La belleza de la copia
- Ignacio Barragan
- 22 dic 2025
- 4 Min. de lectura
La circulación de la Victoria de Samotracia y sus calcos en yeso revela las relaciones entre copia, canon y poder en el arte occidental
La cabeza abolida aún dice el dia sacro
En el que el viento del triunfo las multitudes plenas
Desfilaron ardientes delante del simulacro
Que hizo hervir a los griegos en las calles de Atenas
Esta agraria figura no tiene ojos y mira,
No tiene boca y lanza el más supremo grito
No tiene brazos y hace vibrar toda la lira
Y dos alas pentélicas abarcan lo infinito.
“La victoria de Samotracia” de Ruben Dario.
“Una estructura narrativa por momentos cercana a una novela de aventuras” escribe Laura Malosetti Costa, eminencia de la historia del arte, en su prólogo donde alude a la prosa de Milena Gallipoli en La victoria de las copias, un ensayo sobre los usos y circulación de la Victoria de Samotracia. El texto publicado por Ampersand resulta ser un artefacto erudito en el cual se desarrollan ciertas disputas por el canon entre distintas instituciones del mundo occidental y sus diversos derroteros geográficos. Pero también, como señala la autora de Los primeros modernos, el libro funciona como la puesta en valor de una odisea en la cual diversos personajes se ven implicados en una trama llena de suspenso, acción y estafas. Al igual que los poetas descarriados de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, los calcos de yeso viajan por el mundo dejando tras de sí una estela de aventuras y legados que son a la vez pujas de poder entre naciones.

En este viaje, el auge y caída de los calcos escultóricos, se entrelazan personajes que parecen salidos de una novela decimonónica como las de Balzac o de esos famosos cuadros de Willem van Haecht. Una serie de momentos que resultan el corolario final de una búsqueda por la belleza. Por una educación institucional y proliferación de la experiencia estética.
Todo comienza en 1863 con una línea que posee su cuota de intriga y erotismo como todo lo que ocurre en esta historia: “Monsieur, nous avons trouvé une femme” (Señor, hemos encontrado una mujer). Es lo que le exclama un peón griego a Charles Champoiseau (1830- 1909), cónsul francés que pasó a la historia como aquel que encontró a la Victoria de Samotracia en aquella remota isla. En sus notas en torno a la expedición escribe que lo primero que pudo divisar, previo a la famosa exclamación, fue “un seno de mujer del más admirable trabajo”.

A partir de este descubrimiento, de lo que más tarde pasará a ser uno de los “best seller de yeso” a nivel internacional, se generan una serie de relaciones no tan dinámicas entre países latinoamericanos como Argentina, Chile, Uruguay y potencias consolidadas del nivel de Estados Unidos y Francia, donde comienza una disputa por quien puede o debe apropiarse del canon del arte. Es a finales del siglo XIX cuando se empiezan a institucionalizar los grandes museos del mundo y no dejaba de existir un conflicto de intereses entre los mismos. No se plantea de forma implícita pero había una carrera entre naciones por tener en su poder las obras más importantes, por quién era el dueño de lo bello.

En estos movimientos aparecen personajes como Alberto Mackenna Subercaseaux (1875-1952), periodista y político chileno involucrado en la construcción del Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago, siendo caricaturizado por un diario de la época debido a sus gestiones por las copias. También hay una fotografía de aspirantes a una beca de pintura en Montevideo que posan conspicuos frente a un calco de gladiador romano en la que parecen una pandilla de matones. Son como el clan yakuza de O-Ren Ishii en Kill Bill Vol. 1 (2003) o la banda de outsiders que deambula en Rumble Fish (1983).

Por último y como la frutilla del postre de esta galería de próceres de la cultura, no podía faltar nada menos que Eduardo Schiaffino (1858-1935), pintor y fundador de nuestro Bellas Artes, siendo estafado por quien probablemente sea uno de los actores fundamentales de este teatro: Eugène-Denis Arrondelle (1824-1907), jefe del taller de calcos del Louvre por casi treinta años en los cuales hubo oscuros manejos en torno a la comercialización de los mismos. Este personaje probablemente merezca su propio spin-off.
En rigor el libro es un ensayo minucioso sobre los usos y tránsitos de los calcos de yeso (plaster casts en inglés, moulages en francés), que utiliza el caso de la Victoria de Samotracia para indagar y problematizar en torno a los distintos procedimientos que subyacen a la confección de un canon artístico. A través de una documentación que roza lo detectivesco, desarrolla los distintos conflictos de poder entre instituciones culturales internacionales que derivan en la proliferación y, por lo tanto, popularización de ciertas esculturas a lo largo del tiempo. Pero también, como bien plantea Malosetti Costa, gracias a la escritura amable y apasionante de Milena Gallipoli, se puede leer este ensayo como una novela de aventuras.

Así es la trayectoria elíptica que realizó una mujer de mármol sin cabeza, que en su derrotero salpicó superficies que formaron un cuadro caótico a lo De Kooning en las que hay zonas grises y otras muy coloridas. En esta ambigüedad se mueve esta figura alada gracias a su circulación de novela: en lo alto de las escalinatas del Louvre, el Museo de la Cárcova o el Palacio Estrugamou.




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