar patrones y asociarlos sin haber sido programada para ello. Hacia 2016 el programa desarrollado por Deep Mind para Google, AlphaGo, ya ni siquiera había sido rellenada con reglas, se la dejó jugar contra sí misma. Aún hoy no sabemos cómo funciona.


Si antes hablábamos del misterio de la creación artística hecha por humanos, ahora sumamos una capa más de opacidad.


Galliano escribe: “Esta época, que pretende ser utilitarista para casi todo (los afectos, el saber, la belleza), no parece serlo con las tecnologías. Hasta daría la impresión de que busca permanentemente máquinas que escapen de control”.

¿Puede la caja negra de la IA tener agencia e intencionalidad? ¿El “aprendizaje profundo” va a derivar en el desarrollo de una sensibilidad propia? En el caso de que la IA finalmente pueda crear arte de manera casi autónoma, ¿en qué va a diferenciarse de una obra trabajada enteramente por una persona? ¿Necesitaremos nuevas categorías de arte? ¿Cómo cambiará la cognición de las generaciones nacidas en una era donde la IA sea lo que hasta hace poco era la web?


Si en la antigüedad el arte existía con el fin único de transmitir el mensaje divino, hoy somos los humanos quienes jugamos a ser Dios, a asirlo todo, a pegotearnos las imágenes, los reels, las películas, los libros. “Más vale pedir perdón que permiso”. ¿Sí? ¿Bajo qué afán?


Es práctica cotidiana en los museos y galerías de arte tomarle una foto a la obra y compartirla en redes sociales. Podríamos discutir qué cuestiones de la época de predominio de la imagen estética llevan a tal acción, pero la intención acá es hacer énfasis en la necesidad del registro permanente. Quizás esa sea la manera en que buscamos trascendernos hoy.


Pareciera que ahora el insumo somos nosotros mismos. Nos fagocitamos, creemos poder robar el fuego como Prometeo, y construir una torre de Babel como las primeras personas que habitaron esta Tierra. Qué necio es el ser humano. Nunca entiende de distancias.


Quizás otra de las características esenciales del arte sea trascendernos, “crecer más allá de nosotros mismos, que en el momento vacilante haya algo que permanezca”, en palabras de Gadamer. Podemos pensar la trascendencia como una distancia más que como una extralimitación. La distancia necesaria para dar lugar a lo Otro, para aceptarlo como inasible, como impenetrable y como distinto a lo propio. En Defensa del secreto Anne Duforumantelle explica que en la Grecia antigua la necesidad del secreto (“poner aparte” en su etimología latina) nace de la separación originaria entre los Dioses y los hombres. ¿Hay lugar para eso ahora?


Aceptarnos como no-dioses, “querer no saber o no saberlo todo” –en palabras de Dufourmantelle– sólo desde ahí puede haber algo de verdad.


III


Sin dejar de lado las implicancias existenciales y estéticas del impacto de la IA en el arte, nos gustaría detenernos en una dimensión más concreta e igual de fundamental: la legal. Con este fin, Ventoux entrevistó a Agustina Laboureau, abogada de artistas, creativos y emprendedores, una rama tan poco explorada de la disciplina que ella misma decidió llamarla “derecho creativo”.


La IA no va a dejar de existir y cabe la posibilidad de que se vuelva un gran aliado en el proceso creativo. Lo que sabemos hasta ahora es que la inteligencia artificial no posee sentido común, conciencia propia, la habilidad para comprender ideas abstractas ni una capacidad de razonamiento generalizable más allá de cierto umbral de complejidad. La creatividad humana es incluso más difícil de emular; eso conllevaría construir redes neuronales artificiales de motivación y emoción en una cantidad y complejidad ridículas. “No creo que la IA sea una herramienta valiosa para la producción, por lo menos en la instancia en la que está hoy”, afirma Agustina.


Agustina Laboureau abogada de artistas, creativos y emprendedores
Agustina Laboureau abogada de artistas, creativos y emprendedores

Retomando el carácter particular de la obra de arte del que hablábamos en el primer apartado, en clave jurídica la creatividad se describe como un “derecho personalísimo” y está comprendida dentro de los derechos de libertad de conciencia y expresión. Por lo tanto, su limitación por parte del Estado es excepcional porque se vinculan con lo más específico de cada individuo.


Sin embargo, como indica Enrique H. Del Carril en el paper Derecho y creatividad: Límites, caemos en la paradoja de que, mientras que el Derecho traza límites para que podamos convivir en sociedad, la creatividad es, por su propia naturaleza, libre. Entonces, en términos legales la creatividad es tanto expresión ilimitable de la conciencia del creador, como también producto creativo que encuentra su límite en los derechos de terceros.


Siguiendo esta línea, si el mejor ecosistema para que la creatividad se expanda es aquel libre de trabas, ¿de qué forma equilibramos la libertad de expresión con el derecho de autor?


Es importante tener en cuenta que ya hay numerosos casos de escritores, artistas y bancos de imágenes que iniciaron acciones legales contra diferentes firmas por usar sin autorización material para entrenar a sus herramientas de IA. Ante esto, OpenAl afirma que es imposible desarrollar y entrenar a la IA sin material con copyright. En este contexto, algunas empresas como Shutterstock, el reconocido banco de imágenes, firmó un acuerdo de seis años con la OpenAI por el cual le proveerá datos de capacitación de alta calidad para modelos OpenAI incluidas las bibliotecas de imágenes, videos y música. A su vez, Shutterstock también obtiene acceso a la última tecnología OpenAI y acceso a las capacidades generativas de texto a imagen de DALL.E.


Como explica Agustina, el punto clave es el fin y el contexto en el que se aplican los datos usados por la IA. Sobre esto, expresa: “En los últimos años la legislación europea fue otorgándole más flexibilidades de uso a obras que no tienen fines comerciales, sino más de circulación en entornos digitales, y volviéndose más restringido frente a los usos comerciales de grandes empresas. Esa es una deuda pendiente de nuestra ley: tiene unas reglas muy restrictivas e incoherentes que, además, sólo aplican a las obras literarias y musicales, por lo cual hay todo un subuniverso de obras que no tienen de qué manera pensarse”. Por ejemplo, el uso de obras fotográficas con fines educativos o académicos no está contemplado en la ley.


En la práctica, sin embargo, este andamiaje jurídico se desdibuja. Para el tema que nos compete es importante destacar que existe un procedimiento para que la obra de cualquier artista forme parte del Registro Nacional de Propiedad Intelectual. Sin embargo, Agustina afirma que “no está para nada institucionalizado por dos motivos. El primero es que está instalada la idea de que cuando te usan una obra no se puede hacer nada. Es decir, aunque haya una ley, es muy difícil hacerla valer. Y eso parcialmente es real y es culpa del Poder Judicial porque es un sistema muy obsoleto y poco especializado en la materia. De hecho, todo lo que tiene que ver con propiedad intelectual cae en la jurisdicción civil, que es la misma que interviene, por ejemplo, en cuestiones de tránsito. Entonces, en general son muy pocos los casos que se llegan a litigar”.


Esa fragilidad previa del sistema se vuelve todavía más evidente cuando miramos cómo se regulan los usos ligados a la inteligencia artificial. Resulta un tanto contradictorio que para la ley mostrar una pintura en una clase con fines de enseñanza sea ilegal, pero generar millones de imágenes con el estilo de Studio Ghibli no. Agustina explica que desde el punto de vista de la propiedad intelectual, específicamente el derecho de autor, el estilo no se puede proteger. “Así como no se puede proteger el puntillismo ni el cubismo, tampoco este estilo de anime”.



Otro ejemplo que menciona la abogada y que vuelve especialmente palpable esta pregunta por los límites entre creación humana y la creación maquínica es The Next Rembrandt (2016), un proyecto en el que un equipo de investigadores, diseñadores y especialistas en inteligencia artificial reconstruyó un "nuevo" retrato del pintor holandés utilizando únicamente datos obtenidos de sus 346 obras. A partir de algoritmos de deep learning, técnicas de reconocimiento facial y un análisis minucioso de las proporciones, los gestos y los patrones pictóricos característicos del artista, el sistema generó un rostro que nunca existió, pero que podría haber sido pintado por Rembrandt. Luego, mediante una impresora 3D especialmente diseñada para replicar capas de pintura y textura, la obra fue materializada como si hubiera salido del propio taller del maestro. El proyecto abrió una discusión urgente sobre qué entendemos por creatividad, autoría y autenticidad. ¿The Next Rembrandt posee aura, o es parte de una máquina de reproducción cultural zombi?


Pero la controversia no se limitó a las preguntas ontológicas: surgió también una crítica en torno a los sesgos del modelo. Lógicamente, los sistemas de IA que generan arte aprenden de conjuntos de datos históricos que contienen las tensiones, exclusiones y prejuicios de la historia del arte. Estos sesgos no siempre son intencionales, sino que los patrones aprendidos reflejan las limitaciones culturales e históricas del material. Ese fue el caso de The Next Rembrandt donde el algoritmo “decidió” que el retrato debía ser un varón blanco de entre treinta y cuarenta años porque ese es el tipo de figura predominante en la obra del pintor, imitando la estructura patriarcal de su archivo.



Tanto las imágenes que imitan el estilo Ghibli como The Next Rembrandt son productos avalados por la legalidad, ¿pero qué pasa con su carácter ético? Cuando ya no hay institución, ni siquiera una sanción social implícita que regule nuestros actos, ¿qué tanto pesan nuestros principios y mirada crítica hacia la historia de la humanidad?


Sobre esto, Agustina reflexiona que “la producción masiva de imágenes basadas en el estilo Ghibli no solamente significó una potencial vulneración a sus derechos de autor, sino un atropello a la ética de este estudio que tiene una forma de concebir la producción audiovisual muy artesanal”. Incluso en 2016 Hayao Miyazaki, co-fundador de Studio Ghibli, repudió el uso de la IA y se refirió a la producción artística mediada por la IA como un “insulto a la vida”. Esto nos recuerda al discurso que dio Guillermo del Toro al recibir el premio Gotham Vanguard Tribute por la película Frankenstein hace apenas unos días. Al final del discurso destaca el trabajo minucioso y manual de cada miembro del equipo: “El talento artístico de todos ellos brilla en cada fotograma de esta película, creada deliberadamente por humanos para humanos. Me gustaría expresar mi gratitud y decir fuck AI”.



En medio de estas tensiones entre legalidad, ética y técnica surge la pregunta de qué entendemos por originalidad hoy. Ante la ansiedad contemporánea de creer que ya todo fue creado, Agustina afirma que la “originalidad” no tiene por qué estar ligada a lo distintivo o novedoso: “No necesitás traer al mundo algo nuevo para que sea original, sino producir partiendo de tu personalidad. Está muy instalada la idea de que ya todo está inventado –que igual permitime dudar. Todo el tiempo suceden cosas nuevas– pero sobre todo creo que lo importante es crear desde lo genuino”.


IV


En este punto vale la pena preguntarnos: ¿Qué es lo particular de la inteligencia artificial que nos aproxima hacia lo que se siente como una amenaza del orden artístico como lo conocíamos?


La paradoja está en que aquella tradición sobre la que se sostendría el orden artístico no es tan fija como parece. El arte, como gran concepto rector, nos preocupa y nos ocupa porque se nos escapa constantemente su definición. Es escurridizo; se mueve, se reinventa, provoca al mismo tiempo que conserva.


No se habla de progreso cuando ubicamos que el surrealismo vino cronológicamente después que el impresionismo. Decir que el arte “progresa” implicaría asumir que tiene una dirección definida, que se le ha asignado un propósito utilitario de antemano y que requiere de un trabajo colaborativo que produzca avances con ese fin. Tampoco se escucha a nadie afirmar que la obra de un artista posmoderno es de cierta manera porque sabe más que lo que sabían sus antecesores décadas, o incluso siglos, atrás. Más bien, pareciera ser incluso lo contrario. La tradición nunca es tan fuerte como cuando el público general opina sobre el arte contemporáneo: gana la nostalgia, y se levanta el arte del pasado como testimonio de una grandeza de espíritu que hoy, creen, se ha perdido. Pero esta no sería la primera vez que sucede, y seguro no será la última.


Entre 1820 y 1829, Hegel declaró el “carácter de pasado del arte” para expresar que este ya no cumplía con el fin metafísico de expresar a Dios: anunciaba así la modernidad como una época secularizada e individualista. Cuando unos párrafos antes hablábamos de la pérdida del aura a la que se refería Benjamin en 1936, lo hacíamos en esta línea. Si bien la obra de arte siempre había sido susceptible de ser reproducida, es con la fotografía y el cine que la obra artística pierde aquel carácter aurático que le era propio. Es decir, que hacia 1900 lo que le falta a la obra de arte es ese aquí y ahora, una existencia irrepetible, aquello que le da autenticidad. Esta pérdida sería en detrimento del valor sagrado que pudo haber tenido la obra algún tiempo atrás: en un mundo secularizado no se venera el arte ni se lo contempla, se lo consume.


Dos cuestiones se desprenden de lo anterior. La primera remite al hecho de que la labor artística siempre ha estado intermediada por los distintos avances –en este caso sí, avances– técnico-tecnológicos que han provisto de una manera u otra el sustento material para que el genio del artista pueda expresarse. Ciencia y arte se entrelazan en este punto. La expresión artística responde a los medios materiales que se encuentran disponibles en una época determinada, y el progreso científico ha permitido así la existencia de diversas obras artísticas.


Por otro lado, el autor y poeta, Paul Válery, escribe: “Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre”. Si tal afirmación describió con veracidad el cambio de época que se vivió en el inicio del siglo XX, no puede menos que ser acorde para expresar la época actual. Casi un siglo después de que se hayan articulado estas palabras, sentimos en nosotros la velocidad acelerada de nuestros relojes, los (relativamente) nuevos espacios intangibles donde habitamos, y la materia tecnológica que ha permitido todo este cambio.


¿Qué tipo de arte es el que asociamos a esta época? Si nos limitamos a las artes visuales, ¿son las digitales? Pero si pensamos en el arte digital, no es algo que haya aparecido únicamente en los últimos años, ni siquiera es algo propio y exclusivo del nuevo siglo. El uso de computadoras para la creación de imágenes es algo con lo que múltiples artistas exploran hace décadas.


Entonces, si ya contábamos con herramientas digitales para jugar y explorar nuevas formas de materializar ideas, ¿por qué vemos la inteligencia artificial como una amenaza? ¿Qué hay de nuevo?


Para Gadamer, el arte es juego: un diálogo entre artista y espectador donde el último es parte activa de la obra. También es símbolo: evoca y remite a otra cosa. Se supone que en la obra podemos reconocer algo ya conocido para nosotros. Pero, ¿qué podemos reconocer cuando lo que estamos viendo no tiene precedentes? Lo familiar de la obra se nos ha vuelto extraño: he aquí lo ominoso.


V


Está claro que ni el tiempo, ni el espacio, ni la materia son lo que venían siendo porque algo en cómo nosotros nos relacionamos con ese tiempo, espacio, y materia ha cambiado. No sería muy descabellado pensar que lo que estamos viviendo es una revolución. ¿Revolución de la ciencia o de las artes? O quizás hoy, más que en otros tiempos, estas dos esferas se encuentran solapadas.


La realidad es compleja. Y en esa complejidad, el movimiento de cada pieza social tiene repercusiones en el engranaje completo. Si nuestra experiencia y modo de habitar las estructuras sociales es distinto hoy de lo que fue hace unas décadas, puede decirse lo mismo con la experiencia estética. ¿Qué relación establecemos con la belleza? ¿Dónde la encontramos? ¿Qué modelos seguimos?


Puede que lo que necesitemos sean nuevas categorías para nombrar esta experiencia.


“El límite de mi lenguaje es el límite de mi mundo”, dice Wittingstein.

Y la inteligencia artificial abre las puertas de justamente esto: un mundo nuevo. La novedad, tan inasible en el tiempo presente, irrumpe y nos desacomoda mientras intentamos incorporarla a nuestros esquemas de pensamiento.


Cuando el ser humano creó la lanza y pudo cazar, no sólo afectó la realidad tangible que lo rodea, sino los modos de hacer, y por ende, la manera de pensar. Desde la psicología histórico-cultural el quid de la cuestión siempre estuvo en cómo el uso de instrumentos repercuten en las funciones psicológicas del ser humano. Son creaciones culturales las que funcionan como mediadoras en nuestra actividad, ya sea esta orientada hacia el exterior o hacia nuestro propio pensamiento.


¿Dónde queda la IA? Cuando la cámara fotográfica desligó al arte de reproducir miméticamente, dio a este la posibilidad de explorar nuevos lenguajes visuales. Esto ocasionó un cambio de paradigma. De manera análoga, el uso de la inteligencia artificial empieza a cuestionar la imagen como fiel documento histórico, como representación irrefutable de la realidad. Otro cambio de paradigma.


De cierta forma, lo que el perfeccionamiento de la IA nos devuelve, es la duda.


Nos encontramos frente a un producto análogo a nuestra cognición. La entrenamos para que piense como nosotros, hable como nosotros, y en consecuencia, nosotros también empezamos a hablarle como si fuésemos pares. Hace tiempo ya que la comunicación puede prescindir de la presencia, de la voz, del registro del tono y del cuerpo. Pero últimamente no es tan obvio reconocer si lo que vemos en la pantalla es producto de un humano o de una máquina.


Eric Sadin lo dice de esta manera: “Como sucede a menudo con la cibernética, es difícil decidir si son las máquinas las que humanizan o si son los seres vivos los que piensan como las máquinas” .

VI


Comenzamos a dudar de lo que vemos como nunca antes lo hemos hecho. ¿Dónde nos deja esto?


Puede que sea todavía muy temprano para saberlo. Nunca es fácil describir las cosas mientras están pasando. Para ver con claridad, necesitamos la distancia que sólo nos puede dar el paso del tiempo. Como alejarse del cuadro para poder verlo en su totalidad; que se vuelva admisible al ojo.


Resulta que la posición que tomamos para mirar las cosas siempre importa. Desde allí se delimitan los puntos ciegos: aquello que no es posible observar. Pero queremos mirarlo todo, todo el tiempo. Vivimos en un mundo de sobre-estímulo y sobre-información constante. Mucho se habla de cómo esto afecta nuestra atención. Nuestra acción revolucionaria frente a un mundo que nos demanda movimiento constante es frenar: detenerse a mirar, tomarse un tiempo, caminar más lento. ¡Qué acto de herejía es sentarse en una sala de cine a ver una película! Y ni se diga del teatro. O de entrar al estado casi meditativo que a veces inspira un museo. La obra de arte nos exige atención, una que quizás hoy no estamos dispuestos a darle.


En las trincheras de esta nueva era se encuentran quienes reivindican lo analógico, los momentos y tiempos de una producción manual. A modo de apreciación personal, Agustina opina: “Creo que nos saturaron y entonces ahí es donde uno dice qué linda esa cosa del artesanal, del revelado, del tiempo sobre la foto revelada”. Una vez más, se asoman los resabios de la nostalgia .


¿Cómo nos relacionamos con ese pasado inmediato que nos aparece como algo tan lejano? ¿Cómo cambiaron nuestras propias categorías de tiempo y espacio? ¿Qué cambios nos esperan en el futuro?


Pero apelar y reivindicar ese pasado como intento de lucha contra la IA sería en vano. Es inútil negar su expansión y su uso. No tiene la culpa. Cumple muy bien la tarea para la cual fue creada. Sería ingenuo de nuestra parte verla como algo totalmente externo: al fin y al cabo, la creamos nosotros. Quizás nos lleve a ponernos en un lugar que la mayoría de las veces se nos presenta como incómodo: el de la responsabilidad.

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