Luis Moreno Ocampo: crónica de un fiscal nómade
- Agustina Surballe
- 16 nov 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 22 dic 2025
De Buenos Aires a Cambridge, de Bruselas a Malibú, su trayectoria recorre medio siglo de guerras, tribunales y decisiones que cambiaron países. Entre viajes, juicios y pérdidas, una regla se mantiene firme: “la guerra se libra dos veces, en el campo de batalla y en la memoria”. Habla del poder, del cine y de las heridas que sólo se revelan cuando mira su historia desde lejos
A cuarenta años de la sentencia del Juicio a las Juntas, la vida de Luis Moreno Ocampo parece trazada por una geografía sin centro: Buenos Aires, Boston o California cuando fue profesor invitado de Harvard y Stanford, Bruselas durante los años fundacionales de la Corte Penal Internacional, y una casa frente al océano en Malibú que este año quedó reducida a cenizas. Ese mapa discontinuo fue construyendo, sin que él lo planeara, una existencia en tránsito. “Desde 2003 que me fui de la Argentina estoy en todo el mundo. Estuve el fin
de semana en Antioquia, el anterior en el Vaticano y antes en Los Ángeles”. En esa enumeración se condensa su ritmo: un pie en cada continente, una vida hecha de aeropuertos, aulas, despachos diplomáticos y hoteles donde se repite el mismo gesto de abrir una valija que nunca termina de vaciarse.
Malibú fue su casa frente al océano: un lugar donde trabajaba conectado al mundo, atendiendo llamados que lo llevaban de Etiopía a Palestina, de Israel a Alemania, mientras el mar entraba por las ventanas. Hasta que llegó el fuego. “Fue tremendo, era como un dragón desde el cielo desparramando llamas”, dice mientras muestra las imágenes que guarda en su celular —hierros calcinados, la huella negra donde antes había claridad. Nada quedó en pie. Hoy se jacta de tener solo dos objetos que le pertenecen: un exprimidor de naranjas y una sopera. “Yo ya venía pensando en estar más cerca de mis hijos. Había encontrado una casa en José Ignacio… Pero me daba fiaca pensar qué hacer con todas las cosas que tenía en Malibú. El problema se terminó: todo se quemó”.

El contraste entre ese presente incendiado y el recuerdo del juicio de 1985 es inmediato. La madrugada del 9 de diciembre, cuando se escuchó la sentencia que cambiaría la historia argentina, él era un fiscal joven, todavía sorprendido por la magnitud de lo que sus manos estaban tocando. “La gente no esperaba esa sentencia. Pensaban que lo que pidió Strassera nunca se iba a confirmar”. Un país partido en dos encontró, por un momento, una coincidencia insólita. “Los que querían castigo me escucharon a mí y entendieron que tenían que respetar el fallo. Los de derecha, que no me creían a mí pero sí a Neustadt, aceptaron la sentencia. Al día siguiente esa gente hizo clack. Enganchamos a las dos Argentinas”.
De ese proceso rescata dos elementos decisivos para el futuro de la justicia penal nacional e internacional. El primero: que fueran los fiscales quienes investigaran. El segundo: que todo fuera oral y público. Esa combinación, inédita en su impacto político y simbólico, marcó el camino. A la hora de reconstruir la maquinaria clandestina del Estado, se aferraron a un método simple pero preciso: leer la lógica de los propios militares. “Ellos veían esto como una guerra. Si les preguntabas por centros clandestinos, decían que no. Pero si preguntabas por lugares de reunión de detenidos, ahí sí”. A partir de esa grieta reveladora entendieron el funcionamiento: “Ellos inventaron la planificación: no hacen nada sin planear. Era una mega operación en todo el país. Había que detectar sus planes”. Cuando resume lo que significó ese juicio para todo lo que vino después, no duda: “Los juicios posteriores se fundan todos en el Juicio a las Juntas. Descubrió el esquema. Fue una obra de arte”.

La década siguiente lo obligó a reinventarse. En 1992 renunció “sin un mango” y abrió un estudio. Más tarde empezó a enseñar en Estados Unidos. Y cuando ya repartía su tiempo entre Stanford y Harvard recibió un llamado inesperado mientras estacionaba el auto. “Lo llamamos de parte del embajador de Jordania para ver si usted quiere ser fiscal de la Corte Penal Internacional”. Le pareció un formalismo sin destino. Poco después lo nombraron. ¿Por qué él? Su respuesta es contundente: “Mi credencial era el Juicio a las Juntas. Eso y que yo era del Sur”.
El costado familiar aparece siempre atravesado por su historia pública, como si ambas esferas nunca hubieran logrado separarse del todo. Recuerda a sus tíos militares con respeto y sin contradicción aparente. Uno de ellos, Buby, coronel, visitó a Videla para decirle que no podía defenderlo y luego anunció que no volvería a hablarle al sobrino-fiscal. Cumplió ese voto durante treinta años. “Aprendí de mis tíos militares: eran éticos, rectos, generosos. Aprendí en el Juicio a las Juntas que no importaba si te alababan o te criticaban: hacé tu tarea”.
“La única forma para mí es esa: seguir adelante y ver cómo mejoramos”.
La Corte Penal Internacional amplificó tanto el alcance como el ruido. “A mí no me importaba nada. La gente que trabajaba conmigo estaba desesperada, todos europeos. Yo no. Hice piel de cocodrilo”. Su equipo era una constelación improbable: “Gente de 92 países. Elegías lo mejor: investigadores, abogados, diplomáticos… Era una banda de rock, de jazz, clásica. Todos creían que tenían razón. Fue muy divertido”. Y se ríe con cierta travesura cuando evalúa su propio liderazgo. “¿Yo? ¡Noooo! Yo decía: ‘tomen esto’ ¡bum! Era un tirano”.

Su mirada sobre el presente global está teñida de una preocupación que no disimula. “Estados Unidos cree que tiene que ir a una guerra con China. Europa promete gastar 5% de su presupuesto en armas. Estamos gastando toda la plata en armas para una guerra que, si ocurre, no queda nadie. Es como Fortnite: el que gana tiene que matar a todos”. Sobre Trump, su diagnóstico es directo: “Quiere todo el poder para él. Y hace lo que quiere”. Y agrega algo que no suele decirse en voz alta: “Cuando Trump mata gente en el Caribe, nadie lo puede detener. Pero es un crimen. Un crimen de lesa humanidad”. De esas conclusiones deriva una máxima que repite con serenidad: “El poder no dura para siempre. El poder se cae. Nunca te creas el poder”.
Su salida del mundo académico tiene una explicación más cultural que jurídica. “La guerra se libra dos veces: primero en el campo de batalla y luego en la memoria”. Y para él, la herramienta que define esa segunda batalla además de la diplomacia y la justicia, es el relato. “El arma más importante de Estados Unidos no es el Pentágono: es Hollywood”. Por eso se acercó al cine; por eso colaboró en Argentina, 1985.
.“El arma más importante de Estados Unidos no es el Pentágono: es Hollywood”.
Entre los recuerdos que asoman aparece Diego Armando Maradona, quien fue su cliente en los 90. “Diego era un encanto. Muy humilde. Me decía: ‘yo soy del osobuco con papas’. Soñaba con un alfajor a los 8 y se convirtió en Dios. Después la droga le pasó factura. La vida lo puso en un lugar imposible…”.
Cuando habla de su familia, la voz baja apenas un tono, sin sentimentalismos pero con la transparencia de quien reconoce lo que pesa. Admite que el costo más alto de su vida lo pagaron sus hijos. Y a la vez admite una sensibilidad inesperada: nunca lloró durante el juicio, pero no pudo ver La historia oficial sin quebrarse — película dirigida por Luis Puenzo, protagonizada por Norma Aleandro y Héctor Alterio, ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional en 1986—.Esa emoción que llega cuando ya no está trabajando sino mirando desde afuera funciona, para él, como una especie de catarsis tardía. “La única forma para mí es esa: seguir adelante y ver cómo mejoramos”.




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