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El comerciante de paso

  • Simón Zorraquín
  • 17 feb
  • 17 Min. de lectura

Actualizado: 17 feb

Es una mañana increíble. No hay una gota de viento.


Estoy caminando Palawan Way con mi mochila al hombro. El sol hace azulejos en el agua de la marina. A mi derecha, los veleros se amontonan en fila como las fichas de un dominó. Las banderitas espantapájaros de los palos apenas tintinean.


Cada muelle tiene seis amarras, cuento. En algunas, lobos marinos se acuestan, se revuelcan y cada tanto gritan, excitados por la posibilidad de comida. Las gaviotas revolotean más lejos en el medio del canal. Las veo, pero no las escucho.


Mientras camino, voy leyendo los números en la puerta de cada muelle: 201, 208, 220, 240. No entiendo la progresión; incluso algunos tienen letras. Finalmente encuentro el 601. Es al fondo de Palawan Way, casi el último.


Se escucha una música muy baja. Voces. Los veo. Están vestidos de blanco. Alcanzo a ver la lona de plástico trenzado. Es el cuarto velero de la amarra derecha. La puerta que da al muelle está abierta. Entro y bajo el puente. Camino hasta la amarra del velero. Desde el borde, pregunto por Napoleón.



Uno de los hombres baja del velero usando la escalerita y se presenta. Calculo que debe tener mi edad. Los rulos se le escapan por la gorra naranja de una marca de navegación. Me arrepiento de no llevar mi gorra puesta. Él me habla en inglés. Tiene los ojos colorados, la tez quemada por una vida bajo el sol. Como siempre, le hablo en español y se sorprende. Me doy cuenta de lo que sabe y lo que no. Es por cómo me mira. Le digo que me mandó Carmen. Le pregunto si hay trabajo.


—¿Qué sé hacer? Bueno, pintaba lanchas en el Río de la Plata.


Cree que soy retraído. Sé cómo hablarle. Dice que sí, que hay mucho trabajo. Se acerca el verano. Le digo que eso me dijeron.


—Bien, puedes empezar hoy.


Demasiado rápido, pienso. Pero tengo que aceptar. Dieciocho la hora, no está mal. Pagan los domingos. Me subo al velero de un salto y saludo al resto de los pintores. Uno está desengrasando, parece, y el otro aplica masilla.


—¿No tienes otra chamarra?


Miro mi remera y me doy cuenta de que la voy a arruinar.


—La uso para trabajar.


Dejo mi mochila en la cubierta de popa, donde dejaron ellos sus pertenencias. La música sale de un teléfono. Napoleón me indica que agarre dos lijas: una de 640 y una de 800. Están en la bañera. Me explica lo que hay que hacer: preparar la superficie, rellenar con masilla, lijar. Fácil. Asiento. Miro disimuladamente lo que hace él. Usa una pistola de aire caliente para remover la pintura vieja.


La música sigue sonando. Empiezo a lijar. No me prestan atención. Hablan de fútbol. Amílcar ya me preguntó si era argentino. Es guatemalteco. Asegura que no hubo como Maradona.


—El de ahora es bueno, pero no como Diego.


Habla de las cosas que hacía Maradona con su físico. Si digo que era un toro, Amílcar me copia. Suena rara la palabra “toro” en su acento. No se va a olvidar la expresión. Habla de Fernando Redondo. De Fernando Gago. Es gracioso cómo dice los nombres: “el Gago esto, el Gago lo otro”. Es enfermo del Real Madrid. Saca la billetera y me muestra su credencial. Me habla de los descuentos que tiene en indumentaria. Puede ir a partidos que no sean de liga. Algún día irá. Sé que no puede dejar el país, pero no lo digo. Hablamos de las eliminatorias. Sí, estamos jugando bien. Hablo del partido de la selección mexicana. Lo miro a Napo. Le dicen Napo. Digo que la selección mexicana está jugando muy mal. Apaga la pistola para hablar.


—No soy mexicano, soy de El Salvador.


Me disculpo. Hubiera jurado que era mexicano: oscuro, bigote ralo, rulos. Pero ahora veo que es claramente salvadoreño. Ray, en cambio, bajito, con esa colita de pelo y rapado a los costados, es mexicano sin dudas. Solo habla de la cantidad de alcohol que toma y de las horas que trabaja. Se presentó como Ray, no como Raimundo. Es común en los mexicanos simular un nombre en inglés.


Yo me distraigo. Mientras lijo los daños en la fibra de vidrio, los recuerdos me saltan como imágenes en una pantalla. Ray habla de tragos. Una mañana con resaca, llamo a Vicentini y almorzamos milanesa con papas fritas en un club del Delta. Estoy siempre al borde de vomitar. Todo tiene gusto a whisky. Ray habla de mojitos, micheladas y palomitas, pero para mí todo sabe a whisky. Somos varios almorzando, por suerte. Después nos tiramos en el pasto a descansar. También estamos rodeados por los barcos de la marina. Fumamos. Es domingo. Todo duele mucho. No compartimos el descanso de las familias, su sosiego. El whisky sigue prendido a las venas, impone su cortina melancólica.


¿A dónde voy después? Mis amigos se van. Yo no quiero, no puedo volver a mi casa. Vuelvo al parque y me recuesto. El clima es perfecto. El río se mueve. Una pareja y su hija se sientan en el banco próximo. Su conversación me despierta del sopor. Los miro. Reconozco al padre: trabaja con maderas en el bajo y vive al lado de la cervecería. Es gracioso. Una vez lo crucé en la costa de Mar del Plata. Tiene una camioneta a la que le agregó una pajarera en la caja. Está medio loco y encima tiene cara de loco. Me mira y sonríe con sencillez, diciendo algo sobre la noche. Sabe ponerse en mi lugar, conoce mi dolor adolescente. Para no avergonzarme más, agarro mi bicicleta y me voy, saludando.


Pero ¿a dónde? Al salir del club me olvido algo. Vuelvo. ¿Mis anteojos? Vuelvo a salir. Pero no voy a casa. Estoy sencillamente destruido. Nadie puede verme así. No quiero tener familia. Nadie puede verme así. ¿A dónde voy? Estoy en la bicicleta, voy por la calle empedrada del bajo. Vicentini ya no está conmigo. Llevo puesta esa remera azul que se manchó con lavandina. Llevo puestos los anteojos marrones.



El calor del mediodía empieza a hacer efecto. Me muevo más lento. Napo me pregunta si traje comida. Digo que ya comí. Ellos hacen su pausa para almorzar y yo armo un cigarrillo. Amílcar me pregunta si es tabaco. Dice que nunca ha fumado. Se jacta. Me molesta que fumar sea tema de conversación. Cada vez que armo un cigarrillo alguien comenta o pregunta. Ya no se puede fumar tranquilo.


El día pasa rápido. La tarde cae con mucho aprendido. Mismo horario mañana. Seremos los mismos. Napo me pregunta dónde vivo, si tengo movilidad. Ponemos nuevamente la cubierta con el plástico trenzado que se apoya sobre una estructura de madera y el palo mayor. Supongo que para evitar descuelgues. Goteras. Pero acá casi no llueve, pienso.


Agarramos nuestras mochilas. Salimos del muelle y Napo cierra la puerta que separa las amarras de la calle con una contraseña numerada. No logro verla. Espero a que Napo me la diga, pero se da vuelta y sigue caminando. Todavía desconfía. Si tan solo mi barba estuviera más larga. Le llevará tres días, a lo sumo cuatro. Amílcar ya me quiere, a pesar de que fumo. Ray es aniñado. Qué rápido se ve a través de las personas.


Caminamos Palawan Way hasta Lincoln. Es el recorrido que hice a la mañana. Pero ahora el aire es distinto, está más húmedo. El viento viene del norte.


En Lincoln están estacionados. Es una camioneta Nissan de los noventa. Baja y cuadrada. Color bordó. Los saludo con la mano, haciendo la venia mientras se suben. La escena me causa gracia. Pero estoy serio.


Finjo caminar hasta la parada de colectivo. Los veo irse. La Nissan frena en el semáforo de la esquina. Después arranca en el verde y se pierde entre los demás autos.


Vuelvo. Camino Palawan Way al fondo otra vez. Los lobitos están igual que a la mañana, pero callados, probablemente con la panza llena. La tarde ya está por ser noche. La humedad refresca. Lo siento en los brazos. Hay una brisa del mar que empieza. Un farol se prende cuando paso por debajo. Ya no veo las gaviotas revoloteando en el canal. Más barcos llegan que los que se van. Es bueno que haya movimiento.


Llego al muelle 601. No hay nadie. La puerta está cerrada. Pruebo algunas contraseñas. Ninguna funciona. La puerta está ubicada justo en el puente que baja al muelle. Bien pensada, porque no hay otra manera de acceder a las amarras. Considero mis opciones. Saltar al muelle desde la baranda parece ser la única. Son dos, quizás tres metros. Caer al agua contaminada no es opción. ¿O sí? No tengo otra muda en la mochila. Imagino el impacto contra el muelle en mis tobillos, lo visualizo. Aterrizar y rodar. No me queda otra. Voy a saltar.


Algo se mueve en las amarras. Una señora. ¿De dónde salió? Del tercer velero, el negro. Un cuarenta, quizás cincuenta pies. Lindo diseño.



La señora camina hacia mí por el muelle, con un bolso. Sube el puente. Soy rápido. No me ve. Doy pasos hacia atrás, finjo venir caminando desde el club. Hurgo mis bolsillos por llaves. Nos cruzamos justo en la puerta. Pongo los dedos en la pantalla de números y ella me abre la puerta. Saco mi mejor sonrisa. Sé cómo mirarla. Ella mantiene la puerta abierta. La dejo pasar primero. Se va sin sospechar.


Llego hasta el velero y me subo de un salto. Descorro la lona de plástico. Las herramientas están en la bañera. Abro la escotilla principal. Bajo. El interior, como imaginé, es perfecto. Tiene cocina, baño y dos camarotes. El de proa está lleno de cosas: salvavidas, defensas, herramientas, camperas, la cadena de fondeo. Pero el de popa está limpio. Hay dos almohadas. La escotilla se abre bien. La lona de plástico arriba, en cubierta, no llega a cubrirla. Entra aire fresco. El ruido del agua contra la embarcación. La mejor forma del silencio.


Dejo mis cosas en el camarote. Salgo a cubierta, descorro la lona de plástico y me paro en popa. Armo un cigarrillo. Me doy cuenta de que tengo la panza vacía. Pero ya es tarde. Si salgo de la amarra, ninguna señora volverá a servirme en bandeja la entrada.


Termino el cigarrillo. Guardo la colilla. Decido hurgar por comida en los barcos vecinos. El de al lado, vacío. Es un cuarenta pies como el mío, en buen estado. Demasiado ordenado. Ni una migaja de pan.


Voy al velero de la señora. Abro la escotilla principal. Hermoso interior. Algunas terminaciones están pintadas de verde. El barniz como nuevo. Todo limpio, ordenado y en uso. Libros. En la estantería sobre el escritorio de la cabina, best sellers como El Secreto y El Código Da Vinci. Está oscuro para ver el resto. En fin. Encuentro algunas papas en el armario de cocina, un snack de almendras. Café. Para prepararlo tendría que prender el máster del barco. Lo descarto. Agarro, en cambio, una lata de Dr Pepper de un six pack abierto. Antes de salir veo una barra de chocolate sobre el contenedor del barómetro. Está abierta. Agarro dos cuadraditos. ¿Quién se imaginaría?


De vuelta en mi velero, quemo un poco la papa sobre la parrillita de popa con la pistola de aire caliente. Nada mal. Tuesto un poco las almendras. Otro cigarrillo, tomando la Dr Pepper.



No hay nadie alrededor. La marina es privada. La noche está apenas estrellada. Las veletas de los mástiles hacen su ruido esperanzador y el agua da traguitos contra el casco. Algún avión pasa cada tanto; está cerca el aeropuerto. Todo invade mis sentidos. Es como si esta hubiera sido siempre mi casa. Me siento cómodo rodeado de barcos, de noche. Me obligan a ver y escuchar.


Antes de bajar al camarote para dormir, limpio la parrillita y pongo todo en su lugar. Mientras hago esto me huelo las axilas. Pienso en ser más prolijo mañana, venir bañado y comido. Pero hoy me lo perdono.


Descorro la lona de plástico, abro la escotilla principal y, antes de bajar a la cabina, la cierro bien. Voy al camarote de popa y me acuesto. La litera es perfecta. Dura. Algo inclinada, como el dibujo del barco. Abro un poco la escotilla y otro poco el ojo de buey a babor. Cuando el chiflete me da frío y quiero cerrarla, ya estoy soñando. Me cubro con una de las camperas que traje del camarote de proa.


El sol me da justo en el pecho. Entra por la escotilla y es por el calor que me despierto. Deben ser las seis. Miro mi reloj: son seis y media. Sol de verano. Días largos. Estoy tan descansado que agradezco al sol por despertarme. A oscuras hubiera seguido.


Me despabilo en la cabina. Subo la escalerita, abro la escotilla y piso la bañera. Descorro la lona de plástico y ya estoy en cubierta, al amanecer. Elongo tocándome los pies. Inhalo el aire del puerto. Miro el barco negro de la señora. Es hermoso, cincuenta pies. El mío también, aunque con la lona de plástico parece hospitalizado.


Busco mi mochila en el camarote y dejo en el interior del barco todo como estaba. Salgo a cubierta, acomodo la lona como estaba y bajo de un salto al muelle.


Camino. La puerta con contraseña, por suerte, se abre desde adentro. Camino Palawan Way hasta Lincoln. Quiero bañarme. Ya hay mucho movimiento en la calle. Un jardinero en la vereda corre las hojas con la sopladora. Todas las personas que cruzo llevan un café en la mano. Sigo hasta las canchas de básquet cerca de la playa. No hay nadie en las duchas todavía.


Me doy un largo baño de agua fría. Un barbudo, empujando su carrito, me habla. Lo ignoro. Es muy temprano. Me pongo la ropa mojada y vuelvo por Lincoln caminando.


En Lincoln entro a un diner mexicano. Ya lo había visto. Pido un burrito y café negro. Después de la ducha, este desayuno es el cielo. Todo mejora. El cigarrillo que me voy a fumar después, esperando en la marina. Devoro el burrito despacio. Me llegan las voces en español desde la cocina. Cuando termino, me tomo el café mirando ir y venir a los mozos, como hipnotizado. Todas las mesas son de un solo cliente. Algunos leen el diario. Otros miran el teléfono. Nadie, como yo, mira sin hacer algo. Me llenan la taza tres veces. Agradezco siempre. Podría seguir así todo el día. La mañana es la ilusión de algo que comienza. Pido una taza de cartón para llevar. Vierto dentro el café que me queda y salgo a la calle. Miro la hora: siete y cuarenta.


Camino Palawan Way al fondo otra vez. No veo a los lobitos. Llego al muelle 601. No hay nadie. No llegaron todavía. El sol está un poco más alto. Me divierto pensando que todo, ayer, puede haber sido una ficción. Producto del ocio. Hay viento del este, claros de sol. Me adormezco en un banco que mira a las amarras. No fumo. Espero.


Napo, Ray y Amílcar llegan sin verme. Los alcanzo en la puerta. Me saludan con llamativo afecto. Como si dijeran: eres de los nuestros. Nada saben. Napo mira de reojo el banco donde me senté. Bajamos el puente. Vamos al velero. Descorremos la lona de plástico. Dejamos las mochilas en la bañera. Todo está como ayer. Miro de reojo la parrillita. No está del todo limpia. Reconozco fragmentos quemados de la cáscara de la papa. Pero quién se imaginaría.El trabajo es repetición con variantes. Lijar, aplicar masilla y lijar. Ray pone música de su teléfono otra vez. La cumbia suena tan mal que suena bien. Me ayuda a distraerme. No quiero hablar. Ray me hace preguntas del tipo: ¿y cómo es allá?


Cuando llega la hora de almuerzo, voy al club y gasto trece dólares en una hamburguesa con queso, lechuga y tomate, y papas fritas. Como la mitad en silencio y guardo la otra para la noche. Ansío ese momento a solas con los barcos. Sé que llegará. No me apuro.


Al día siguiente finjo llegar antes. Espero parado junto a la puerta del muelle. Napo me da la contraseña, como supuse. Por si mañana también llego primero y quiero entrar. La memorizo.


El trabajo pasa muy lento. Masillar, lijar, masillar. También me toca desengrasar. Amílcar va a comprar barniz para mañana. Parece no terminar nunca. Otra tarea sin esperanza. Ellos no saben. Ni me distraigo ni logro que algo me llame la atención. Un gomón que pasa por el canal, un grupo de remeros de la universidad que entrena cantando uno y dos, un lobito que se tira al agua desde el muelle contiguo. Nada que valga la pena.


Paso una semana y dos días durmiendo en el barco. Uno de esos días, mientras trabajamos, llega el dueño. Es un flaco canoso. Se llama Danny. Quiere ver cómo va todo. Habla con Napo. Asiente. Concuerda. Le tiene confianza. Pide permiso y entra a la cabina. No veo qué hace. Cuando sale, trae en la mano la campera que estuve usando como manta por las noches. Tardamos en retomar la paciencia. Un rato después, nada se quiebra.


Al día siguiente sé que es momento de abastecerme. Por la tarde caminamos Palawan Way hacia Lincoln. Ellos, en vez de subirse a la Nissan, proponen ir al Hinano, un bar sobre Pacific. Son pocas cuadras. Pero rechazo la propuesta. Digo que me esperan en Culver City.


Voy al supermercado de los turcos, cerca de la playa. En la calle, como siempre, está la feria. A esta hora es un circo. Las canchas de básquet están llenas. Las de pádel también. Es un parque de diversiones. La gente compra chucherías. Juega a las paletas. El hombre de la serpiente está en su lugar de siempre. “Say hello to Jake the snake”. Ofrece la foto con su cartel de cartón. La serpiente saca la lengua, pero no hace ruido. Le sonrío. Jake también sonríe.


En el supermercado agarro un changuito y lo lleno. Compro lo justo y necesario: once latas de atún, diez de arvejas, veinte de durazno en almíbar, un kilo de café, veinte limones, veinte naranjas, dos kilos de cebolla, tres kilos de papa, quince paquetes de arroz blanco, una caja de leche condensada, cinco cajas de galletas del ejército, dos kilos de azúcar, cuatro kilos de una mermelada de manzana que no me gusta, cuatro latas de querosén y un par de galones de alcohol desnaturalizado, seis botellas de vino tinto, dos de champán, veinte sobres de sopa en polvo, dos bolsas de tabaco, con papelillos. Pongo todo en un solo carrito de compras. Después de pagar, me quedan cincuenta y ocho dólares. Hoy trabajé gratis. Salgo con el carrito de compras. El hombre de la serpiente ya no está. ¿Cuántas fotos conseguirá por día?


Camino Lincoln y Palawan Way con el carrito de compras. Pienso en Napo, Ray y Amílcar tomando cerveza en Hinano. Es un lindo bar. Se puede fumar afuera. Coqueteo con la posibilidad de estar ahí con ellos. Tomando la rutina en un vaso. ¿Por qué este deseo de seguir? Los envidio. Me dan fuerzas.


Dejo todo bien ordenado en la cocina del barco. Las papas y las cebollas en los armarios. El resto, a los estantes. El querosén y el alcohol, al camarote de proa. Dudo si tirar al agua la cadena de fondeo: debe pesar varios kilos. La tomo entre mis manos. Toco las hebras de metal. Pero finalmente la dejo. Descubro unos nodos de zinc. Los agarro, subo a cubierta y los tiro al agua. Chequeo las velas. Nadie me ve. De hecho, nadie me vio en todos estos días. Son barcos sin uso —excepto el mío, el Maggie—. La señora del velero negro no volvió a aparecer.


Cae la tarde. La dejo caer. Los lobitos no están en la amarra. Atraídos por el revoloteo de aves enfrente, se fueron al muelle contra la pared de piedra, donde se llega por Bali Way dando vuelta a la marina. Cruzaron el canal sacando la cabeza para respirar.


Tapo la cubierta del barco con la lona de plástico y salgo al muelle. Voy hasta el club. Entro. A mano derecha está la ventanilla de la tienda. Estoy bien vestido: camisa blanca, pantalones de tela. Barba de navegante. Pido dos cartas de navegación y el chico que atiende me las da sin chistar. Es un adolescente. Usa anteojos, pero con gracia. Se parece mucho a un amigo de la secundaria. Mi cara también le suena conocida. Le pido varios metros de línea de ¾ de diámetro. Sé que son caras. Se da vuelta y al rato vuelve con la línea. Mira una tabla en su cuaderno. El precio me deja atónito. El chico se da cuenta y me dice que en el astillero venden usadas a mitad de precio. Conoce su oficio. Conoce a los que navegan. Le digo que a esta hora debe estar cerrado. Asiente. Quiero la mitad. El resto, de ser necesario, lo rescataré de las líneas pesadas que desechan los balleneros. ¿Si voy a Catalinas? Ojalá. Solo me gusta tener el barco a punto. Él asiente. Le pago y me voy evitando sus ojos.


Llega la noche y estoy listo. Nunca ansioso. La repetición me da ansiedad. Nunca el viaje. Vuelvo a imaginar a Napo, Ray y Amílcar en el Hinano. Tal vez ya se fueron del bar. Si yo hubiera ido, seguiríamos. No puedo parar de pensarlo. A la cuarta o quinta jarra de cerveza, Napo va al baño. Me levanto, lo sigo. Ray y Amílcar nada saben. Intercepto a Napo en el camino. Le invito un tequila en la barra. No puede negarse. Sé que no tiene familia, a diferencia de los otros dos. Pero no sé por qué. Le digo:


—¿Es así, una y otra vez?


No entiende. Se está divirtiendo. Le explico cómo vuelve a empezar la semana. El cuento de siempre. Le hablo de su gorra naranja. Le digo que sabe navegar. Le hablo de la navegación. Toda la noche el agua rozando el casco del Maggie como un sueño. Otro tequila, por favor; yo invito. El aire caliente en la noche, la brisa suave, casi no hay oleaje. Escuchamos el rumor del agua cuando un cardumen de dorados levanta vuelo. El sonido es igual al que hacen las hojas de coco cerca de una laguna cuando el viento irrumpe en la noche. El sol sale, llega a su pico y se pone. Un día le da gracia al otro y el tiempo se detiene. El mar siempre iluminado de azul, el viento no muere, el Maggie siempre dibuja su estela por el placer de darle vida a la espuma que rocía el barco.


Atardeceres.



Subir la vela al atardecer, con la Génova de tormenta. La proa iluminada de fosforescencia, llena de destellos. Nos preguntamos si la falta de fatiga puede ser una especie de hipnosis que nace del contacto con este mar inmenso, dando tantas fuerzas, suspirando con los fantasmas de todos los hermosos barcos que murieron aquí y nos escoltan. Nada tiene el gusto de una taza de café en cubierta, un mes en altamar. Solos con un sextante. Otro tequila, por favor, que sean dos. Me olvido de mí mismo, te olvidas de ti mismo. Nos olvidamos de todo. Viendo solo el juego del barco con el mar, el juego del mar alrededor del barco, dejando de lado todo lo que no es esencial a ese juego del presente. Sabemos tener cuidado: no ir demasiado lejos en las profundidades de ese juego. Es la parte más difícil, no ir demasiado lejos.


Luego dormir, dormir en serio. Las mañanas cerca del Cabo de Águilas son rosadas como las encías de los atunes. Aunque parezcan similares, los días nunca son iguales. Esa es la maravilla de la vida en el mar, hecha de contemplación y pequeños contrastes. Viento, mar, calmas, claros de sol, marsopas. Vivir en una dimensión especial. Bajar las velas, subirlas, bajarlas; vivir con el mar, vivir con las aves; nunca mirando más allá del día, sabiendo que todo viene con el tiempo. El día, al final, se echa a tus pies como un perro en armonía. Dos tequilas más, antes de que el hombre se me vaya al baño. Calma: el sol haciendo azulejos en el agua. Al llenar el balde para lavar los platos, notamos que el mar está cubierto de plancton. Son pequeños animales más chicos que alfileres, zigzagueando en el agua. O las arañitas de agua que descubrimos jugando en el casco de proa. No son más grandes que una mosca. Las patas largas, curvas. No se sumergen y son carnívoras. ¿Cómo sobreviven, tan frágiles en apariencia, cuando crece el oleaje? No se sabe cómo llegan a tales latitudes. En fin. Le hablo del mar. Le hablo de la navegación. Le pregunto por su pasado. Le pregunto por su sueldo. Le pregunto por su deseo. Está aterrorizado de mí, se quiere ir al baño, que lo dejen tranquilo de una vez. No importa. Le explico que no es por dinero. No entiende.


—Tengo un contacto en México. Un cuarenta pies así lo vendemos por quince mil dólares. El dinero es tuyo. Yo no lo quiero.


No entiende. Yo me dedico a esto. No entiende, está asustado. Yo soy el comerciante de paso, le digo. No quiere perder su trabajo ni ir a la cárcel. Solo quiere tomar unas cervezas y disfrutar su día de descanso. Si lo hago, lamenta tener que avisarle a Danny, el dueño. Y Danny llamará a la policía. Hay una torre de control en Palos Verdes; me encontrarían en menos de dos horas. La Prefectura es muy dura, me explica. Lo lamenta. Lamenta mis palabras. En vez de entusiasmo, el tequila le inyecta realidad. Soy estúpido, loco, y tengo ganas de ir preso. Él sencillamente hace bien su trabajo. Eso lo satisface. Bien. Lo dejo ir al baño de una vez. Me voy sin pagar los tequilas.


Ya es hora. Bajo de la litera del camarote de popa y salgo a cubierta. La noche está estrellada y en silencio. Las veletas de los barcos vecinos hacen su ruido esperanzador.


Salto al muelle y largo las amarras de proa. Las tiro en cubierta. Voy a necesitarlas. Me subo de un salto al Maggie. Prendo el motor. El agua burbujea a mi espalda. El ruido se filtra en la noche como un invitado de honor. Pongo reversa. Sin la lona de plástico, que guardé en el camarote de proa, se aprecia el diseño. Cuando llueva, la lona me hará de impermeable. Ahora mi barco es tan hermoso como el velero negro de la señora. Eso. Los libros. Pongo punto muerto otra vez. Dejo al motor trabajando a borbotones. Doy un salto al muelle y camino al velero negro de la señora.


En la cabina todo está igual que como lo dejé la primera noche. El chocolate, abierto y a medio comer, se está secando. Quedan cuatro cuadraditos. Lo agarro y me lo guardo en el bolsillo. Cuando la señora se dé cuenta de que le robaron el postre, ya estaré en Tahití o pasando Cabo Lewin. Voy hacia la estantería baja y agarro otra lata de Dr Pepper. Viene bien el azúcar. La lata vacía servirá de cenicero. Miro el reloj: las dos de la mañana. Las primeras horas son las más importantes. Tengo que aprovechar la noche y lo sé. Con el día del domingo y la madrugada del lunes son casi treinta y seis horas. Me apoyo en la escalera para salir. Los libros, casi me olvido otra vez. Vuelvo hacia el estante sobre la cabina de mando. Inclino la cabeza para leer los títulos. Son todos best sellers, pero no sé cuál llevarme.

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