Elogio del ruidaje: Lucrecia Martel y el sonido en el cine
- Sebastián Del Canto
- 22 ene
- 7 Min. de lectura
En Un destino común, Martel propone una inversión radical: escuchar antes que mirar. Frente a una cultura saturada de imágenes, el sonido aparece como una vía para romper automatismos perceptivos y devolverle al cine (y al mundo) su espesor sensible
Es conocida la anécdota sobre la filmación de Lifeboat (1944), de Alfred Hitchcock, una de sus películas más experimentales, donde toda la acción transcurre en el limitado y asfixiante espacio de un bote a la deriva. Hitchcock, para acentuar más esa atmósfera opresiva, se oponía al uso de música extradiegética en su película, con un argumento que podríamos llamar “realista”. En medio del mar: ¿de dónde saldría la música orquestal? Cuentan que el compositor David Raskin fue quien le respondió: “Pídanle al Sr. Hitchcock que explique de dónde surge la cámara en alta mar, y yo le diré de dónde viene la música”.

Esta anécdota ilustra bien el prejuicio histórico frente al sonido cinematográfico, que lo ve como una irrupción sobre cierta pureza pictórica. Mientras la imagen es naturalizada, el sonido necesita justificación. En aquellos años de transición (recordemos que Hitchcock vivió ambas etapas, la muda y la sonora), el sonido era tratado con sospecha, dado que podía arruinar la percepción integral de la obra si era mal utilizado. Como si la imagen fuera lo esencial y el sonido algo adicional, extraño, que viene a agregarse a esa naturalidad visual. A pesar de experimentar profusamente con el cine sonoro, el mismo Hitchcock ha declarado que las películas mudas eran “la forma más pura del cine”. Como si el cine verdadero fuera el que precisa solo de la imagen, dejando al sonido en un segundo plano, un hermano menor, desdichado, en el fondo innecesario. La idea no es solo de Hitchcock, es común a grandes directores cuando les toca reflexionar sobre su profesión: la centralidad de la imagen, la obsesión por crear, tensar, deformar el lenguaje cinematográfico, una gramática narrativa de planos, encuadre y montaje que se supone deben valerse por sí mismos, solo por lo que muestran ante los ojos, no necesariamente ante los oídos.
Acaba de publicarse en Buenos Aires Un destino común (Caja Negra), un libro precioso que recopila conferencias y entrevistas que Lucrecia Martel realizó en la última década. Martel habla de todo: de cine, obviamente, pero también del arte en general, de política, de historia, de vínculos humanos. Durante casi todas sus intervenciones, hay un tema sobre el que vuelve con recurrencia, quizá una obsesión que le sirve de leitmotiv: el sonido.

Invirtiendo los términos clásicos en los que el cine consideró el sonido, Martel lo privilegia sobre la imagen, hasta llevarlo al paroxismo de convertirlo en el centro de la experiencia fílmica: “El sonido en el cine es lo inevitable”, como si estuviera polemizando con aquellos puristas de la imagen. O incluso va más allá, con un argumento de tipo trascendental: “El sonido en el cine es la condición de percepción de la imagen”.
“Es siempre una parte del cine que por algún motivo ha sido descalificada, quizá porque nuestra sociedad se ha organizado poniendo mucho acento en la percepción visual y descuidando otras.” Para Martel, el sonido sirve para invocar lo ambiguo, para sustraerse al reino del cliché, de lo hegemónico, de lo ya dicho. La imagen fija rápidamente un significado, un referente: “Te hace creer que ya sabés que es. Pensás que sabés lo que estás viendo. El sonido en cambio tiene duración y te obliga a ir a tientas. Ir despacio es algo interesante.”
Cuando les habla a jóvenes cineastas acerca de cómo construye su narrativa, los insta a pensar las escenas “como espacios sonoros donde todo sucede, acontecimientos no ordenados en línea sino flotando en un volumen”. Usará varias veces la metáfora de la piscina o la del cubo: un espacio donde no hay sucesión lineal, sino que todo está en contacto entre sí. Hay un medio que nos conecta, del que no somos conscientes: estamos inmersos en un fluido elástico –aire– del mismo modo que los peces están inmersos en el agua. “El sonido nos devuelve la atención sobre el espacio. Es la huella del espacio”.
Imágenes de La Ciénaga, de Lucrecia Martel
Cuenta que para la escena inicial de La ciénaga tuvo que convencer a los productores de construir un suelo alrededor de la pileta. Aquel parque no era algo dado sino que forma parte de una construcción deliberada, casi un decorado. Fue necesario cementar lo que era pasto y conseguir reposeras especiales, para lograr el chirrido metálico que producen las sillas siendo arrastradas durante esas tardes salteñas de calurosa decadencia. “También buscamos un modelo de heladera viejo que justificara que en una de las cocinas el motor hiciese un ruido particular que dejaba entender que estábamos cerca de ese espacio. Y camas con elásticos metálicos para que cualquier situación un poco sexual tuviese un ruidaje que casi la impidiera.” Martel habla del sonido con el mismo detalle obsesivo con el que cualquier otro director hablaría de la luz, del foco, de los ángulos de cámara.
Espectadores permanentes
Una cineasta que llama a enfrentarse al dominio de las imágenes parece una broma, el colmo de su oficio. Pero en realidad es la respuesta de Martel ante una situación de la que no solemos ser del todo conscientes: “Si hay algo que todos podemos decir de nosotros mismos es que somos espectadores permanentes”.
"El sonido en cambio tiene duración y te obliga a ir a tientas. Ir despacio es algo interesante”
Cada vez más asediados por las pantallas, en el televisor, la notebook, la tablet, el celular, el reloj… El último paso serán las gafas inteligentes (no tan lejanas), donde la pantalla terminará integrada a nuestra visión misma, y no habrá ya separación posible. Hace décadas la televisión era el punto de reunión, el nuevo fogón que reunía a la familia (es lo que engendró la célebre metáfora de la aldea global de Marshall McLuhan). Hoy esa escena del siglo XX nos suena naif, nostálgica. Pienso en La ceremonia, una película de Claude Chabrol de los años noventa. Su título no refiere a ningún hecho religioso, sino a una transmisión televisiva. La familia burguesa parisina se viste de gala para asistir a un concierto de ópera…en casa. El ritual es el mismo y se exige la misma etiqueta. El padre se coloca un frac y obliga a sus hijos y esposa a vestirse bien para sentarse en un sillón a disfrutar de una cinta de VHS. Hoy nos resultaría más que absurda una situación de este tipo, en el mundo hiperatomizado de este siglo, donde todos somos llamados a ser dueños de nosotros mismos, todo se ha vuelto personal. Computadoras, celulares, cámaras, auriculares, relojes… cargamos objetos pensados para ofrecernos experiencias únicas e individuales, a medida de nosotros. Desde el momento en que las pantallas forman parte de nuestro mundo más cercano e íntimo, ya no necesitamos ninguna preparación para ser espectadores. Lo hacemos en el tren, en aviones, ascensores, aulas, oficinas, salas de espera, en el inodoro, en nuestra cama… no hay ceremonia posible: cualquier lugar y momento son buenos para consumir imágenes.

Espectadores continuos, nos hemos vuelto compulsivos y prosaicos devoradores de imágenes. Por eso la pandemia nos encontró tan dócilmente rendidos ante el encierro. ¿Primero llegó Netflix y luego la cuarentena? ¿o fue a la inversa? Con humor, pero con sentido crítico, Martel subvierte y juega con las causas y efectos históricos: “Tengo la sensación de que con un mínimo de Alzheimer voy a pensar que lo que produjo la pandemia fueron las plataformas. Fuimos acomodando nuestro cuerpo a un requerimiento menor de espacio.”
Cancelación de ruido
Es imposible imaginar lo silenciosas que habrán sido las ciudades de hace cientos de años. ¿Lo silenciosa que sería la Roma imperial, o incluso la París de Luis XIV? Estamos bombardeados por luces, píxeles e imágenes, pero también saturados de sonidos. A diferencia de los ojos, no podemos cerrar las orejas. El sonido irrumpe, no pide permiso. Podemos apretar los párpados o voltear la cara si no queremos ver una escena desagradable. Pero cuesta muchísimo más evadir un coro de voces, un estallido, un zumbido. El ruido nos llega de una forma inevitable.
“El sonido nos devuelve la atención sobre el espacio. Es la huella del espacio”
Por eso nos inventamos un escudo que se ha vuelto parte del inventario moderno: los auriculares. Las empresas se esfuerzan año a año por mejorar su nivel de “noise cancelling”, un diferencial que se vuelve más necesario en el infierno heterogéneo y sonoro en que se han convertido las metrópolis. Pero al mismo tiempo, la experiencia de moverse en un espacio urbano con unos auriculares que cancelan ruido es quizá más perturbadora que los propios ruidos nativos de la ciudad. Hay algo tenebroso, que emana de la irrealidad de esa burbuja sonora en la que nos acurrucamos, para escuchar nuestra canción favorita o el último podcast, con prescindencia de todo lo demás. El mundo en segundo plano, para aislarnos, para refugiarnos en la percepción personal.
Lucrecia Martel
Necesitamos cancelar el ruido, como cancelamos las opiniones, las obras, las personas: es en el fondo parte del mismo clima de época. Lo que nos molesta u ofende es mejor cancelarlo. Por eso tal vez Martel vuelva una y otra vez al sonido, a ese ruidaje, porque funciona como vía de escape, un puente en las arterias perceptivas, que las vuelve a hacer fluir, alborotar, también a nuestras ideas preconcebidas: “Para salir de mi propia domesticación me aferré al sonido (…), me ayudó mucho a escapar de mi propia estupidez.”
Trabajar sobre el sonido le sirve a Martel para generar un cortocircuito perceptivo en el espectador, para desentumecer los músculos, también sobre sí misma. Hacia el final del libro –con la insistencia de una buena docente, que no reniega de la repetición ni la redundancia si ha logrado fijar un concepto– nos deja un último consejo: “Cuando sientan que no pueden ver, escuchen. Cuando sientan que no están viendo, escuchen.”














Comentarios