Venezuela después de Maduro: qué cambió y qué no
- Ilaria Landini
- hace 3 días
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Tras la caída abrupta de Nicolás Maduro, Venezuela entra en una zona incierta: mientras Estados Unidos promete reconstrucción, la pregunta central es quién controla hoy el Estado y qué va a pasar con las estructuras que durante años sostuvieron el poder
La madrugada del 3 de enero marcó un quiebre en la historia reciente de Venezuela después de que Nicolás Maduro y su mujer fueran capturados en una operación internacional liderada por Estados Unidos y trasladados a Nueva York, donde enfrentan cargos federales por narcotráfico y crimen organizado.
La incertidumbre política se extendió a nivel internacional cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que Washington asumiría un rol directo en Venezuela hasta que se concrete una transición “segura, adecuada y sensata”. Trump también puso en duda a María Corina Machado, quien había reclamado la victoria en las elecciones pasadas a través de su candidato, Edmundo González. Dijo que “no estaba lista” y que “no tenía el respaldo suficiente” para asumir el poder en este contexto. En cambio, confirmó que las conversaciones avanzan con Delcy Rodríguez, quien asumió la presidencia interina tras la salida de Maduro, como parte de una transición negociada.
La situación abrió una ventana de expectativas, pero también un escenario cargado de interrogantes: ¿Quién controla hoy las instituciones que sostuvieron al chavismo? ¿Y cómo puede Estados Unidos llevar adelante un ambicioso plan de reconstrucción en un país ajeno, mientras ese sistema de poder sigue en pie?
“Hasta ahora, vemos un quiebre en el régimen político (impotente y obligado a designar nuevo presidente) pero continuidad en términos de vigilancia a la población, agravado por la salida de los colectivos a la calle y temor fundado en la población. La censura y la amenaza de pérdida de la libertad por expresarse, está vigente y continúa”, comenta Patricia Tappatá Valdez, defensora de derechos humanos y exintegrante de la misión de expertos de la ONU que investiga violaciones de derechos humanos en Venezuela.
La experta señala que los servicios de inteligencia civil y militar (el SEBIN y la DGCIM) no se desmantelan con la salida de Maduro, sino que cambian de manos mediante la rotación y el reciclaje de mandos, una práctica ya conocida del chavismo. En lo esencial, explica, son las mismas fuerzas que no evitaron la captura de Maduro, con cuadros que siguen leales en sus puestos. Esa lealtad se sostiene a través de ascensos dentro de la estructura militar y recursos provenientes de la corrupción y las economías ilícitas, con fuerte peso del negocio petrolero.
"Hasta ahora, vemos un quiebre en el régimen político (impotente y obligado a designar nuevo presidente) pero continuidad en términos de vigilancia a la población — Patricia Tappatá Valdez
Que esas fuerzas no hayan impedido la captura de Maduro abrió otra sospecha: ¿alguien desde adentro lo dejó caer? En los círculos políticos y de inteligencia comenzó a circular la idea de una traición interna, o al menos de una cooperación silenciosa desde dentro del poder. “Las ideas de izquierda siguen siendo fuertes en Venezuela. El intento de golpe que derivó en la salida de Maduro difícilmente podría haberse concretado sin la asistencia de miembros de su propio círculo íntimo”, señala la analista política y subdirectora del Center for Political Information, Anastasia Gafarova.
Así, el poder quedó concentrado en el núcleo duro del chavismo que ya controlaba el Estado antes de la salida de Maduro: Delcy Rodríguez como presidenta interina; Diosdado Cabello, al frente del aparato de seguridad interna; Jorge Rodríguez, como jefe del Parlamento; Vladimir Padrino López, al mando de la Fuerza Armada; y Tarek William Saab, como fiscal general y garante del control judicial. Este último siendo “una pieza central en el trípode que asegura la connivencia entre los tres poderes del Estado, al que se suman las fuerzas armadas y de seguridad”, opina Tappatá Valdez.
El gobierno anunció este jueves la liberación de un “número importante” de presos políticos como gesto de distensión en las negociaciones con Estados Unidos. No hubo cifras ni listas oficiales y, según Tappatá Valdez, las vidas “en suspenso” de esas personas revelan “una muestra cabal de la articulación entre las autoridades del ejecutivo, cuya herramienta de represión interna son las fuerzas armadas, una Asamblea Legislativa que ha consagrado leyes que asfixian a la sociedad civil y una justicia cómplice que avala y consagra la irregularidad de los procedimientos y procesos judiciales”.
Un plan ambicioso, con obstáculos estructurales
En este contexto, con las estructuras intactas y el control político aún concentrado, emerge el otro eje central de la nueva etapa venezolana: el petróleo.
Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, con cifras estimadas en alrededor de 297.000 millones de barriles, según el Oil & Gas Journal, un medio especializado en el sector. Lo que la ubica históricamente por encima de países como Arabia Saudita y representa cerca del 17 % de las reservas globales conocidas.
Trump anunció que Venezuela acordó entregar entre 30 y 50 millones de barriles de crudo a Estados Unidos, una medida que incluiría la venta del petróleo a precio de mercado con control de los ingresos por parte de la administración estadounidense.
Pero el plan petrolero de Trump enfrenta obstáculos estructurales que van mucho más allá de la voluntad política. “En el corto plazo, hay margen para subir la producción desde los actuales 800.000 barriles diarios a 1,2 o incluso 1,5 millones en seis meses o un año”, explica Evan Ellis, profesor del U.S. Army War College. Pero recuperar los niveles históricos de Venezuela (o acercarse a la meta de seis millones de barriles por día) es “un proyecto de al menos diez años y más de 100.000 millones de dólares”.
El primer obstáculo es jurídico: levantar sanciones y definir quién tiene autoridad legal para firmar contratos. A eso se suman unos 160.000 millones de dólares en reclamos judiciales heredados de la era Chávez-Maduro, que exponen a cualquier nuevo inversor a embargos por fallos previos. “Cualquiera que ponga dinero hoy corre el riesgo de que sus activos queden atrapados por litigios del pasado”, advierte Ellis.
Incluso si esos obstáculos se resolvieran, persisten la desconfianza hacia la dirigencia que expropió la industria, la fragilidad del sistema judicial y el colapso de la infraestructura: campos maduros abandonados, refinerías deterioradas y falta de inversión básica. “Algunos actores con alto umbral de riesgo pueden obtener victorias tempranas”, señala. “Pero devolverle a Venezuela su lugar como potencia petrolera regional es, en el mejor de los casos, una tarea de años”.
“Las ideas de izquierda siguen siendo fuertes en Venezuela. El intento de golpe que derivó en la salida de Maduro difícilmente podría haberse concretado sin la asistencia de miembros de su propio círculo íntimo” — Anastasia Gafarova, analista política.
Qué esperan Rusia y China
A lo largo de casi dos décadas de relación estrecha con Caracas, Moscú construyó una amplia red de contactos en Venezuela. Delcy Rodríguez ocupó en distintos momentos tanto la Cancillería como el Ministerio de Petróleo, lo que garantizó un vínculo frecuente con representantes rusos en el marco de la cooperación energética bilateral.
Pero, según Gafarova, Rodríguez no puede ser leída como una lobbista exclusiva de la presencia rusa en el país. Por el contrario, ha sostenido posiciones moderadas y pragmáticas, incluso defendiendo en más de una ocasión los intereses de la petrolera estadounidense Chevron.
“En el corto plazo puede aumentarse la producción, pero devolverle a Venezuela su lugar como potencia petrolera es un proyecto de al menos diez años y más de 100.000 millones de dólares.” — Evan Ellis, U.S. Army War College
En el futuro inmediato, la postura de Rusia frente a la crisis venezolana parece orientarse a la cautela. “Moscú probablemente adopte una actitud de espera y observación”, explica la analista, y subraya un dato clave: el crudo extrapesado de Venezuela requiere importaciones de nafta rusa para su dilución, sin las cuales la extracción de petróleo será extremadamente difícil. “Por lo tanto, Rusia probablemente espere propuestas de la parte estadounidense sobre este asunto” dice la analista.
Pero Venezuela ha sido históricamente un interés estratégico menor para Rusia que para China, que cuenta con inversiones más profundas y compromisos financieros de largo plazo en el país. Según las últimas declaraciones de las autoridades norteamericanas, todo indica que China tendrá mucha menos influencia en la gestión de los recursos naturales de Venezuela, en particular en el sector petrolero.
“Para Pekín, esto implica un problema de acceso”, agrega el analista internacional Martín Schapiro. “Ahora bien, aunque China es un socio importante para Venezuela, Venezuela no ocupa un lugar central para China; no figura entre los diez principales proveedores de petróleo de China ni ocupa un lugar central en su matriz energética, al menos en términos relativos frente a otros países. Además, China atraviesa un proceso sostenido de transición hacia la electrificación y la reducción del uso de combustibles fósiles".
“Para China esto funciona más como una “luz amarilla” en la región (donde tiene intereses amplios en recursos naturales que van mucho más allá de Venezuela) frente a lo que percibe como una creciente agresividad estadounidense respecto de su presencia en el continente. Pero, estrictamente en relación con Venezuela, no parece tratarse de un impacto que le genere problemas reales o inmediatos”, concluye.


















