El cielo esconde una palabra
- Emiliano Perez
- 13 ene.
- 5 Min. de lectura
Un aire, un aire, un aire,
un aire, un aire nuevo:
no para respirarlo sino
para vivirlo.
Gonzalo Rojas
Siempre tuve problemas con aprender inglés. Desde los primeros años en el colegio hasta cuando tuve que rendir los dos niveles obligatorios en la universidad. En ese momento decidí que lo mejor era conseguir un profesor particular.
La primera profesora a la que fui quedaba en Belgrano, en un departamento en el piso doce. Desde la ventana se veía toda la ciudad. Nos sentamos alrededor de una mesa de madera que estaba contra la pared y ella me empezó a hacer preguntas en inglés, y cuando atinaba a contestar en español me decía: “no, no, in English please”. Me ponía nervioso, me sudaban las manos y comenzaba a golpear con un ritmo frenético el talón de mi pie derecho contra el piso. Estuvimos media hora esperando que yo intentara formular una respuesta. No fui más.
Luego, por una compañera de la facultad, di con Rocío. Ella vivía en La Plata y las clases eran por Zoom. Le propuse que leyéramos alguna adaptación de Shakespeare y así fue. Me sirvió para rendir mis niveles de inglés; seguí tomando clases un tiempo más y luego dejé. Mi gran obsesión siempre fue leer literatura en su idioma original.
Hace unos meses tuve un viaje por la India y Tailandia, por lo que decidí volver a tomar clases con ella para acercarme al idioma. Todos los días le leía un poema de un libro bilingüe de Robert Frost que, por cierto, tiene una traducción pésima. Si bien no tengo el nivel de inglés para entender lo que dice cada palabra, tengo algo de oído: la sonoridad me produce el mismo goce, o al menos uno similar, que leer un poema en español. El poeta Henri Meschonnic decía que la poesía es ritmo y enunciación.
Creo que el inglés siempre me costó porque no hay traducciones literales, como, por ejemplo, el verbo “play”, que es jugar, pero también es tocar un instrumento. Otra palabra que me parece muy interesante es “work”, que significa tanto trabajo como obra. La etimología de esta palabra viene de una raíz germánica “werkan”, que significa hacer, obrar, efectuar; en cambio la etimología de “trabajo” viene del latín “tripalium”, un instrumento de tortura compuesto por tres palos. Las palabras dicen más de lo que son.
Esto es muy claro en el libro La palabra amenazada de Ivonne Bordelois, donde escribe: “Cada idioma tiene alguna posesión secreta. Uno puede decir en castellano ‘estaba solita’; esto podría decirse en inglés: ‘she was all alone’. Pero ¿cómo decir ‘estaba sentadita’? Yo creo que no puede decirse en otros idiomas, porque ‘sentadita’ significa que una persona está sentada y al mismo tiempo se expresa la ternura y el cariño que uno siente por ella: esta es una posibilidad del castellano”.
Siempre que leo a César Vallejo me siento orgulloso de mi lengua. Cada vez que leo un poema suyo en voz alta las palabras retumban en el cielo, un golpe seco que queda vibrando en la afonía del mundo. “El hablar un idioma extranjero es experimentar, en primer lugar, la expulsión de la primera casa materna”, remarca Ivonne Bordelois.

Pienso que allí radica mi dificultad para aprender el idioma: tengo miedo de abandonar mi casa materna. Mi mayor temor es el abandono.
Borges afirmaba: “Creo que el Occidente, y acaso el planeta, será bilingüe; el español y el inglés, que se complementan, serán el habla común de la humanidad”. La mayor dificultad que veo contra esta profecía está en la escucha, en desarrollar un segundo oído. Creo que el gran problema de este siglo es la pérdida de la escucha.
Eurídice y la pérdida
Siempre pensé el mito de Orfeo como un mito de amor: Orfeo desciende al inframundo para buscar a Eurídice y, después de una serie de peripecias, conmueve a Hades con su canto, y los dioses del inframundo le conceden una excepción, pero le dicen que no puede volver a mirar a Eurídice hasta que salgan del inframundo. Siempre pensé que Orfeo se da vuelta por amor, pero Ivonne Bordelois dice que Eurídice es una mujer no escuchada.
La prohibición acerca de no mirar atrás no es exclusiva del mito de Orfeo: la reencontramos en el Antiguo Testamento, cuando se narra la maldición de la mujer de Lot. Los ángeles le advierten que huya y no mire hacia Sodoma, pero ella se da vuelta y es convertida en estatua de sal; y también aparece en el Evangelio de Lucas: “Y Jesús le dijo: Ninguno que, poniendo su mano al arado, mira atrás, es apto para el reino de Dios”.

Orfeo condena al infierno a Eurídice. Ivonne Bordelois escribe: “Es notable que los restos de Orfeo, descuartizados, vayan a desembocar en Lesbos, patria de la poesía lírica, territorio de Safo. Según Ovidio, las ménades, para matarlo, utilizan un arado, hecho que acaso represente la venganza matriarcal por el pasaje de la agricultura de la mano de las mujeres a la de los varones”.
Y hacia el final continúa: “No se olvide que Eurídice es también el nombre de la mujer de Creón, quien se ahorcará cuando este arrastre al suicidio al hijo de ambos, Hemón, el enamorado de Antígona (otro caso de una mujer no escuchada)”.
La hipótesis que me parece más interesante de su ensayo es que Eurídice también puede significar la virtualidad del lenguaje, que suele ser escuchado de una manera superficial.
Escuchar es una manera de interrumpir los automatismos del lenguaje, porque escuchar es consentir la vibración de la palabra que se expande por el aire del tiempo de la presencia.
Hace unos meses me propuse hacer un diario sonoro. La idea era anotar durante un mes todos los sonidos que escuchaba por la mañana y luego por la noche. Una forma de pensar el sonido a partir de una escucha atenta, prestar la oreja a la curiosidad, a la inquietud, a los sonidos que recuerdan mi infancia, como el sonido del tren, o el sonido casi insignificante de una mariposa atravesando el verano, o un abejorro negro zumbando entre las flores amarillas de un jardín.
El sonido es un recuerdo ante tanto olvido. En la memoria habitan los ruidos que todavía no he podido escribir; allí radica la funcionalidad más interesante del diario sonoro, ya que se puede ver como un artefacto para descifrar un lenguaje oculto.
Me pregunto cuántos significados puede acarrear un sonido. Creo que estamos atrapados por la lógica del alfabeto. La poesía es una forma de escapar momentáneamente, pero implica una lectura con el cuerpo, una movilidad singular entre los aparatos sensoriales.
Pienso que aprender otra lengua es una exploración del ritmo y del tiempo, una indagación por los sonidos, un vistazo fugaz del cielo, como el último poema de la antología de Robert Frost:
Heaven gives its glimpse only to those
Not in a position to look too close.








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