La gran angustia
- Tomás Carnota
- hace 1 día
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La angustia como clima de época: generaciones marcadas por el vacío, la promesa rota de la felicidad material y la urgencia de volver a poner al ser humano en el centro
El amor no alcanza, la alegría se esfuma y los colores se apagan a medida que nos volvemos una sociedad cada vez más gris, más deprimida.
Es obvio lo que digo, ninguna novedad está emergiendo en estas palabras. Sin embargo, este gran síntoma al que le diremos la gran angustia mundial, atraviesa a la generación de los 30 y de los 60. No es casual que seamos dos generaciones los protagonistas de esta película. Desde ambos lugares estamos irradiando esta depresión al resto de las generaciones. En parte los que tenemos 30 somos hijos de los que tienen 60, lo cual ya podríamos encontrar ahí una gran relación. Decir que nuestros padres no resolvieron los conflictos de su época es una. Y que están grandes, es otra. Pero también podemos decir que son quienes fogonearon el mundo que tenemos hoy, con la hiperglobalización de los ochenta/noventa. Es la primera generación más materialista de la historia de la humanidad. Donde la materia, el objeto per se, se convirtió en deseo, erotismo y poder.
Esto funciona de igual modo en todas las clases sociales, cada una con su piso y su techo. Llegar a los sesenta y descubrir que nada de lo que se posee, de lo que alguna vez se tuvo o de lo que poseen los pares conduce a la felicidad debe ser terrible. Haber creído que con el dinero uno conseguiría felicidad es trágico en contraste con tener objetos y no ser feliz, sobre todo por el esfuerzo y tiempo que aquello costó. Por otro lado, además del factor material de la globalización, está el factor cultural. Una sociedad que en las grandes ciudades se empezó a parecer cada vez más. Es decir, una sociedad mundial cada vez más hegemónica culturalmente. Corrieron de lado las tradiciones, los mitos, las leyendas, las religiones de cada pueblo, aquello que trataba de explicarnos el gran misterio. Porque en el nuevo mundo globalizado, lo que no genera dinero no tiene valor. Esta trampa en la que caímos nos está destruyendo. El dinero es importante para sobrevivir en este mundo pero la vida es otra cosa y no se encuentra en los laberintos de las instituciones. Criaron hijos creyendo en la trascendencia del hecho mientras se vaciaron de sentido y los que pudieron hicieron dinero. ¿Y ahora qué? Es la gran pregunta que ellos tienen. Pregunta que tal vez nunca lleguen a contestar, pero que nuestra generación (30) tiene el deber de responder y accionar. Mientras que la generación de los 60 debe por simple motivo de supervivencia humana dedicarse solamente a vivir. Vivir, quiere decir buscarse dentro de uno y hacer la paz con el misterio del vacío inexplicable que genera, justamente, vivir. En pocas palabras, deben encontrarse con Dios, con el Dios que cada uno quiera. Preferentemente no religioso, pero esto no es más que un comentario soberbio y antipático de mi parte.
Ahora bien, los de 30, ¿qué hacemos? Podemos seguir drogándonos. O seguir creyendo que seremos niños y jóvenes eternamente, que no es una mala idea. Pero aquellos que queremos vivir del lado de la verdad, debemos asumir la responsabilidad y el costo de dicha verdad. Eso implica hacerse cargo de los años que cargamos y de los desafíos que enfrentamos. Debemos ser adultos. Tal vez mi audacia ariana, sumada a mí femenina intuición, me hacen creer que somos una generación bisagra en la que recae el peso del porvenir del mundo. Un mundo frío y gris, completamente anestesiado o un mundo cargado de vida, como la misma naturaleza.
Si pensamos en términos históricos, nuestra generación está en el medio del mundo analógico y del mundo digital. Sabemos cómo eran las fotos antes de la selfie, lo que era leer en papel y lo fácil que era comunicarnos con otros antes de la era de la “hipercomunicación”. Esa delgada línea que separa el mundo analógico de lo digital, no es menor en términos de responsabilidad histórica. No podemos exigirle a un jóven de 20 que entienda las consecuencias de las redes sociales, de estar 24hs en una pantalla o que hablar con alguien cara a cara no es tan dramático. Sin embargo debemos cargar esa cruzada si aún creemos en la humanidad. Pusimos al sistema como fin en sí mismo y no como medio para el bienestar del ser humano. Hay que volver a poner al ser humano en el centro.

Es paradójico nuestro presente: hay que luchar por salir de la depresión en la que nos sumergimos y naturalizamos, y a la vez soltar la papota que nos está anestesiando. Todo al mismo tiempo y de manera urgente. Debemos recuperar la alegría y contagiarla. Una alegría que tiene que surgir desde el corazón sincero, bello y suelto de deseos materiales.
Y por último la sociedad en su conjunto debe abandonar la literalidad en la que está hipnotizada por culpa del super positivismo de la época y la ciencia que intenta escaparle a la muerte.
En cuanto volvamos a pensar en términos simbólicos, es decir, volvamos a conectarnos con la naturaleza, recuperaremos el sentido y por ende la alegría.

Y acá una idea que por ahí ayuda:
El vacío interior es el misterio que a su vez es el encuentro con lo infinito y por ende, lo eterno. La sensación de un posible nada (vacío) es el equivalente a un todo infinito e inabarcable. Esa sensación dual es con la que hay que amigarse. Porque el hecho de un todo o un nada, corresponden al misterio y si no miramos el “no saber”, el “sentirnos perdidos", entonces caeremos en grandes depresiones. Es profundamente humano ese estado de absoluta pérdida de espacio, tiempo y significado. El misterio no está para ser revelado sino para recordarnos que solo queda vivir. Y vivir es estar presentes en el presente —qué paradoja—, y en armonía con lo que somos, que es la misma naturaleza. Como enseña el Maestro: con el corazón en el cielo y los pies en la tierra.








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